La elegancia de la duquesa

Manolo Gómez evoca una tarde con la Duquesa de Medinaceli, en el palacio de Pilatos, en ocasión de su triste pérdida.





Texto y fotos: Manolo Gómez.
 

Es la última hora de la tarde del domingo 18 de agosto. Desde la ventana que hay junto a mi escritorio, puedo contemplar cómo los pocos vecinos que han quedado en el barrio comienzan a salir a la calle. Llevan todo el día enclaustrados, para protegerse de un terrible calor que, según el transistor que me hace compañía mientras trabajo, ha superado los 42 grados. El piso hace esquina y, desde mi despacho, veo cómo el paseo que hay en una de las avenidas se va llenando poco a poco de abuelos, matrimonios con niños pequeños, parejas de novios… En el fondo de éste, hay una espléndida vista en la que se aprecia la silueta del casco antiguo de Córdoba, con un bonito efecto de luz rojiza provocado por la caída del sol. En la avenida tangente, algunos hacen “footing” hacia el parque, mientras les persiguen o adelantan sus juguetones y nerviosos perros… ¡Tengo que volver al trabajo! Giro la cabeza hacia el ordenador y continúo con la ardua labor que tanto tiempo me lleva ocupado últimamente: Numen tiene que hacer grandes cambios en su web. La que tenemos se ha quedado anticuada para la siempre cambiante informática. Al principio se me hizo una montaña, todo el trabajo realizado durante diez años había que pasarlo manualmente desde la antigua a la nueva, incluyendo todos mis reportajes.

Pero no era sólo lo laborioso del proceso lo que me atormentaba: siempre vamos mejorando nuestra técnica profesional, a la vez que maduramos los conceptos, ¡y qué duro resulta tener que encontrarse con calidades ya hace tiempo superadas! Desde que era un adolescente siempre me he exigido mucho a mí mismo y he tenido especial respeto por todo lo que publicaba, sabía que de lo publicado siempre queda constancia y sobre todo tiempo para arrepentirse, así que hay que currárselo todo lo posible, no queda otro remedio…

A veces, mientras voy pasando las fotografías de este artículo o del otro, me detengo a pensar: ¡¡¡cuántas vivencias hemos pasado juntos el conde de Bobadilla y yo!!!, ¡¡¡cuántos viajes, lugares y, sobre todo, a cuántas personas hemos conocido!!! ¡Bueno,  jejee!: ¡¡¡a cuántas personas, personajes y personajillos!!! Los hay para todos los gustos y disgustos:

Las primeras, las personas, suelen pasar sin pena ni gloria, a no ser que los trates con frecuencia y acabes forjando una amistad, en cuyo caso se vuelven entrañables, pero es tanta la gente a la que se conoce viajando que es difícil recordar a todo el mundo…

Sobre los segundos, los personajes, escribiría párrafos y párrafos llenos de anécdotas. Suelen ser personas muy profundas, llenas de sensibilidad, discreción, humildad, sencillez, tolerancia… Están educados no sólo en modos y maneras sociales (que van más allá de saber utilizar debidamente tal o cual cubierto), sino también en valores, como el respeto y servicio al prójimo. Ese carisma, y ese saber estar que tienen gracias a sus valores personales, les confiere glamour en el más puro significado de la palabra. Como dice una buena amiga, muy castiza ella, “Para saber pisar alfombras hay que haberlas meado de niño”, y vaya si saben pisarlas. Gracias a ellos, he aprendido y sigo aprendiendo el verdadero significado de lo que debe ser la nobleza y en algunos casos la realeza. Resulta muy agradable fotografiarlos y tratar con ellos. Sin querer llamar la atención, lo hacen con su sola presencia… Y este es el caso del personaje del que hablaremos más adelante: Mimí de Medinaceli, alguien que encaja perfectamente en este grupo.

Bien, y ¿qué podemos decir de los terceros?: los “personajillos”. Suelen resultar bastante pintorescos. Creen que el verdadero espíritu de la nobleza consiste en vestir de una manera o en tener un comportamiento afectado (que no es lo mismo que educado). Se defienden ante la sociedad marcando un tratamiento frío y distanciado. Algunos, a veces, incluso usan títulos y árboles genealógicos falsos. En todo caso, sean hijos o nietos de quienes sean, esta actitud no los hace dignos de llevar su memoria. Para “sorpresa” de quienes me estén leyendo, muchos de ellos me caen bien… ¡Qué aburridos serían los eventos sin la asistencia de estos señores dignos de algunos textos de Pérez Galdós, de Larra, de Juan Valera o de cualquier acuarela de Lozano Sidro! ¿¡Qué sería de mis reportajes sin ellos, si son como la sal, el tomillo y la canela que les falta a esos alfombrados salones decimonónicos!? En muchas ocasiones, son gente cariñosa y bastante servicial, pero atención, cuidado con ellos, cuando menos te lo esperas: ¡zas! Muchas veces, cuando sabiendo que trabajo en Numen, me dicen que son monárquicos, digo para mis adentros “Dios salve al Rey “…

Como suele ocurrir, cuando más concentrado estaba en el trabajo, sonó el teléfono… Era el Conde de Bobadilla:

– Hola Rafael, ¿cómo estás?

– Hola Manolo, tengo que darte una mala noticia, me ha llamado nuestro amigo Rubén Sánchez Fernández-Espartero y me ha dicho que ha muerto la Duquesa de Medinaceli.

[Durante unos segundos me quedé callado].

– Manolo, ¿me oyes? Que te digo que ha muerto Mimí.

– Te oigo Rafa, pobrecilla… con todo lo que ha pasado en la vida…

– Sí, pobrecita.

– Enviudar, enterrar a tres de sus cuatro hijos, soportar los ataques de la prensa… Es mucho para una persona de 96 años…

Después de haber colgado el teléfono, me quedé un rato pensativo y recordé aquella tarde en la que la Condesa de Ofalia me presentó a su madre…  Era el mes de mayo y los patios del sevillano palacio de Pilatos estaban en su mejor estación del año… Esa tarde serían el escenario de un histórico evento, la reunión de la III Asamblea familiar de los Fernández de Córdoba/va, de la que era la Duquesa de Medinaceli anfitriona. Yo estaba allí haciendo el reportaje para la asamblea y para nuestra revista Numen.

Aún recuerdo aquella conversación con la Duquesa. Lo primero que ha solido sorprenderme cada vez que he conocido a alguien de la familia Medina es su sencillez. Algunos de ellos resultan tremendamente tímidos al principio, y otros, al contrario, llaman la atención por ser tan extrovertidos. La duquesa era de los segundos, como yo, y su hija la condesa más tímida. Así que casi toda la conversación la tuvimos Doña Mimí y yo. Como si la estuviese escuchando en este momento, recuerdo la elegante modulación de su voz, aquellos exquisitos gestos de expresión y su agilidad mental (tenía entonces 92 años) y perdón por mi insistencia, qué señora más sencilla. Era evidente que siempre había pisado alfombras…

Como buena anfitriona, Mimí se esforzaba en agradarme. Siempre quiso mostrarme una actitud positiva, aquello para mí fue un gran ejemplo, ya que me encontraba muy melancólico por la reciente muerte de mi padre. Me costaba mucho trabajo sonreír y aquella señora (que nunca olvidaba ser duquesa), soportando los dolores de estar postrada en una silla de ruedas y habiendo pasado por la muerte de un hijo (todavía le esperaban dos), supo mantener el buen estado de ánimo y transmitírmelo. Comenzó la conversación hablando de Córdoba (su hija la Condesa de Ofalia le había dicho que yo era cordobés). No escatimó en elogios sobre mi ciudad. Conocía al dedillo sus monumentos y barrios típicos, también me hablaba de las últimas reformas urbanísticas. Las nuevas estaciones, la avenida del Vial… Le gustaba mucho que fuese una ciudad muy ajardinada, con muchas fuentes y piloncillos para beber. También halagó la limpieza de la ciudad y sus muchas papeleras. Me sorprendió cuando mencionó a Rosa Aguilar “con aquella alcaldesa tan maja que tenían ustedes”, no le importó a la hora de valorar su labor que fuese de Izquierda Unida, lo hizo con justicia y tolerancia.

Más adelante, me habló de la fiesta de los patios que, por aquellos días, se estaba celebrando en Córdoba “y usted en Sevilla trabajando”. Me comentaba que algunos de sus hijos y nietos estaban ese día visitando los patios cordobeses, lo hacían todos los años y era una tradición que a ella le gustaba mucho. Como madre, abuela y bisabuela que era, aprovechó ese momento para hablarme de su familia ¡creo que era su tema favorito! ¡Qué orgullosa estaba de los suyos y con qué pasión hablaba de sus nietos! También se interesó por la mía. Como monárquico que soy, aproveché ese momento para sacarles el tema, les dije que ellas pertenecían a una familia muy monárquica y que me apreciaba mucho que siempre se hubiesen mantenido tan fieles a la Familia Real (todo el mundo sabe que la Condesa de Ofalia era la mejor amiga de la Reina), con un simpático gesto Doña Mimí apretó los labios, dándome a entender que no querían hacer alarde del tema. A mí, me vino a la cabeza la famosa frase “Nobleza obliga” y valoré mucho aquel detalle que tuvieron las dos señoras…

Como si fuese en este mismo momento, recuerdo aquella riña maternal de la anciana duquesa, cuando hablábamos de mi trabajo: “Usted no se impone, el fotógrafo tiene que imponerse; cuando vamos a hacer una fotografía es usted quien manda, por importantes que sean las personas que haya en el grupo…”. Pero, sobre todo, recuerdo  cómo se iluminó la cara de aquella abuela cuando vio entrar en el patio a su nieto Rafael (Duque de Feria). Jamás olvidaré aquella expresión. Venía acompañado por su novia (quedaba muy poco para la boda). Rafael fue directo hacia su abuela, los dos se comían con la mirada, le siguió Laura Vecino que también fue muy cariñosa, después nos saludaron a Ana de Ofalia y a mí…

Fuera, la calle estaba llena de paparazzi. Se amontonaban con sus teleobjetivos en la reja de la entrada: alguien había dicho que era la presentación de novia y abuela. Era falso, ya se conocían… Tardé más de un mes en publicar aquella fotografía que sólo yo conseguí. No quería que sintieran traicionados por mí, lo hice cuando ya no era noticia…

Adiós, señora Duquesa, Dios la tiene en su gloria; yo, la tengo en mi memoria.


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