Una monarquía renovada para un tiempo nuevo.

Texto: el Conde de Bobadilla. El Príncipe de Asturias, desde hoy Felipe VI, es poco más de dos años mayor que yo, y, ahora que contemplo su proclamación, no me avergüenza confesaros que se me ha escapado algún lagrimón. Igual, supongo, que a mis padres se les caería cuando vieron la proclamación de Don Juan Carlos I en las Cortes, o la abdicación del legado histórico de la Corona española a su favor por parte del Conde de Barcelona. La historia de la monarquía es la historia del pueblo: Corona y pueblo son unas generaciones que se suceden unas a otras, marcando los últimas la sucesión de las anteriores. Porque la Corona es una institución natural, como la familia. La sociedad es la abstracción de la familia, el estado de la sociedad y la Corona del Estado. Es por eso que la Corona representa mejor al pueblo y al Estado que un presidente de República. El Presidente de República siempre tendrá intereses partidistas, no olvidemos que partido es participio de partir, lo cual una dialéctica de este tipo puede resultar más o menos adecuada para la pugna por la presidencia del Gobierno, pero, en un país tan especial como es España, sería más que inconveniente hacerlo para la Jefatura del Estado. Eso es algo para países que se aman a sí mismos sobre sus propias dialécticas discursivas, y para los cuales ello no les supone dividirse, pero recordemos lo que decía Bismarck de nosotros: “España es el país más fuerte del mundo, lleva siglos tratando de destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”. Y no lo ha conseguido quizás porque, tras nuestros periodos álgidos de destrucción: las dos repúblicas, retornó la Monarquía…

Muchos, por ese sentimiento de representatividad generacional, como decía, verán con nostalgia la abdicación del Rey, cuyo reinado esperaban ver terminar por fin natural: “El rey ha muerto, viva el rey”. Pero la abdicación -no olvidemos que nada inhabitual en la Corona española- nos parece oportuna, dado muchos condicionantes tales como la salud del Rey o el momento político. Por otra parte, ya ha habido una sucesión progresiva del Príncipe en cierta forma, quien ha ido aumentado su agenda y nos ha habituado a todos verlo asumir nuevas competencias de forma natural, motivo por el cual el reinado de Felipe VI no es una apuesta ciega de futuro que, a modo de acto de fe, tengamos que hacer los españoles, pues ya le hemos visto desempeñar esta nuevas funciones con gran soltura. Por otra parte, la abdicación le permitirá empezar su reinado con el consejo del Rey, que no es poca cosa habida cuenta de la enorme experiencia que tiene después de cuarenta años de reinado y una vida consagrada al servicio de España, ventaja que no tendría el Príncipe de haberse producido su sucesión por muerte y no por abdicación de su padre, S.M. el rey Don Juan Carlos I.

El príncipe tiene pues, una tarea inmensa que emprender y, en muchos aspectos tendrá que seguir la senda del padre, no porque no pueda conferir un sello personal a su reinado, sino porque, la significación de la Corona y su papel le debe hacer incidir y continuar en algunos aspectos en los que el rey ha sabido hacerlo muy bien.

La Corona, desde hoy representada por Felipe VI, es símbolo de unidad permanencia del Estado español: Qué duda cabe que España no hubiera sido España sin la unión de los distintos reinos históricos que la integran, unidos bajo una misma Corona. Es por ello, que me ha dolido especialmente cuando, bajo el Reinado de Juan Carlos I, he visto a terroristas y secesionistas quemar fotos suyas, y lo han hecho por ser conocedores de que el rey, tanto Don Juan Carlos I como ahora Felipe VI es, como bien expresa nuestra Constitución -pero antes de la Constitución la historia misma-, símbolo de la unidad y permanencia del Estado y, una sociedad que se desposee de sus símbolos, acaba sucumbiendo. Un día se quita la corona, luego se cambia la bandera, después el himno: este es el proceso republicano que hemos tristemente padecido en España…

Con respecto a América, cuando se habla del rey, todo el mundo sabe a qué monarca nos estamos refiriendo, como ha venido siendo con Don Juan Carlos I y continuará siendo con Felipe VI, y ello por doble motivo: por bien que ha sabido hacerlo Don Juan Carlos I allí, y porque Hispanoamérica fue la España de ultramar, no fueron colonias, sino Virreinatos y Capitanías generales, que compusieron parte de la Monarquía universal hispana. Obviamente, como la región cultural multinacional que es hoy en día, y respetando profundamente la construcción de sus identidades nacionales específicas, la identidad común es la que compartieron antes de la emancipaciones, que es su pasado español en la misma Corona, la religión y su lengua, que conforman sus rasgos culturales y espirituales comunitarios propios-–y ello sin pretender en absoluto quitarle protagonismo a las culturas precolombinas sobre las que se construye Hispanoamérica como un mestizaje-. ¡Qué listos han sido los ingleses con su Commonwealth of Nations y, nosotros, qué idiotas en no ser conscientes del poder de la Corona en ser nexo de unión de todos nuestros estados hermanos. En este sentido tenemos que agradecer a Don Juan Carlos I haber sido impulsor de las Cumbres Iberoamericanas, a las que, desde la primera celebrada en Guadalaja, México, en 1991, ha asistido a todas -excepto la de 2013 en Panamá, por estar recién operado de la cadera-. Por su parte don Felipe VI, como Príncipe de Asturias, ha representado a su padre en la toma de posesión de todos los presidentes iberoamericanos, dando continuidad al vínculo de la Corona española con el continente que, estamos seguros continuará vigorizando desde su nuevo rol de rey.

Pero no sólo con Iberoamérica, también con el resto del mundo: Don Juan Carlos ha sido nuestro mejor embajador pues, mientras los presidentes de las Repúblicas cambian, los reyes permanecen, y eso confiere un saber hacer, una autoridad y unos contactos, es decir, una influencia, a la que estaríamos locos si renunciásemos. No podemos olvidar las maravillosas inversiones que el Rey ha conseguido para empresas españolas, como el AVE del desierto, por ejemplo. Por sólo citar uno entre muchos. Esto seguro que Felipe VI seguirá está labor de intentar “arrimar el ascua a nuestra sardina” siempre que pueda, para conseguir aumentar el peso específico de España en el resto del mundo.

Podría citar más aspectos del valor de la Corona y de cómo en esto Felipe VI debe ser continuador de la labor de su padre, como el “Pegamento social” que supone la esta Institución al ser, el rey, rey de todos los españoles, y salvar la más alta magistratura del Estado de luchas partidistas e intereses de partido –como hemos señalado antes-; o que es el lubricante de las instituciones, pues arbitra y modera el funcionamiento regular de las mismas; pero sólo voy a terminar con una reflexión final: el poder de los sentimientos y emociones.

La monarquía es razón, pues hay muchas razones para ser monárquico, pero, creo que una cosa triunfa cuando, además de desearla con la razón la amas con el corazón: y ahí tenemos a todos esos nacionalismos románticos periféricos -no históricos-, que son sólo un sentimiento voluntarista, sin razón ni razón de ser, sólo pura lírica que amenaza con romper la unidad de España. Y sin embargo nosotros, que somos una nación de verdad, la primera el sentido moderno, hemos olvidado que también las naciones se crean -y se destruyen- con sentimientos: existen mientras se las venera, desaparecen cuando se las olvida. Y nosotros, los españoles, hemos dejado de emocionarnos con nuestra propia historia, con nuestra propia patria, con nuestros propios símbolos. La bandera y el himno son algo que se saca porque juega la selección nacional -y menos mal ya que, si no, ni eso-, porque, si se queda demasiado tiempo la bandera puesta en el balcón, nos nace la autocensura: no vaya a ser que nos llamen “fachas”. Pues yo no me autocensuro y saco mi bandera al balcón de mi casa para la proclamación, para no quitarla al día siguiente, mientras exclamo con la mano en el pecho y la voz serena y firme: ¡Viva España y viva Felipe VI!!!!

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El Conde de Bobadilla

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