“El saquito de los luises”

José Cruz recupera para nuestros lectores una serie de doce timos aparecidos en la prensa del s. XIX gracias a la pluma de Ramiro Blanco, narrándolos con su propio estilo.





Texto: José Cruz y Gutiérrez. Dibujo: Giraldo Trócoli.
 

La historia de este timo bien se podía ubicar en Montecarlo (Mónaco) y en su famoso casino, o en Baden-Baden (Alemania). La ciudad es lo de menos, lo importante es que se dio este tipo de trapacería, en una de esas famosas casa de juegos, donde la gente suele “dejarse las pestañas” con los codos sobre el tapete verde.

¡Hagan juego, señores! Era el grito de guerra o reclamo del crupier en la sala de la ruleta. Una noche entró en ella un anciano de más de un metro y medio de estatura. Vestía de riguroso luto y, muy aseado, presentaba un rostro sonriente.

En el ínterin, oyó al crupier la consabida frase sacramental y colocó un saquito sobre el número 18. El empleado del casino le dijo: “¡¡Oiga, caballero!, ¡está prohibido apuntar de ese modo, que hay que ver la postura…!”, “Perdone, son tres luises” le contesta el vejete haciéndose el tonto, y abunda: “Es para que mis apuestas no se confundan con otras”. Mas, firme el crupié, le ataja: “Nada, nada, es el reglamento… Sáquelos de ahí y que se vean”. Obedeció el veterano jugador que, con aquel incidente, había interrumpido la dinámica del juego y llamado la atención del resto de jugadores y mirones. Rodó la bolita y no se paró en el 18. Entonces, el octogenario jugador se dio de maja sin mostrar contrariedad alguna.

A la noche siguiente, y al dar la última campanada de las once, se presentó de nuevo aquel hombrecillo, tan puntual como un soldado a la lista de retreta. La misma puesta en escena que la noche anterior y las mismas llamadas de atención se dieron: había que sacar a la luz la apuesta. De nuevo los tres luises salieron del saquito, y de nuevo perdió. Esta situación se repitió diez noches seguidas. La bolsita la colocaba invariablemente sobre el número 18, poniendo a prueba la paciencia de los banqueros, que acabaron por tolerar el sistema del incorregible jugador por el motivo de que no se perdiese tiempo. Así que, al parecer, adquirió el derecho de apuntar como bien le venía en gana. Siguió perdiendo, y se hizo famoso, pues le decían “El viejo del saquito”.

Una de aquellas noches, y naturalmente después de perder, de acercó a un colega de la mesa: “Perdone, ¿podría decirme qué cantidad máxima se permite jugar a pleno?”. Contestación: “Dos mil quinientos francos”. Entonces, y a la vista de todos, hizo un cálculo aritmético, o sea, multiplicar 2.500 por 35, para obtener de esta forma como resultado el montante al que ascendería un pleno de ganarlo: 87.500 francos en total. Aquel anciano siguió haciendo otro tipo de elucubraciones y pensaría que, después de 45 días seguidos sin salir el número de marras, era de esperar que lo cantaran algún día. Y así sucedió. Una noche oyó al banquero o crupier con voz muy clara: “¡18, encarnado!”

El hombrecillo del saquito o bolsita hizo ademán de mostrar el dinero, mas el pagador le detuvo: “no se moleste usted, sé que son tres luises”. “No, contestó. Hoy me arriesgué a jugar más… ha sido una corazonada”. Al momento volcó el saquito con suma limpieza y cayeron sobre el tapete verde 2.500 francos en billetes. La mesa se quedó anonadada, estupefacta, ante el dinamismo del vejete, de su habilidad, de la agilidad de sus dedos reteniendo los billetes al vaciar, diariamente y durante esos días, los tres luises perdidos. Se armó la marimorena. Se dio aviso a la policía. Todo en vano, los jugadores dieron la razón a tan ladino jugador, que seguía manteniendo su apacible y melosa compostura.

Al final le abonaron los 87.500 francos. Naturalmente al crupier le alcanzó la responsabilidad de tolerar el insólito modo de jugar de aquel individuo, veterano lagartón, que sabía más que el legendario Briján

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