Presentación de “El Profeso y el Opio”, nueva obra del Duque de Plasencia y Morignano.

 

El evento se celebró en el Real Círculo de la Amistad de Córdoba. Se contó con una gran asistencia de público del mundo social y cultural, tanto cordobés como de otras ciudades de España, a quien se le obsequió una copa de vino español.

 

 

Redacción. Fotos: Manolo Gómez. El Real Círculo de la Amistad acogió el pasado día 3 de octubre, la presentación de “El Profeso y el Opio”, última novela del Carlo Emanuele de Ruspoli y Soler; Duque de Plasencia y Morignano. El libro forma parte de la colección “El Profeso”, una serie de quince novelas históricas, cuyos epítomes pueden encontrarse en el blog de su autor: http://carloemanueleruspoli.blogspot.com.es/. Giangaleazzo, su hija historiadora Ginebra, su mujer profesora catedrática de historia Ileana y su leal mayordomo y ex agente del FBI el señor Flash Gordon han participado, intermitentemente, en las múltiples misiones ejecutadas por el Profeso en los cinco continentes, y en diferentes épocas que van desde el siglo III, Bajo Imperio romano, hasta la Contemporánea, pasando por la Edad Media y el Renacimiento.

 

Intervinieron en acto la diplomática y escritora Helena Cosano, Javier Bahamonde y Santiso de Ossorio; historiador y escritor; Basilio Rodríguez Cañada, escritor y editor -presidente del grupo editorial Pigmalión Ediypro-; Federico Roca de Torres, Presidente de dicho club social; y el propio Carlo Emanuele de Ruspoli.

 

Tras la presentación que se hizo del autor, éste quiso agradecer, en primer lugar, a Fernando Alcaraz, el haber organizado el evento con la colaboración de Eduardo Cadenas, asimismo agradeció las intervenciones de sus acompañantes en la mesa, y su presencia a todos los asistentes.

 

Con respecto a la génesis del personaje, Carlo-Emanuele Rúspoli afirmó: “Hace unos años, cuando todavía era joven y aventurero, investigué a una persona que cambiaría el rumbo de mi vida. Cuando escribí mi primer libro Retratos, publicado por la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, mi antepasado el conde Galeazzo Marescotti, héroe de Bolonia llamó fuertemente mi atención. Decidí entonces escribir mi primera novela histórica El Confaloniero, basada en su figura y en los sucesos del feudo de Bagnocavallo, otorgado por el emperador Carlomagno al primero de aquel linaje: Mario el Escocés, a principios del siglo IX. Tras esa primera novela, escribí un libro de antropología titulado Orientalia, basado en mis numerosos viajes a Oriente, pero pensaba como continuar con las novelas históricas, aprovechando los exóticos paisajes que había conocido. Fue entonces cuando me surgió la idea de crear un antepasado de ficción, Giangaleazzo Ruspoli, tomando ejemplo de ese predecesor. Luego me pregunté: ¿Qué características tendría el personaje? Teniendo en cuenta mis largos años de colaboración con la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, pensé en convertirlo en un caballero de Justicia o Profeso de la Orden, el grado más alto, con los tres votos de obediencia, castidad y pobreza. Mi personaje se denominó desde ese momento fray Giangaleazzo. Además, tenía que definir las virtudes, capacidades y especialidades de fray Giangaleazzo, lo cual fue fácil, porque le atribuí las facultades que a todos nos gustaría tener. Fray Giangaleazzo fue seduciéndome con cada una de sus aventuras, hasta ejercer en mí el hechizo que despiertan los grandes detectives de la literatura, como Hércules Poirot o Sherlock Holmes. ¿Saben Ustedes que la fecha de la primera edición del Profeso y el opio concuerda con el aniversario del nacimiento de Sir Arthur Conan Doyle?

 

Gracias a las investigaciones de Fray Giangaleazzo, el lector puede profundizar en su universo, en su carácter peculiar, en su exquisita cultura, en su círculo familiar, cargado de luces y sombras. Mi protagonista nació en 1137 en Siena, en el seno de una noble y adinerada familia y creció junto a sus seis hermanos. A los diez años de edad, dos lamas tibetanos se presentaron en la residencia familiar de los Ruspoli y le examinaron por ser la posible reencarnación del lama Shiakamuni, padre de la medicina tibetana. Más tarde, cursó sus estudios universitarios en Florencia y Roma. A los veinte años ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén donde estudió medicina, cirugía, derecho canónico, esgrima, arquería y defensa personal y se convirtió en caballero Profeso a los cinco años, con votos solemnes. Sin embargo en un momento de pérdida de memoria tuvo una relación con una noble franco-egipcia de la que nació́ su única hija Ginebra. Tras ejercer durante años la medicina y la caballería en Tierra Santa, sus inquietudes fueron llevándole hacia otros terrenos, centrándose sobre todo en la investigación que poco a poco se convierte en su principal actividad, por la que es llamado a resolver los casos más difíciles. El pasado fray Giangaleazzo, héroe de la antigüedad, se transforma en un asombroso investigador de otras épocas, porque viaja en el tiempo y en el espacio y puede estar en cualquier parte, gracias a la técnica de meditación trascendental cuántica aprendida de los lamas tibetanos. Su aspecto, en casi todas las novelas, recuerda al triste hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, es decir un hombre que ronda los cincuenta años, de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador, amigo de la oración, de la meditación, de la caza, de las artes marciales y de la buena condición social. Como todos los genios, Giangaleazzo tiene enemigos que le han marginado y perseguido, e incluso le han maltratado, torturado, apresado, esclavizado, condenado, emparedado, por suerte sin lograr quitarle la vida. Sus amigos o enemigos comprenden de inmediato que se encuentran ante un ser sorprendente, un investigador superdotado, una mente única, compleja y clarividente al servicio de los necesitados y de la justicia”.

 

Con respecto a “El Profeso y el opio”, el Duque de Plasencia y Morignano subrayó que “Es una novela muy especial para mí porque denuncia de los estragos de la droga y la tragedia del narcotráfico en el siglo XIX, así como relata el mal comportamiento de los ingleses contra los chinos. El empresario estadounidense Warren Buffet dijo una vez que: «sólo cuando baja la marea se sabe quién nadaba desnudo.» Por mi antigua ascendencia escocesa, me avergüenzo de los ingleses por las dos guerras del opio y los millares de muertos chinos por ese motivo. Inglaterra se aprovechó descaradamente de su superioridad militar para imponer sus intercambios comerciales, centrados esencialmente en té chino a cambio de opio indio, en lugar de la plata que pedían los chinos. Las dos guerras se desarrollaron al principio para asegurar el control del mar de China y luego de sus vías de comunicaciones fluviales. Los dos factores que determinaron la superioridad inglesa fueron su artillería y sus buques de guerra de vela que ya habían incorporado la navegación a vapor. En lo referente a la artillería, uno de los principales cambios, además del aumento progresivo tanto de los calibres como de los alcances de los disparos, fue el reemplazo de balas macizas de plomo cargadas por las bocas de los cañones, por obuses explosivos cargados por las culatas de los mismos. Aunque reducidas en número, estas piezas fueron siendo cada vez de mayor tamaño y mayor alcance. Los chinos no disponían de estos avances militares, así que desde un buque de guerra inglés se podía bombardear una fortaleza china, sin que su artillería alcanzara los buques de guerra británicos. La flota china compuesta por juncos de vela no tuvo ninguna oportunidad, sus cañones nunca llegaron siquiera a inquietar a los ingleses. Por ello, Inglaterra se apropió, sin oposición, de territorios como Hong Kong, Kowloon y Lantau, con la excusa de apoyar su lucrativo comercio. Pero también, tras aniquilar la flota china y sus defensas en tierra, su ejército saqueó y quemó parte de la Ciudad Prohibida de Pekín y del Palacio de Verano, del siglo XV, unos actos de expoliación graves e injustificados. Los historiadores calculan que entre las dos guerras del opio y la importación ilegal del opio británico, murieron cerca de 60 millones de chinos. Giangaleazzo participa en estos sucesos situándose al lado de los emperadores de la dinastía Qing, para ayudarlos en la lucha contra los ingleses y los sediciosos Taiping. Estará acompañado esta vez por su mujer Ileana, su hija Ginebra y su fiel mayordomo, el señor Gordon. Todos asumirán unos papeles como personajes de la dinastía Douglas. La gran labor de Giangaleazzo será finalmente premiada con el título de Mandarín de la corte imperial y con el monopolio del comercio en sus plazas principales”.

 

Rúspoli, terminó deseando que los lectores disfrutasen de su última obra, así como de la próxima: “El Profeso y la masonería” -ya en imprenta-, “sin olvidar que el constante esfuerzo de Giangaleazzo, a favor de la paz y de la justicia, intenta hacer realidad las estrofas que dedicó en 1671, como cántico, Pedro Calderón de la Barca, en el certamen poético en honor de la canonización de San Francisco de Borja, decimocuarto abuelo de mi mujer:

 

“Que el blasón heredado

es un tesoro hallado

sin el heroico timbre de adquirido,

pues sólo lo merece

el que a ser más de lo que nace, crece”.

 

Por último, recordó que, precisamente ese día, tres de octubre se celebra la festividad de San Francisco de Borja, cuarto duque de Gandía, patrono en España de las ciudades de Gandía, Valencia y Bonares, de la nobleza española y de la cetrería.

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