Los Murga restauran su torre en el Valle de Ayala

Levantada en el s. XIII por Juan Sánchez de Murga, primer Señor de Murga, ha sido sometida a un cuidado proceso de restauración, así como de habilitación para la celebración de eventos, en el que María Teresa de Murga Iznardi y su familia han puesto todo su cariño e interés.



Texto: Maura Verástegui y de Murga.

Después de intensos años de trabajo para rehabilitar este importante edificio histórico así como para embellecer su entorno, por fin el pasado 28 de septiembre se dio a conocer la nueva función de la Torre de Murga. Rescatada de su rusticidad por haber sido utilizada durante siglos como caserío de ganaderos, su nueva misión será la que con cierta frecuencia se está empleando para mantener estos monumentos: la celebración de eventos.

En el acto de presentación se realizó un repaso a la historia del linaje de los Murga, que creó y ocupó el edificio hasta el siglo XVIII, desgranado por el historiador Ernesto García Hernández, autor junto a Federico Verástegui y Cobián, de “El linaje de la Casa de Murga en la historia de Álava. Siglos XIV-XVI”. Asimismo también se habló de su restauración, dando a conocer los espacios recuperados de esta singular Torre medieval del Valle de Ayala, en el noroeste de Álava.

Perteneciendo aún a la misma familia que la edificó en el s. XIII, María Teresa de Murga Iznardi, su propietaria, ha cambiado el tocado de sus antepasadas medievales por los planos, el vestido de terciopelo y bordados de Amberes por buzo y botas de trabajo, y a sus vasallos por una enorme lista de facturas que se acumulan desde hace veinte años. Pero María Teresa está satisfecha porque, a pesar de los grandes esfuerzos y el inmenso trabajo que ella y su familia han realizado, hoy empieza a disfrutar del patrimonio familiar. Y no sólo ella, porque la casa-torre está abierta para celebrar eventos. Su hija Ania Verastegui y de Murga se encarga de todos los detalles, desde el catering al equipo de proyección, las invitaciones o las flores.

María Teresa es descendiente directa del primer señor de Murga, Juan Sánchez de Murga, apodado Chicubín, hijo de Sancho García de Salcedo, “el Negro”, séptimo señor de Ayala, que fue quien mandó levantar la torre hacia 1272. Con gran sentido de la responsabilidad, la familia ha mantenido parte del vínculo fundado posteriormente, en el siglo XVI, momento en el que la familia alcanza su máximo esplendor y al que corresponde la casa-palacio que casi alcanza a rodear la torre, abrazándola por tres de sus costados.

Como ya ha quedado dicho, los Murga dejaron de habitar la torre en el siglo XVIII para trasladarse a vivir a Marquina, en Vizcaya, pero siempre mantuvieron su propiedad y la conciencia de su origen en ella. Arrendada y utilizada a partir de ese momento para usos agrarios, la vuelta a su posesión efectiva ha requerido de sus propietarios un esfuerzo ímprobo. Han sido años de limpieza y restauración del entorno y el edificio y el resultado salta a la vista. Basta con bajar por el camino que bordea la viña de chacoli, ese vino producido en los valles vascos, antaño menospreciado y hoy valorado merced al esmero con que se cultiva y elabora. Según se avanza por el sendero, puede verse un hermoso edificio al que se accede por un estrecho puente de arco grácil y muy apuntado que sólo permitía el paso de «xente y cavallerías», según reza un cartel explicativo. Los carros debían vadear el río. Los surcos que desembocan en el idílico cauce del río Izoria dan fe de las rodaduras que todavía hoy siguen siendo paso obligado para los vehículos.

Llegados a este punto, aparece la casa torre del siglo XIII a la que se accede desde un añadido posterior, del siglo XVI, que le da un aspecto palaciego con enormes arcos de piedra y una estructura de madera que se ha mantenido sin apenas cambios.

En el interior se puede contemplar el suelo original de la torre, la roca sobre la que se asienta, gracias a haber dejado expuesta, cubierta con un cristal transparente, la cata arqueológica que se hizo previa a la restauración.

Una arcaica escalera de piedra, denominada patín en estas torres medievales, da acceso a la antigua entrada de la casa torre que quedaba a salvo de visitantes inoportunos con una pasarela de madera que se retiraba a tiempo para impedir su entrada. La misma que da acceso a un inmenso salón en forma de ‘L’ que bordea el exterior de la torre en el que se puede encontrar una deliciosa reliquia: una pequeña capilla que conserva el suelo original de losas de barro cocido e interesantes pinceladuras originales del s. XVI.

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