Drácula: el príncipe maldito.

 

Ezequiel Toti reivindica a este personaje histórico y legendario, considerándolo desde una perspectiva más seria que a la que estamos acostumbrados.

 

 

Texto: Ezequiel Toti. Delegado de Rinnovamento nella Tradizione – Argentina, y Benemérito de la Real Casa Saboya. Pocas figuras históricas han cobrado tanta trascendencia como el príncipe de Transilvania y rey de Valaquia Vlad Tepes III, más conocido como Drácula.

Su fama no se debe solo a la novela de Bram Stoker, ni a la fascinación que provoca el vampirismo en el mundo moderno, donde la idealización de la juventud llega al punto de no querer abandonar la adolescencia, algo fácilmente evidenciable para los expertos de marketing de las corporaciones.

-Pero quien fue realmente Drácula?

Los estudiosos más serios, como Florescu o Cazacu, indican que la documentación histórica es poca y la leyenda amplia.

Para los rusos fue un gran soberano, para los alemanes un sanguinario tirano, para los rumanos un héroe justo y ejemplar y, finalmente, para el lector moderno: un sádico desquiciado.

No podemos darnos el lujo de juzgar al pasado con ojos de presente y ser reduccionistas, no podemos afirmar que Drácula haya sido solo carnicero, no debemos agregar su nombre a la lista de personajes malditos de la historia sin, por lo menos, leer algo sobre su reinado de fuentes serias.

Vlad fue un pionero de la guerra psicológica: esa guerra que consta de la aniquilación moral del enemigo para que opte por retroceder antes que luchar. Sin duda, los otomanos que entraban a su ”bosque de empalados” y veían a sus coterráneos empalados en picas puntiagudas, aún respirando, mientras los cuervos les comían los ojos y sus cuerpos se pudrían por días, estando aún vivos, tomaban la sabia decisión de retirarse.

Las operaciones psicológicas en guerra no son una novedad en los Balcanes (mi familia materna es oriunda de allí, y mis ancestros han llegado a empalar a sus enemigos aún en el siglo XIX), pero a veces, para preservar la vida de los que amamos, nuestra fe, nuestra cultura, nuestro modo de vida y la sociedad como la conocemos, se recurre a métodos extremos ya que el enemigo no deja otra alternativa.

Nacido en Sighi?oara (Transilvania) en 1431, aprendió de chico a lidiar con las adversidades de la vida (el enterramiento vivo de su hermano mayor, su estado de rehén por los captores otomanos, etc.) forjando de este modo una personalidad volcánica.

La mayoría de las historias revelan a un Vlad Tepes obsesionado con la justicia, un inflexible que castigaba salvajemente a quien osara traspasarla, la famosa historia de la copa de oro en la plaza pública de Târgovi?te es el ejemplo por antonomasia: todos bebían de ella pero nadie osaba robarla durante los años que estuvo expuesta.

El enviado papal Modrussa asi nos lo describe:

 

”No era muy alto, pero sí corpulento y musculoso. Su apariencia era fría e inspiraba cierto espanto. Tenía la nariz aguileña, fosas nasales dilatadas, un rostro rojizo y delgado y unas pestañas muy largas que daban sombra a unos grandes ojos grises y bien abiertos; las cejas negras y tupidas le daban aspecto amenazador. Llevaba bigote, y sus pómulos sobresalientes hacían que su rostro pareciera aún más enérgico. Una cerviz de toro le ceñía la cabeza, de la que colgaba sobre unas anchas espaldas una ensortijada melena negra”.

 

El origen de su apellido, probablemente inspirado en la Orden del Dragón, y la muy probable leyenda según la cual almorzaba frente a los empalados desangrados, le valieron una imagen no solo de sádico sino de ser sobrenatural.

Pero lo cierto es que, a su modo, fue un monarca preocupado por su pueblo, un nacionalista que luchó contra el expansionismo turco formando alianzas, utilizando estrategias de guerra poco comunes, castigando a los traidores internos y ofreciendo su propia vida en batalla.

No podemos pretender que alguien que sabe que su hermano fue cegado y enterrado vivo (como se evidencia en el caso Arnold Paole en Serbia, esto era indicativo que el muerto se convertiría en vampiro), que vio todo tipo de vertiginosos cambios políticos, que fue traicionado, que vio todas las injusticias posibles, sea un gobernante pacífico.

Vlad fue un monarca que, dentro de las limitaciones de su carácter y época, hizo lo posible por elevar a su pueblo y dignificarlo a su modo, y nunca se le podrá reprochar que no haya sido expedito ni haya tomado medidas.

Fue un hombre de acción y, como siempre ocurre, los hombres que hacen pasan a la historia, en este caso a una historia algo negra de la que quizás algún día salga para entrar a otra más feliz.

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