Conmemoración en Washington de los doscientos años de la bandera argentina

La embajada argentina celebra el aniversario con la asistencia de autoridades de diversos países americanos y de España, entre las que se encontraba el Presidente del Instituto Nacional Belgraniano en los EE.UU., quien nos ilustra en este artículo sobre la historia de dicha enseña nacional.




Texto y fotos: Martín Boneo, Presidente del Instituto Nacional Belgraniano en EE. UU.


Al cumplirse el lunes 27 de febrero pasado el bicentenario de la creación y jura de la bandera argentina por el general Don Manuel Belgrano, se celebró un acto en la sede de la Embajada argentina en Washington, en el que participaron el embajador de ese país en los Estados Unidos, Jorge Argüello, el encargado de negocios de la Argentina ante la OEA, Martín Gómez Bustillo, el presidente de la Junta Interamericana de Defensa, general Guy Thibault, funcionarios de organismos internacionales, diplomáticos y oficiales de las Fuerzas Armadas de Argentina, Canadá, Chile, España, México y Perú, entre otros países, además de quien suscribe este articulo, en su carácter de presidente del Instituto Belgraniano en Estados Unidos.

El embajador argentino afirmó que “aún queda por recuperar un pedazo de país en las Malvinas y demás islas del Atlántico Sur” y que la “identidad nacional se consolida con un proyecto de futuro como sociedad”. También hizo referencia a lo que en la historiografía argentina se conoce como “banderas de Macha”.

El pueblo de Macha, en el departamento boliviano de Potosí, es el sitio donde Belgrano estableció su cuartel general, antes de librar la batalla del mismo nombre, el 14 de noviembre de 1813. Setenta años después, el párroco de la capilla de Titirí, en dicha localidad, descolgó de un muro los cuadros de Santa Teresa que tenían, a modo de marco, unas viejas telas sólidamente enrolladas. Entonces descubrió que los drapeados que rodeaban las imágenes eran dos banderas antiguas. Estaban rotas, tenían agujeros de bala y manchas de sangre. El sacerdote volvió a plegarlas, las clavó en la pared y las cubrió con los cuadros de la santa. En 1885, al hacerse una limpieza general de la capilla, volvieron a descubrirse, pero esta vez se informó del hecho al Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia. A partir de ese momento, se incorporaron a la historia argentina “las banderas de Macha”.

El primero de los dos discursos que se pronunciaron estuvo a mi cargo. Dije que Belgrano, abogado, economista y periodista, se formó en España, estudió Derecho en la universidad de Valladolid, y pocos años después de volver al Virreinato del Río de la Plata, participó en la lucha popular contra los invasores ingleses, donde aprendió el uso de las armas y se estrenó como militar, vistiendo el uniforme de mayor de Patricios. Más tarde fue jefe supremo de ejércitos, ejércitos que conocerían victorias y derrotas, las primeras vividas siempre por él con modestia, y las segundas con un espíritu que nunca se iba a doblegar. San Martín, bajo cuyas órdenes sirvió durante un breve período, fue uno de los primeros grandes generales de la patria que reconoció sus virtudes militares.

Belgrano era un visionario. Su iniciativa no sólo era de carácter estratégico: tengamos en cuenta al respecto que tanto las tropas realistas como las patriotas usaban la misma bandera roja y gualda en el campo de batalla, por lo que era prácticamente imposible que cada bando distinguiera con claridad al enemigo. Por tanto, esa iniciativa era también simbólica: se trataba de que todos, criollos y adversarios, supieran que la lucha era por el nacimiento de una nueva nación, y no por los presuntos derechos del rey español, o sea, la famosa máscara de Fernando VII con la cual se había disfrazado la Revolución.

La bandera se enarboló por primera vez el 27 de febrero de 1812, fue aprobada por el Congreso de Tucumán el 25 de julio de 1816, y ratificada por el mismo Congreso en Buenos Aires el 25 de febrero de 1818.

Para transformarla en bandera de guerra, o mayor, el Congreso ordenó que se colocara un sol en su centro. Este sol, sin duda, es el de los incas, el gran pueblo que en América del Sur levantó una tenaz resistencia contra el conquistador.

De tal modo, podemos asegurar que en nuestra insignia nacional convergen tres concepciones bien arraigadas: en primer lugar, la de la unión de la vieja Europa ilustrada con la emergente y renovadora América meridional; en segundo término, la bravura y el inconformismo criollos; y por último, la raigambre no menos bravía de los pueblos nativos. Todo ello expresado a través de unos de los símbolos más claros y sencillos del mundo.

No es casual que esos colores sean los mismos que ondearon en la América Central y en otros pueblos hermanos que escucharon el formidable campanazo de mayo de 1810. Como no es casual tampoco que nuestro gran capitán Don José de San Martín diseñara la Bandera de los Andes con los mismos colores que le entregara Belgrano en el Ejercito del Norte en 1814 y con la que se logró la independencia de Chile y del Perú.

“El celeste y el blanco eran también los colores de la dinastía borbónica. Recordemos que la Virgen de la Inmaculada Concepción, Patrona Universal de los Reinos de España, vestía del mismo modo, y que con esos colores el Rey Carlos III creó la Orden que lleva su nombre. Belgrano, en 1794, desde la secretaría del Real Consulado de Buenos Aires quiso que su Patrona fuera la Inmaculada Concepción, y por eso la bandera de esa institución era celeste y blanca.

El 16 de octubre de 1813 el gobernador de la plaza sitiada de Montevideo, Gaspar de Vigodet, le escribió al ministro de Estado español y al encargado de negocios de España en Río de Janeiro. Decía este hombre: “Los rebeldes de Buenos Aires han enarbolado un pabellón con dos bandas azul celeste a las orillas y una blanca en el medio, y han acuñado moneda con el lema de Provincias Unidas del Río de la Plata. Así se han quitado de una vez la máscara con que cubrieron su bastardía desde el principio de la insurrección…”

A tal “irreverencia”, opuse estas otras palabras del propio Belgrano, pronunciadas tras la derrota de Ayohuma de 1818: “Soldados: hemos perdido la batalla después de tanto pelear; la victoria nos ha traicionado pasándose a las filas enemigas en medio de nuestro triunfo. ¡No importa! ¡Aún flamea en nuestras manos la bandera de la Patria!”

Doscientos años después, ella sigue flameando, para orgullo de su creador y el nuestro como argentinos.

Al terminar la ceremonia, se sirvió el tradicional chocolate caliente.

Por otra parte, en la ciudad argentina de Rosario, cuna de la bandera y donde hoy se levanta el principal monumento en su homenaje, tuvo lugar otro acto ese mismo día, que contó con la presencia de la presidenta de la Nación Argentina, Cristina Fernández de Kirchner.

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