Amiga de todos, alcaldesa de nadie, da plantón al Rey para ganarse el aplauso de Quim Torra.

Texto: José Escuder. Cuenta el historiador Plutarco que en el año 400 antes de Cristo, el gran estratega militar Alcibíades tenía por costumbre pasear con su elegante perro por Atenas. Hasta que un día, sin motivo aparente, delante de todo el mundo le cortó la cola al fiel e indefenso animal. Como es lógico, esta cruel actuación produjo el asombro de los presentes, que a partir de entonces se dedicaron a discutir sobre las causas de tan desagradable y absurdo espectáculo. Pero poco después, su autor confesó la verdad: “Le corté el rabo al perro delante de todo el mundo, para que todo el mundo, a partir de ese momento, se dedicara a hablar del perro en vez de la inutilidad y la corrupción de nuestros gobernantes”. Han pasado más de dos mil cuatrocientos años, pero el perro de Alcibíades sigue ladrando en los despachos de la política mundial. La diferencia es que ahora, afortunadamente, los políticos no permiten la crueldad con los animales. Ahora, los estrategas de la política mutilan otras cosas. Por ejemplo: la historia, la verdad, la autocrítica, la buena educación… Respecto a esta última, hay verdugos de una talla excepcional. Verdugos que han ido perfeccionando su técnica con el paso de muchos años, muchas víctimas y muchas subvenciones, las suficientes como para que mucha gente haya llegado a la conclusión de que la buena educación es un capricho de las élites. Según estos verdugos y verdugas, lo que se lleva ahora no es la buena educación, actitud propia de los pijos, sino la solidaridad, virtud exclusiva de los progres. Por eso muchas veces no dudan en ser injustificadamente groseros con los bien educados y conmovedoramente solidarios con los impresentables. Es el caso, por ejemplo, de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que el pasado día 27 de junio, en la Noche de la Logística, decidió darle un plantón al rey de España para poder con ello ganarse el aplauso de Quim Torra, ese muñeco de cera al que, si le enseñas un billete de 500 pujoles, grita ¡Viva la república!, una república que, a pesar de haberla prometido con toda la solemnidad pertinente, todos saben que nunca va a tener el coraje de declarar. Pero la valentía, lo hemos dicho muchas veces, es como la elegancia: se nace con ella. Y si la valentía no consiste sólo en saber cuándo hay que atacar, sino cuándo hay que retirarse, la elegancia no sólo consiste en saber cómo hay que vestirse, sino cómo hay que comportarse. Y tanto Torra como Colau, son buenos ejemplos de ello. No sólo no saben qué vestir cuando la ocasión lo exige, sino que además desconocen cómo hay que comportarse cuando la situación lo requiere. Como son dos patanes, consideran que la prenda que más les favorece es el lazo amarillo, un lazo que recuerda más a una soga que a una corbata, y que, a estas alturas de la película, como símbolo ya sólo representa la mentira, el hastío, la cobardía y la mediocridad. Por eso convendría que alguien le dijera a este dúo cómico que el plantón no sólo se lo han dado al rey Felipe VI, que presidía este foro empresarial. El plantón se lo han dado a todos los millones de desempleados que hay en España, ésos que buscan su primer empleo o quizá el último, que ponen sus esperanzas en los empresarios, pues saben que un país sin empresas es un país sin futuro, entre otras razones porque la historia les ha demostrado que una república donde sólo hay funcionarios, aunque tenga el color de la banana, no es la independencia soñada, sino la esclavitud ideal.

A partir de aquí, tampoco sería justo negar a Colau y Torra la presunción de inocencia. Pues cabe la posibilidad de que su ausencia estuviera justificada. Es decir: que ambos tuvieran un compromiso de mayor envergadura. Por ejemplo, ofrecer una recepción institucional a ese hombre de paz llamado Arnaldo Otegui. Ese que, en nombre de la dignidad y la memoria histórica, viene a Barcelona para que no olvidemos jamás la alianza entre el franquismo y la monarquía, mientras Ada Colau, igualmente comprometida con la dignidad y la memoria histórica, olvida a las veintiuna personas que los amigos de Otegui asesinaron en el Hipercor de su ciudad.

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