La colegiala y la manzana de papel

Porque, a veces, un pequeño gesto puede mudar las lágrimas en sonrisas… Evocador texto literario de nuestro director.





Dedicado a una Princesa del colegio “El Encinar” que conocí cuando tenía 5 años y no volví a ver jamás…



Texto: el Conde de Bobadilla.

La recuerdo bien, no con esos detalles que pueden proporcionar una imagen fija o el eco de un sonido, como son el color del pelo o el de los ojos, la forma de cara o la modulación de una voz… No, la recuerdo con la memoria del corazón, que va siempre a lo principal obviando los detalles para centrarse en la esencia misma de las cosas… Ella surgió de pronto, en el recreo, acercándose lentamente a donde me encontraba, con los ojos empañados de lágrimas. La miré con atención y le salí al encuentro: era la primera vez que la veía  

-¿Qué te pasa?..  

-Mi profe, dice que esta manzana de papel que acabo de pintar está mal hecha… Las lágrimas afloraron a su rostro, mientras las trataba de enjugar vanamente con el puño de su jersey…  

-A ver, dije mirando su pequeña obra de arte con interés. ¡Pero bueno, si está muy bien hecha! ¡Tu profe no te ha dicho la verdad…   -¿Tú crees? Preguntó con un rayo no sé si de esperanza o de consuelo…  

-Claro que lo creo, mira, está tan bien hecha que hasta parece de verdad.  

-¿De verdad? ¿En serio? Preguntó mientras, con esa rapidez que tienen los niños en mudar los sentimientos, cambiaba los pucheros de su boca por una radiante sonrisa.  

-Pues claro que sí.  

-¿De verdad te parece real? –Insistió- ¿No lo dirás para que no llore? Mi profe dice que me he salido al pintarla y que he puesto rojo en las hojas, que deberían ser verdes, y que está mal recortada…  

-No, qué va, si además me gusta mucho… ¿Me la regalas? Le tomé la manzana de la mano derecha, en la otra aún llevaba las tijeras de punta redondeaba, como si acabara de cortar, con toda su inocencia, el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal. Partí un primer trozo. Me lo acerqué a la boca. La chica me miraba con expectación…  

-¿Ves? Es tan real que hasta dan ganas de comérsela, concluí, y, para reforzar mi argumento, me llevé ese trozo a la boca y empecé a masticarlo… ¡Mmmmm, qué ricaaaa!  

La chica, que hasta hace poco lloraba porque su manzana de papel estaba mal dibujada y recortada, sonreía ahora orgullosa de que a alguien le pareciera su manzana tan real que estuviese dispuesto a comérsela, como si verdaderamente fuera una sabrosa fruta. Después de todo ese es el fin de una pieza de fruta, fin primordial que no había alcanzado las demás hechas por sus compañeros de clase, que seguramente estarían sobre la mesa de profesor dispuestas a conocer la papelera una vez calificadas…  

Poco a poco, según iba partiendo más trozos y comiéndolos, su sonrisa se iba dibujando más y más amplia en su rostro. Hasta que, cuando concluí con ese singular tentempié de recreo, me miro exultante a modo de despedida, y se fue dando saltos…  

Esa fue la primera y única manzana de papel que he tomado en mi vida pero, desde entonces, soy consciente de cómo un pequeño gesto puede alegrarle a alguien el día…  

Pensad y reflexionad cuántas posibilidades dejamos pasar de hacer feliz a alguien con un sólo detalle, aunque, confieso ahora, toda una vida después, que la manzana de papel podría estar bien o mal hecha pero, comerla, no fue una experiencia muy agradable salvo por ver a aquella chiquilla sonreír: la primera sonrisa que me dedicó mujer alguna…

El Conde de Bobadilla

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