Literatura: ¨La Epístola¨

Evocador texto literario escrito por el Marqués de Gibraleón.

 





Texto y fotografías: Luis Dimas Roca de Togores y Rodríguez de Mesa. Marqués de Gibraleón.


Hace muchos años, en mi época de campero, contraté los servicios de un equipo de electricistas capitaneados por Goyo, un hombre joven, tremendamente simpático, con vocación de guapo y rengo.  Llevaba una pierna ortopédica, desventaja que no le impedía trepar por un poste o hacerse veinte, treinta o cuarenta kilómetros en bicicleta.  Me terminó el montaje de una línea eléctrica y quedé contento con su trabajo.  Por razones que ahora no puedo recordar, no volví a verlo hasta muchos años después.

En esa ocasión, en la ciudad de Benavente, pregunté por una tienda de electricidad para comprar una bobina.  Me dijeron que al final de la calle Herreros había una tienda de ese género muy buena y allí estaba él, con su perenne sonrisa.

–          “¡Don Luis me encanta verle por esta su casa! ¨  Me dijo con su proverbial amabilidad.

–           “Yo también me alegro de volverle a ver, Goyo.”

Hablamos de tiempos pasados y de la bobina que quería comprar, cuando me preguntó por mi padre, don Ignacio Roca de Togores y Tordesillas, marqués de Gibraleón.

–            “Falleció ya hace algunos años en Barcelona.

Al hombre se le aguaron los ojos.  Me sorprendió que la muerte de mi padre pudiese impactarle de tal modo.  Goyo advirtió mi sorpresa y me preguntó si quería acompañarlo a tomar un café en su casa.  Contesté que sí, siempre que no tardáramos mucho, dado que en los tiempos que corren el reloj se había convertido en un tirano.

Tras el mostrador tenía una simpática escalera de caracol que conducía a su vivienda, lugar decorado con escaso gusto y olor a pachulí.  La casa era confortable y nos decía que sus moradores “marchaban bien” como se dice en el campo.  Goyo me presentó a su mujer, mujerona todavía de buen ver que muy educadamente me ofreció un café.  Mientras la hacendosa mujer movía los trebejos necesarios para convertir la idea del café en realidad tangible y degustable, Goyo me llevó a una vitrina donde, en primer término y en lugar de privilegio, había una carta que reconocí al instante.  La letra clara y bien hecha, no como la mía que no hay quien la lea, denunciaba inequívocamente a su autor, “mi padre”.  Goyo abrió la vitrina y saco la carta con movimientos reverénciales, entregándomela y me pidió que la leyese, dándome algunas explicaciones previas.

Me contó que una vez fue joven y una promesa nacional en el deporte de la bicicleta, debido a que ya había ganado pruebas importantes que vaticinaban un glorioso futuro en el mencionado deporte.  Siguió contándome que con veintiún años marchó a cumplir su servicio militar cuando un tren con mucha prisa se le llevó la pierna y con ella se fueron ese venturoso porvenir, su juventud y las ganas de vivir.  El ejército, en semejante estado, lo licenció.  ¿Para qué les servía ya?

–               “Y ahí, en esa época es cuando conocí a su padre.  A él, al igual que a usted años más tarde, le hice montajes eléctricos.  Su padre con mucha sicología y perspicacia detectó mi situación límite y estando ya al borde del suicidio recibí esa carta que tiene usted en la mano que me abrió la puerta de la vida.  Gracias a ella estoy en este mundo y felizmente casado.”

–                  “Su padre debió de ser un gran hombre.  Siento no haberlo conocido, pues gracias a él tengo a mi querido Goyo.” Dijo la mujer dejando el humeante café sobre la mesa.

–                  “¿Quiere usted azúcar?”  Me preguntó.

Una película lacrimógena dificultaba parcialmente la lectura.  La perfecta caligrafía de pendolista de mi progenitor se tornaba borrosa.  Así y todo pude leer cómo mi padre con precisión quirúrgica había hundido el escalpelo hasta lo más profundo del corazón de Goyo, extirpándole de cuajo toda esa amargura que no le dejaba vivir.  Goyo rescató su tesoro y como a una reliquia la devolvió a su santuario, donde la venera a diario.

No recuerdo si me despedí o si tomé o no el café, solo puedo rememorar el verme caminando por la calle Herreros, calle que se me antojaba estrecha y escasamente iluminada pensando en la gran suerte que tenía mi progenitor.  Había conseguido lo imposible, que quince años más tarde de su deceso, un par de seres humanos lo recordaran con veneración.

El pasar por este mundo y dejar huella tan profunda es el honor que sólo les cabe a unos pocos.  Por mi parte, si consigo que alguien me recuerde una semana me doy por satisfecho.

Gracias padre por haberme hecho el honor de serlo, privilegio que no merezco.

ANEXO: LUIS DIMAS ROCA DE TOGORES Y RODRÍGUEZ DE MESA, XXI MARQUÉS DE GIBRALEÓN. ì8-V-1939 †30-XII-2008. IN MEMORIAM.

Miércoles, 31 de diciembre de 2008

Para papa :

            Hoy,  no solo hemos perdido un esposo, un padre, un abuelo, un buen amigo … hemos perdido a un soñador, emprendedor,  a un romántico idealista amante de la libertad que pasó toda su vida nadando contra corriente,  luchando  contra unos molinos que atacaban unos  ideales que para muchos estaban desparecidos, fuera de época o simplemente inexistentes. Pero que para él eran la base de la familia, de una sociedad sana. .. una manera de vivir.

            Un Hombre de sombrero, capa y bastón que siempre creyó en el modernismo… fué  unos de los primeros en traer energía fotovoltaica a España, allá a principios de los 80  (a quién se le ocurre) ….pero que también creía en las tradiciones… llevaba sombrero para podérselo quitar cuando pasaba una señora, llevaba capa porque al igual que el abrigo quita el frio y a él le daba igual la moda. Llevaba bastón porque le parecía más elegante que un tatuaje en el pecho.  Un hombre que era tan despistado que por no saber en qué día vivía, nació 200 años después de su época. 

            Tenía dos pasiones en la vida: los libros y Vilmita.

            Lo recordaremos por su gran humor, siempre con sus ingeniosos chistes indirectos que no todo el mundo entendía,  por su carisma, humildad, su gran corazón y la manera de querer,  su capacidad de sacar lo mejor de todos nosotros, de poder perdonar y olvidar los fallos de cada uno pero siempre recordándonos por lo mejor. Recordaremos las amenas conversaciones llenas de anécdotas, risas y agudos comentarios, pero sobre todo su espontaneidad.

            Hemos perdido a un Señor, un Caballero un Hidalgo Español  o como diría Cervantes a un Fenicio que nos recuerda de dónde venimos, quiénes  somos y cómo nos deberíamos de comportar.  No solo hemos perdido a un esposo, un padre un abuelo o un buen amigo, hemos perdido a un Quijote….

Ahora nos queda una imagen, un recuerdo al que emular… 

Tu hijo:

 Ignacio.

Epístola a mi querido amigo Luis.

Te recuerdo con ese aire sereno, de sobria elegancia, de quienes han llegado a ese punto de convicción en el que se descubre que la verdad se halla en las cosas pequeñas, o mejor dicho, en aquellas que hace pequeñas el día a día con sus alocadas prisas sempiternas. Me encantaba tu sonrisa, eras de esas personas que acompasan la sonrisa de sus labios con la de sus ojos y sobre todo con la de su corazón… Ese corazón franco y amable que sabías entregar a tu familia, a tus amigos, e incluso ¿por qué no? a quien te servía un café en un restaurante. Sabías con tu humildad hacer sentirse importantes a los demás, sacar con tu conversación lo mejor de ellos, y hacerles sentir escuchados. Eras un hombre de principios, de valores, de ideales. Un caballero, como recuerda tu hijo Ignacio, de capa, bastón y sombrero, abc de esa tu sublime indumentaria con la que rendías tributo a aquel milagro de la fe y del empeño que fueron los hidalgos españoles y prestigiabas a la nobleza con tu sola pertenencia a ella…

Testimonio viviente de tu credo, predicabas con el ejemplo todo aquello en lo que creías, sin estridencias pero tampoco sin cesiones gratuitas. Tenías claro en qué cosas ceder y en cuáles hacerlo supondría negar nuestra propia esencia, dejar de ser nosotros para pasar a ser otra cosa distinta y no necesariamente mejor… Magnánimo en lo primero y numantino en lo segundo luchabas con tu pluma y con tu lanza para abatir esos gigantes que a cada momento nos impone el mundo para hacernos menos libres, porque has de saber que te doy la razón en que eran gigantes y no molinos. Gigantes que con los grandes aspavientos de sus brazos y con sus gritos parecen pretender ahogar esos silencios, esos espacios interiores en que nos encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra esencia más pura y más sincera, con aquella fuente oculta que nos habla del agua del Maestro. Y es que tenía razón Saint Exupéry cuando en “El Principito” afirmaba que lo esencial es invisible a los ojos, que sólo es percibible con el corazón: y tú sabías mirar a los demás con esa precisa mirada de quien sabe reconocer a quien tiene delante de sí, no sólo como a un semejante, sino como a un hermano…

 El Quijote, Luis, tu alter ego. Recuerdo que cuando te propuse escribir una colaboración con ocasión de su cuatrigésimo aniversario me preguntaste que porqué había pensado en ti. Te comenté que había sido por ser un Duque de Béjar y Marqués de Gibraleón -etc- a quien estaba dedicado, bueno, eso es verdad a medias, en realidad todos sabemos que eras la mejor persona para hacerlo… Luego llegaron otras colaboraciones y, gracias a nuestro nuevo formato digital, pensé en publicarlas todas sin tener las limitaciones de extensión propias de un medio en papel… Empecé por ésta de “La epístola” porque me pareció preciosa… Os llamé a casa para felicitaros la Navidad y deciros que ya podías ver la colaboración tuya publicada. Fuiste de los primeros que pensé que debía saber nuestro nuevo formato y, según me cuenta Vilma, dio justo tiempo para que la leyeras y te sintieses ilusionado por verla en la nuestra web…Me encantó haber llegado a tiempo para ello Luis…

Volviendo al tema de la Epístola, de ella me agradó especialmente el comprobar que la gente buena, como lo fue tu padre, nunca muere, que siempre viven en los demás a través de la influencia que ejercieron en sus vidas. Lo mismo puedo decir de ti: esa epístola que pasó de tu padre a Goyo, y que ha sido motivo de tu inspiración, ha pasado también a ser la epístola que nos has dejado a todos. A lo mejor no has salvado la vida de nadie quien en una hora obscura pensara en arrancársela de sí, pero sí has hecho la vida de todos los que tuvimos la enorme suerte de conocerte una vida mucho más agradable. Esa es la lección, esa es la mejor epístola, tu mejor legado, tu mayor testamento: el que todos te recordemos con cariño por lo que de ti hay en nosotros…

Dios te cubra con su gloria. A tu familia les dejo con el consuelo que tenemos los creyentes, el que la muerte no es una derrota sino sólo un paso hacia el cielo. Un gran abrazo para todos ellos, especialmente para Vilma, tu Dulcinea, tu gran amor, aquél con el que compartiste la vida, aquél al que tanto quisiste hasta tu muerte…

Te seguiré recordando a través de estas páginas Luis, porque llegaste a nuestras vidas para quedarte y porque además el mundo necesita sentir la voz de muchos Luis Roca de Togores. Como el Quijote, nunca morirás del todo. No mientras alguien esté dispuesto a ponerse tu sombrero, llevar tu capa o blandir tu bastón al viento…

 

P.D.: Siempre consideré elegantes las postdatas. Mira Luis, andaba meditando el punto en donde terminé la carta ayer y me gustaría decirte que acabo de regresar de tu funeral y me consoló ver a tu nieto, tan hombrecito, con su capa repartiendo tus recordatorios, Espero que un día la complemente con tu bastón y tu sombrero y con ellos tu legado y vuestra secular vinculación familiar con el Quijote. Lo deseo también para el resto de tus hijos y de tus nietos…

Rafael de Aguilar. Conde de Bobadilla.

 

 

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