La batalla de la Vuelta de Obligado.

 

Martín Boneo Sanseverino, nos trae a la memoria este trascendental hecho de las armas argentinas en su 168 anivesario.

 

 

 

Ya sabía la acción de Obligado; ¡qué inequidad! De todos modos los interventores habrán visto por esta muestra que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca… (General José de San Martín, desde su exilio en Francia a su amigo Tomás Guido).

 

 

Texto: Martín Francisco Boneo y Sanseverino. Presidente del Instituto Belgraniano de los Estados Unidos. El 20 de noviembre de 1845, hace 168 años, la Confederación Argentina era invadida por las escuadras combinadas de los dos países entonces más poderosos del mundo: el Reino Unido y Francia. La Confederación Argentina fue una confederación de catorce provincias que existió entre 1835 y 1852 y que delegaban, como estados soberanos, la representación exterior en una de ellas, Buenos Aires, gobernada entonces por Juan Manuel de Rosas.

 

La invasión, si bien tenía intereses económicos y comerciales (forzar la apertura de la navegación de los ríos de la Cuenca del Plata y comerciar con las provincias linderas, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes), se inscribía dentro de un marco más amplio, que era la llamada Guerra Grande que se venía librando en el Estado Oriental del Uruguay y que contaba con la intervención de las fuerzas argentinas al mando del general federal Justo José de Urquiza (el mismo que en 1852 derrotaría a Rosas en Caseros), las cuales apoyaban a uno de los dos caudillos en pugna, el blanco, o federal, Manuel Oribe, contra el colorado, o unitario, Fructuoso Rivera, quien gobernaba Montevideo. De esta guerra, que acabaría dejando en la ruina por mucho tiempo a los uruguayos, participaban también el Imperio del Brasil, ávido por extender su frontera sur lo más cerca del Río de la Plata, Francia, Inglaterra, y mercenarios y voluntarios italianos (como Garibaldi) y de otros países europeos.

 

La invasión naval a gran escala de las dos potencias, que apoyaban a Rivera, fracasó en última instancia a causa de la resistencia de las fuerzas federales, puesta de manifiesto sobre  todo en la Batalla de la Vuelta de Obligado.

 

La Vuelta de Obligado (al norte de la ciudad de San Pedro, en la provincia de Buenos Aires), un recodo del río Paraná de 700 metros de ancho, de altas barrancas y curva pronunciada que dificulta la navegación a vela, había sido elegido por los revolucionarios de Mayo de 1810 como lugar ideal para resistir un eventual ataque de la marina española. Rosas lo sabía, y por eso hizo que las defensas contra los intrusos se levantaran allí.

 

Ante la inminencia de la invasión, el general Lucio Norberto Mansilla, guerrero de la independencia y oficial de San Martín en la batalla de Chacabuco, recibió el 13 de agosto de 1845 la orden de construir en este sitio cuatro baterías costeras artilladas, y el 12 de noviembre envió a San Pedro alrededor de 200 soldados de caballería e infantería para proteger  la ciudad. Las baterías contaban con tan sólo 21 cañones de bajo calibre, servidas por 220 artilleros protegidos por parapetos de tierra.  “Frente a la batería del norte, se había tirado una triple cadena que cruzaba el río asentada sobre embarcaciones pequeñas, más como símbolo de la soberanía nacional que como elemento de obstrucción eficaz. Las cadenas estaban aseguradas al bergantín Republicano en la costa opuesta. La escuadra combinada disponía de más de cien cañones, de los cuales una tercera parte eran Paixhans de bala explosiva con espoleta, acreditados por los estragos que habían hecho en los bombardeos de México” (José Luis Busaniche, Historia argentina, Buenos Aires, Taurus, 2005). Estaba compuesta por 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes, y embarcaba a más de 800 soldados.

 

A las nueve de la mañana del día 20 empezó el ataque. El comandante de la nave inglesa Firebrand cortó las cadenas que atravesaban el río y los barcos más poderosos lograron acercarse a la costa. A pesar de que dos naves invasoras quedaron fuera de combate, los parapetos empezaron a ceder ante el cañoneo incesante, los artilleros argentinos murieron en su mayoría y los anglo-franceses iniciaron el desembarco, dos veces rechazados en cargas a la bayoneta por milicianos y paisanos, hasta que al fin éstos fueron vencidos por la supremacía numérica y tecnológica del adversario.  Los invasores, por su parte, perdieron más de un centenar de hombres. El almirante Inglefield escribió: “Siento vivamente que este bizarro hecho de armas se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas, pero considerando la fuerte posición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que aquélla no haya sido mayor”. Por su parte, un diario de Montevideo, ciudad enemiga de Buenos Aires, refugio de unitarios emigrados enemigos de Rosas y desde donde había comenzado la invasión, escribió: “Nunca, desde la paz napoleónica, encontraron franceses e ingleses tan heroica resistencia”.

 

Sin embargo, la victoria de los invasores sería sólo táctica, no estratégica. Costa arriba, Mansilla y sus hombres esperaban a los intrusos en el paso del Tonelero donde un convoy de buques de guerra y 52 barcos mercantes cargados en Montevideo por el comercio de la plaza fueron atacados, sufriendo cincuenta bajas y sin que casi ninguno saliera ileso. Además, en el Tonelero los paisanos los perseguían a caballo y les disparaban con sus fusiles. Los intrusos respondían desde las naves destruyendo viviendas y ganados con sus cohetes Congreve.

 

Así el convoy logró llegar a su destino, la provincia de Corrientes, donde lo esperaban importantes negocios, pero no pudieron volver de inmediato: su comunicación fluvial con Montevideo había quedado cortada por unas baterías hechas construir por Mansilla en el Quebracho, sobre las barrancas de San Lorenzo, un poco más al norte del famoso convento donde había tenido su estreno militar argentino el general San Martín. Cuando se decidió a volver –cargado con toda clase de productos, en especial  cueros y carne salada− logró sortear el escollo, pero a costa de grandes pérdidas. Fue la batalla del Quebracho. “Este combate –dice el historiador naval argentino Teodoro Caillet Bois− fue un serio contraste para los aliados, pues no sólo sufrieron pérdidas considerables, sin inferirlas de su parte a los argentinos, sino que se convencieron de que, por armados que estuviesen, les estaba prácticamente vedada la navegación en nuestros ríos… La guerra de vapores en el Paraná constituye, en definitiva, un triunfo de Rosas”.

 

Y, en efecto, así fue: tras varios meses de haber partido, las fuerzas y naves agresoras debieron regresar a Montevideo «diezmados por el hambre, el fuego, el escorbuto y el desaliento», en palabras  del historiador argentino José Luis Muñoz Azpiri. Como diría después el primer ministro inglés Palmerston, habían hecho “un mal negocio”. Y le comunicó a su colega francés Guizot su propósito de retirarse del Plata. El resultado fue que el ex cónsul inglés en Montevideo, Samuel Hood, fue designado por las dos potencias para negociar la paz con Rosas, “esta vez sin muchas exigencias…” (Busaniche). Entre otras medidas, por ejemplo el retiro de las fuerzas argentinas del Uruguay, Francia e Inglaterra aceptaban que la navegación del Paraná estaba sujeta a las leyes y reglamentos de la Confederación Argentina.

 

En 1846 se designaron los nuevos comisionados en el Plata: lord Howden, inglés, y el conde Wallewsky, francés,  hijo ilegítimo de Napoleón I y su amante, la condesa María Walewska. Este último declaró que Rosas había hecho “una resistencia gloriosa al extranjero y que su poderío tenía como pedestal la independencia americana”. Howden, por su parte, le ordenó al comandante de la flota inglesa que “levante el bloqueo en ambas orillas del Río de la Plata y que cese toda manifestación interventora en estas aguas”.

 

Por último, el Reino Unido, por el Tratado Arana-Southern (1847) concluyó definitivamente este conflicto, y en marzo de ese año ordenó el retiro de su flota. Francia tardó un año más, hasta la firma del Tratado Arana-Lepredour.

 

Estos tratados reconocían la navegación del río Paraná como una navegación interna de la Confederación Argentina y sujeta solamente a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del río Uruguay en común con el Estado Oriental.

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