El Duque de Hierro

Enfermo de malaria, Amadeo, el austero y aventurero aristócrata, cerraba sus ojos para siempre, dejándonos tras de sí un ejemplo de cristiano, de militar, de hombre con sentido del deber y sobre todo de alguien que, siendo noble, vivió su vida noblemente.



Texto: Ezequiel Toti, Delegado para América Latina de “Rinnovamento nella Tradizione” y Consejero Nacional.

De familia principesca, aviador experto y con casi 2 metros de atlética figura, Amedeo di Savoia Aosta, tercer Duque de Aosta, lo tenía todo para llevar una vida cómoda, alejada de los campos de batalla o de lugares inhóspitos.  

Había nacido en Turín el 21 de octubre de 1898, hijo de Emanuel Filiberto, segundo duque de Aosta, y de la Princesa Elena Luisa de Orleans. Tras estudiar en el colegio St. Andrew de Londres regresa a Italia para inscribirse en el Real Colegio della Nunziatella de Nápoles, donde comenzaría su carrera militar y donde daría la consigna a sus camaradas de tutearlo y omitir las formalidades.  

Con sólo 16 años se enlista como voluntario para participar en la primera guerra mundial, como soldado raso en el Regimiento de artillería a caballo ”Voloire” y con el pedido expreso del padre de ser tratado como al resto, sin privilegios. Por méritos de guerra asciende al grado de Teniente y luego de participar con su tío Luigi duque de los Abruzzos en la exploración del río Uebi Scebeli, en Somalia, pasó a estudiar en el prestigioso Eton College, y más tarde en la Oxford University. Posteriormente, en 1921, parte para el Congo Belga, según rumores de la época -poco creíbles- su viaje derivó de una pelea con el rey y la reina en la cual habría hecho notar la baja estatura de su primo el rey.  

En África y con un pseudónimo, se hizo contratar como operario en una fábrica de jabón en Stanleyville (hoy Kisangani) donde rápidamente hizo carrera, dormía en una cucheta, amaba la naturaleza, y su vida austera era complementada por un profundo cristianismo bien vivido.  

Más tarde, ya de nuevo en Italia, se graduó en jurisprudencia en la Universidad de Palermo con una tesis titulada: ”los conceptos informativos de las relaciones jurídicas entre estados modernos y las poblaciones indígenas de las colonias”.  

Siempre contrario a una alianza bélica con los alemanes, durante los años 30 se barajaba su nombre para ocupar diversos roles como rey de alguna nación europea, pero el destino le tenía reservado un papel clave y es así que en 1937 es designado gobernador general, comandante en jefe de África Oriental Italiana y Virrey de Etiopía.  

El gran valor demostrado por los italianos no pudo hacer nada contra las fuerzas de general Cunningham, con mayoría numérica y de medios, es por este motivo, el de la ausencia de municiones y agua, por el que debieron rendirse a los ingleses.  

Amedeo, prisionero de guerra número 11590, es transferido a Kenya, durante el viaje se le permite pilotear el avión por última vez.  

Queda prisionero de los ingleses cerca de Donyo Sabouk, una zona infectada por la malaria cerca de Nairobi, y ya en 1941 se evidencian los primeros signos de su enfermedad, la alta fiebre lo mantiene en cama y un año más tarde le declaran malaria y tuberculosis.  

El duque de hierro como era apodado, muere el 3 de marzo de 1942 en el hospital militar de Nairobi y durante esta ocasión hasta los generales británicos llevaron el luto en el brazo. Fue sepultado con sus soldados en el sagrario militar italiano de Nyeri.  

En las ultimas hojas de su diario personal se lee:


…Sale el sol, rezo en esta hora Divina en la cual el día ha pasado y la noche aun no llegó. Me siento en paz, en estado de euforia espiritual, agradezco a Dios clemente y misericordioso por las gracias, las alegrías y los dolores que Él me ha mandado en su omnipotencia y en estas alabanzas no le pido favores, estoy pagado sólo de exaltar su grandeza…

Enfermo de malaria, Amedeo el austero y aventurero aristócrata cerraba sus ojos para siempre, dejándonos tras de sí un ejemplo de militar, de cristiano, de hombre con sentido del deber y sobre todo de alguien que siendo noble, vivió una vida noble.

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