Esencia sin fecha de caducidad.

Texto: Conde de Bobadilla. A fines de invierno, aprovechamos el cambio de estación para poner un poco de orden en el trastero de casa. Celia decidió desprenderse -con ese tributó de quien sacrifica los recuerdos en beneficio del espacio-, de los frascos que contenían los aceites esenciales con los que su madre y ella elaboraban hace años sus fragancias. Una vez leí que deberíamos ser como ciertas plantas aromáticas, que, cuando la pisas, es cuando desprenden su mejor aroma. Pensé en ello cuando, tras precipitarse dentro del contenedor para vidrio, los aromas se liberaron de su cárcel al estallar en una fanfarria cristalina.

El invierno culminó su curso, y aún la primavera y, cuando empezaba a venir el estío, mis erráticos paseos me condujeron a sobrescribir de nuevo aquellos pasos ya dados en un principio: más lejanos de la memoria que del tiempo. Un sutil aroma se hizo presente de pronto en mi olfato, potente y misterioso, que, como un amor a primera vista, me provocó la necesidad de tener que saber más de él. Y, levantando la nariz, me puse a investigar su procedencia…

Encontrar un olor en un universo de olores como es la urbanización donde vivo, es como hallar una aguja en el pajar: la primera impresión fue que procedía de aquello más inmediatamente cercano: Una planta trepadora que, superado el muro, derramaba ramas y flores hacia la calle: nada, un olor maravilloso pero distinto… La rosaleda que había en el jardín de la casa adyacente: tampoco… Un jazmín, algo después, resultado fallido… Poco a poco, iba depurando por exclusión mientras me acercaba más y más al origen de la fragancia, según entendía al irse acentuando la intensidad de ésta. Hasta darme de bruces con el contenedor que, como supondréis, sería el último lugar que podría imaginarme…

Me encantan las cosas que, pese al paso del tiempo, preservan obstinadamente la esencia de lo que son. Cuando ello ocurre contra todo pronóstico, como el de este aroma que se conserva, no sólo tantos años en sus tarros, sino tras tantos meses en el contenedor que albergó fugitivamente los cristales que lo contuvieron, he de confesar que encuentro cierta épica. Es la épica de las cosas cotidianas pero auténticas, no por eso menos heroica.

De camino a casa, me dio por pensar que quizás con Numen haya podido ocurrir algo semejante: el que su fragancia se haya conservado este tiempo sin publicarse y ahora la podáis percibir de nuevo con la misma intensidad… Eso sólo lo podréis contestar vosotros, queridos lectores, que sois quienes mejor entendéis nuestra esencia… Espero que, como decía Gonzalo Alexis Orellana desde Chile, Numen os siga pareciendo “el fragante aroma de la monarquía”, así como también, el de la nobleza, la excelencia, y los principios tradicionales propios de la Caballería cristiana. Es decir, de todo lo que somos y sentimos…

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