La lírica de las arrugas.

Me puse a observar a aquel anciano, su piel, si sabías leerla, contenía escrita toda su historia. Una intensa narrativa vital se abría camino entre pliegue y pliegue de su curtida piel de rumores y silencios como el oleaje del mar…

Su edad estaba escrita, en alguna de sus arrugas, con los acentos de mi edad, en otras con experiencias que aún no he vivido pero en todas formando parte de una lírica precisa y preciosa, muy personal pero que, a un mismo tiempo, era suya y mía y nuestra y de todos, porque en la vida de una persona está expresada, o al menos intuida, la vida de las demás… (Rafael de Aguilar Poyatos).

[sociallocker]Texto: el Conde de Bobadilla. Recuerdo un viejo legionario que conocí de niño, en un bar de carretera, cuando los viajes, en las antiguas carreteras nacionales, duraban tanto que parar un buen rato para almorzar o merendar, era exigencia obligada para partir el viaje y reemprenderlo con renovadas fuerzas. En aquellas ocasiones, siempre me “despistaba” un momento de mis padres, y, al rato, me veía hablando siempre con la persona más pintoresca, como, en este caso este anciano y simpático legionario…

Se sacó la camisa por fuera y la levantó con esa rara habilidad de quien está acostumbrado a contar siempre la misma historia. Pensé que me iría a señalar algún tatuaje en el pecho, o algo así. “Mira, esta herida me la hice en África, ¿y crees que me importó algo? Yo mismo me la hubiera cosido con el cordón de mis botas si hubiera podido, pero me la tuvo que coser el médico, cómo si los legionarios necesitáramos médico, nosotros somos novios de la muerte y la muerte no conoce de médicos”.

Este recuerdo costumbrista de mi vida viene a colación porque fue la primera vez que alguien mayor me mostraba la belleza de una cicatriz. Hasta el momento tan sólo había visto las que, efímeras, mostraban mis compañeros de clase con el mismo orgullo que el legionario a consecuencia de jugar en el recreo a la toma del fuerte, pues fuimos la última generación para la que las cicatrices eran el acento final de cualquiera de nuestras travesuras…

Y ahora todo es distinto, a lo largo de mi vida he asistido a todo un cambio cultural en lo relativo a la percepción de la belleza de aquellas maravillosas “imperfecciones” de la piel como son las cicatrices y las arrugas. Cada una de ellas era hermosa porque suponía la afirmación de una historia personal, eran los signos que nuestra biografía deja en nuestra piel al escribirse. Como los trazos sobre el papel son los signos el escritor que narra una historia, el papel de nuestra piel se escribe con ella, narra nuestros pulsos vitales…

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Parece como si el culto por la eterna juventud obrase en nuestra piel como los romanos hacían con la tabla recubierta de cera sobre la que escribían con el punzón-stilo-, pasando la parte plana de éste cuando querían borrar lo escrito y empezar de nuevo. Este hacer “Tabula rasa”, de donde viene la palabra

Quizás sea por ello que tanta gente se despersonaliza, su expresión pierde alma, cuando pasan por el quirófano de un cirujano plástico. Parece como si el lifting en su piel fuese como borrar muchos de los capítulos de su historia…[/sociallocker]

El Conde de Bobadilla

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