Carlos I: Retrato humano del último Emperador de Austria y Rey de Hungría.

En ocasión de cumplirse hoy el centenario de la firma entre los Aliados y Austria con la que, tristemente, se ponía fin al Imperio austrohúngaro, rescatamos este antiguo artículo escrito por Dativo Salvia Ocaña para Numen.

 

Que Dios guarde,

Que Dios proteja a nuestro Emperador y a nuestro país,

Que, fortificado por la Fe,

Nos conduzca de manera sabia;

Que la Corona de nuestros antepasados,

Nos defienda contra los enemigos,

Uniendo a la suerte de los Habsburgo

La suerte de la misma Austria”.

                                                  Fragmento del Himno Imperial “Gott Erhalte“.

Texto: Dativo F. Salvia y Ocaña. Viena, 30 de Noviembre de 1916, bajo un pálido cielo de otoño, casi velazqueño, un triste cortejo avanza contemplado por los ojos llorosos de miles de personas venidas de los cuatro rincones del Imperio de la Casa de Habsburgo. Un suntuoso coche fúnebre, tirado por ocho caballos negros se dirige por el centro de la ciudad, desde la Catedral de San Esteban hacia la Iglesia de los Capuchinos. Tras el coche, a pié, dos frágiles figuras enlutadas escoltan un pequeño Archiduque de bucles dorados, vestido de blanco inmaculado; sigue un grupo de príncipes centroeuropeos, vestidos con magníficos uniformes constelados de condecoraciones. Llegados a la puerta de la Iglesia, el Príncipe de Montenuovo, Gran Mariscal de la Corte Imperial y Real golpea la puerta cerrada y se inicia el diálogo tradicional:

-Quien es? Quien demanda entrar? -pregunta el padre guardián del Convento.

-Soy Francisco José, Emperador de Austria, Rey de Hungría. Bohemia, Dalmacia, Croacia, Eslavonia, Galitzia, Lodomeria e Iliria, Rey de Jerusalen. Archiduque de Austria, Gran Duque de Toscana y de Cracovia, Duque de Lorena, Bar, Salzburgo, Estiria, Caríntia, Carniola, Krajina y Bukovina, Gran Príncipe de Transilvania, Príncipe Soberano de Siebenbürgen, Margrave de Moravia, Duque de la Alta y la Baja Silesia, Módena, Plasencia, Guastalla, Auschwitz, Zator, Teschen, Friul, Ragusa y Zara, Conde de Habsburgo, Tirol, Kyburg, Goritzia y Gradisca, Príncipe de Trento y Brixen, Margrave de la Alta y la Baja Lusacia y de Istria, Conde de Hohenems, Feldkirch, Bregenz y Sonnenberg, Señor de Trieste y Cattaro, Gran Voivoda de Serbia.

-No le conocemos. Quien quiere entrar? -contesta el guardián.

-Su Majestad Francisco José, el Emperador y Rey.

– No le conocemos. Quien quiere entrar? -pregunta nuevamente el guardián tras el tercer llamado. Entonces, de rodillas y con la cabeza inclinada ante la puerta, contesta el Príncipe de Montenuovo:

-Soy Francisco José, un pobre pecador que implora la Misericordia de Dios…

-Puedes entrar –dice el padre guardián.

 

Al abrirse la puerta del Convento, el gran Francisco José, el Emperador del deber y del sacrificio, que presidió la última edad dorada de la Augusta Casa de Austria, que mantuvo hasta dos años antes una pax Habsburgica y un equilibrio admirable entre el mosaico de pueblos que formaban el Imperio, llegaba al final de su peregrinaje en la tierra y se reunía con el gran amor de la su vida, su esposa la Emperatriz Isabel, la inolvidable, encantadora, bellísima y extravagante Sissi. 

Francisco José dejaba una difícil herencia a su sucesor, su sobrino nieto Carlos, la frágil figura enlutada que presidia el cortejo fúnebre, acompañado de su esposa Zita de Parma y su hijo y heredero, el joven Archiduque Otto.

Con este artículo queremos rendir un humilde homenaje a la figura de este Soberano.

 

INFANCIA Y JUVENTUD

 Carlos Francisco José Luís Huberto Jorge Otto María de Austria, había nacido al lado del Danubio, el 17 de agosto de 1887 en el Castillo de Persenbeug, al norte de Viena. Era el  hijo mayor del Archiduque Otto y de la Archiduquesa María Josefa.

 

Otto, de 22 años, era el segundo hijo del Archiduque Carlos Luis, hermano del Emperador Francisco José, que se vió convertido en heredero de la Corona Imperial y Real, debido a trágicas circunstancias, y de la Princesa María Anunciada de las Dos Sicilias[1].

En efecto, dos años después del nacimiento de Carlos, en el año 1895, el Archiduque Heredero Rodolfo[2], único hijo varón de Francisco José y Sissi, se suicidaba en el pabellón de caza de Mayerling, cerca de Viena, junto a su amante la baronesa María Vetsera, sin dejar descendencia masculina. Carlos Luis era el segundo hermano de Francisco José, pero al haber muerto sin descendencia el primer hermano, el Emperador Maximiliano I de Méjico[3], quedaba así el abuelo de nuestro Carlos como heredero de la Corona, que después pasaría a su hijo mayor el Archiduque Francisco Fernando. Nos encontramos así el milenario Trono de los Habsburgo asegurado en la línea de Carlos Luís por al menos cuatro Archiduques, reforzados el año 1895 por el nacimiento del hermano de Carlos, el Archiduque Maximiliano. Mientras estos hechos acercaban la Corona a nuestro joven Archiduque, este pasaba una dulce infancia al lado de unos padres afectivos y atentos a sus hijos, pero formando un matrimonio completamente desunido.

El Archiduque Otto (1865-1906) era el “bello Otto”, despierto, inteligente y liberal oficial del ejército, perfecto caballero, centro de la brillante sociedad de la Viena de la Belle Epoque y  gran seductor. Sus amantes eran incontables y también sus escándalos[4], ocultados a la opinión pública por el afecto de su tío el Emperador. Su hijo Carlos le profesaba una auténtica devoción. Murió de sífilis en el año 1906, a los 41 años de edad, en brazos de su última amante.

Su esposa María Josefa (1867-1944)[5] fué una madre atenta y dulce, con firmes convicciones religiosas y dinásticas, que transmitió a sus hijos un elevado sentido del deber hacia la Iglesia y hacia los pueblos que Dios les había dado para gobernar. El Papa Benedicto XV la calificó de “ auténtica santa“.

Carlos creció bajo la influencia de estos dos seres tan diferentes. De carácter dócil, fiel, noble, quería adecuar el comportamiento al de su piadosa madre, pero intentaba comprender el carácter extravagante y libre de su padre. Fué educado espartanamente por su preceptor el capitán de caballería conde Georg Wallis-Karighmain[6], que había recibido instrucciones escritas por el Archiduque Otto antes de morir. La Familia residió en los sucesivos puestos militares ocupados por el Archiduque Otto: Brünn en Moravia; Praga en Bohemia y Sopron en Hungría[7]. En 1899, ingresó en la escuela benedictina vienesa Schottengymnasium (Escuela de los Escoceses) donde se hizo íntimo de dos futuros colaboradores: uno de sus compañeros, el conde Tamas Erdödy y un profesor, el conde Arthur Polzer-Hoditz. Aprendió francés, inglés, húngaro, serbo-croata y checo, y a los trece años visitó Hungría, Tirol,  Bucovina, Transilvania, Bosnia, Herzegovina y Dalmacia. Dos años después viajó por Francia, Suiza, Alemania e Inglaterra.

Acabados sus estudios a los 18 años, el Emperador lo hizo entrar en la Academia Imperial Militar de Viena. En aquellos  años de disciplina militar pasó por diversos cuarteles de los cuatro costados del Imperio, como Galitzia, Voivodina, Volinia y, finalmente, Praga. El comandamento de hombres de diferentes naciones, lenguas, costumbres y religiones, le enseñaron la rica diversidad del Imperio y la tutela que este ejercía sobre tanta diversidad de pueblos. El año 1905, instalado en el Castillo Real de Hradschin en Praga, se inscribió en la Universidad en cursos de derecho y ciencias políticas.

La muerte de su padre en 1906 lo hizo Heredero del Trono. En efecto, su tío el Archiduque Heredero Francisco Fernando, no estaba dispuesto a casarse con la mujer que el Emperador le escogiera[8]. El Archiduque se enamoró de una dama de honor de su madrastra la Archiduquesa María Teresa[9], la condesa Sofía Choteck de Chotkowa y Wogin[10]. Miembro de una antigua y noble familia bohemia, pero de rango muy inferior que el de los Habsburgo, por lo que su matrimonio seria morganático. En 1900 se celebró el matrimonio. Previamente, el Archiduque Francisco Fernando juró ante el Consejo Secreto, que ni su esposa sería Emperatriz ni sus hijos sucederían en el Trono. Sofía fue creada Princesa de Hohenberg en el momento del matrimonio; más tarde (1905) el Emperador le concedió el tratamiento de Alteza Serenísima y el título de Duquesa de Hohenberg, que heredarían sus descendientes[11]. De esta manera Carlos se convertía en segundo heredero de la Corona después de su tío.

El 17 agosto de 1907, al cumplir veinte años, el Archiduque ofreció una fiesta que significó el final de su formación y su entrada en el mundo oficial del Imperio. El Emperador le otorgó Casa propia, encabezada por el Príncipe Zdenko de Lobkowitz[12], que sera uno de sus más próximos y leales colaboradores, asistido por el conde Franz Ledebur-Wicheln.

En este momento Carlos es un joven de naturaleza modesta, inteligente y reflexiva, que aprendía con rapidez, de memoria infalible y práctica. De una bondad infinita, atento a sus subordinados, sencillo y simpático. Esta bondad podía trocarse en debilidad en un Soberano enfrentado con graves problemas, como los que el Archiduque habrá de afrontar; la indecisión y la influencia de los personajes de su entorno, ya manifestadas en aquellos momentos, son defectos de su carácter que no facilitaran su labor como Monarca. En los momentos de dolor o de graves problemas de estado, solo le consolaran y tranquilizaran su fe inmensa en la Misericordia de Dios, su piedad, herencia de su madre, y su sentido del humor, tan vienés, heredados del su padre.

 

MATRIMONIO

 En este importante momento de afirmación de su personalidad, Carlos encontró a la persona con la que compartiría la vida, que será el complemento ideal a su carácter, y que influirá en sus decisiones: la Princesa Zita de Parma.

Verano de 1909: Franzensbad es una de esas pequeñas ciudades de la Bohemia habsbúrgica donde la buena sociedad centroeuropea de principios del siglo XX acudía a tomar las aguas y a relacionarse. La Archiduquesa María Anunciada, tía de Carlos como hija del tercer matrimonio del Archiduque Carlos Luis, estaba pasando unas semanas de reposo. Carlos tenía en gran estima a su joven tía, tan solo diez años máyor, a la que había tratado con frecuencia, ya que el Archiduque comandaba la guarnición de Brandeis-del-Elba, cerca de Praga, ciudad donde residía la Archiduquesa[13]. María Anunciada estaba acompañada por su prima hermana la Princesa Zita de Parma, y de esta manera se inició la relación entre los dos jóvenes.

La Princesa Zita María de Gracia Adelgunda Micaela Rafaela Gabriela Josefina Antonia Luisa Inés, había nacido el 9 de mayo de 1892 en Vila delle Pianore, cerca de Viareggio, en el noroeste de Italia. Era la quinta hija (de los doce que tendría) de Roberto I, último Duque reinante de Parma e Infante de España, y de la Infanta María Antonia de Portugal, una de las famosas seis hijas del Rey Miguel I entre las que también se encontraba la abuelastra de Carlos, la Archiduquesa María Teresa[14]. Roberto I tenia una numerosa familia ya que de su primera esposa la Princesa María Pía de les Dos Sicilias[15] había tenido también doce hijos, lo que hacía un total de veinticuatro Infantes de Parma.

Entre estos numerosos hermanos de Zita podemos destacar a  la mayor María Luisa (1870-1899), esposa del Zar Fernando I de Bulgaria, abuela del actual Rey Simeón II; Elías I (1880-1959) Duque de Parma y padre de la Infanta Alicia, actual Duquesa viuda de Calabria; el Príncipe Sixto (1886-1934), del que ya se hablará; Francisco Javier (1889-1977) Duque de Parma y regente del tradicionalismo español; Félix (1893-1970) esposo de la Gran Duquesa Carlota I de Luxemburgo y abuelo del actual Gran Duque Enrique I; el Príncipe Renato (1894-1962) casado con la Princesa Margarita de Dinamarca y padre de la Reina Ana de Rumanía; y el Príncipe Luis (1899-1967) casado con la Princesa María de Saboya, hermana del último Rey de Italia.

Zita y sus numerosos hermanos habían sido educados en dos principios inamovibles: una intensa fe Católica y un elevado sentido del deber dinástico. El Catolicismo de la familia era tradicional y conservador, con la caridad como primer mandamiento. La familia donaba el 10% de sus rentas a instituciones de caridad, y la Duquesa María Antonia acostumbró a sus hijos a vestir de manera modesta, a ser humildes con los demás y a realizar servicios a pobres y enfermos de manera habitual. Su fe estaba también influida por el estilo tradicionalista de muchos del sus familiares más influyentes, líderes del legitimismo europeo.

En efecto, el padre de la Duquesa de Parma, Miguel I[16], había disputado y perdido la Corona de Portugal a su sobrina la Reina María II, apoyada por los liberales (como ocurría en la España de Isabel II y los Carlistas). Pasó su exilio en el castillo de Seebenstein en Austria y su viuda ingresó en un convento de benedictinas en la isla de Wigth[17].

El Duque Roberto I era hijo de la Princesa Luisa de Francia, hermana del Conde de Chambord, el Rey Enrique V de Francia para los legitimistas. Fallecida Luisa en 1864, los Parma  fueron educados por su tío. Muerto a su vez sin descendencia en 1883, dejó todos sus bienes a los Parma, incluidos el magnífico castillo y parque de Chambord, en Francia, y el castillo de Froshdorf en Bohemia.

Por último, la hermana del Duque de Parma, la Princesa Margarita, era la esposa del pretendiente carlista a la Corona de España, Carlos VII. El mismo Duque Roberto participó en la III Guerra Carlista luchando al lado de su cuñado.

Un estricto catolicismo no significaba una mentalidad cerrada o triste, al contrario, los jóvenes infantes vivieron un ambiente feliz y libre, con unos padres atentos que ejercerían una gran influencia en la personalidad de sus hijos y nietos. Una educación políglota, ya que todos hablaban francés, español, italiano, alemán, inglés y portugués; e internacional[18], ya que durante el año pasaban unos meses en cada una de sus residencias: de enero a julio residían en la Vila delle Pianore, cerca de Viareggio y Lucca; de julio a diciembre se trasladaban a su castillo de Schwarzau, en Estíria, Austria, muy cerca del castillo de Wartholz en Reichenau, residencia de la Archiduquesa María Josefa, madre del Archiduque Carlos. Zita era una joven inteligente y despierta, atenta a todos los incentivos que la su familia le proporcionaba.

En enero de 1911 la Princesa Zita celebró su puesta de largo con un baile de Corte en el Hofburg de Viena y nuestro Archiduque bailó con ella en varias ocasiones. El 13 de junio del mismo año se anunciaba el compromiso matrimonial en la Vila delle Pianore. Unos días después Carlos cumplió su primera  representación oficial fuera del Imperio: la Coronación del Rey Jorge V de Gran Bretaña en Londres, pasando primero por Bruselas para saludar a los Reyes Alberto e Isabel.

La ceremonia de enlace[19] se celebró el 21 de octubre de 1911 en el castillo de los Parma en Schwarzau. Los numerosos miembros de la familia invitados estaban encabezados por el anciano Emperador Francisco José I, muy contento por este matrimonio. También asistió el Rey Federico Augusto III de Sajonia[20] y el Príncipe Heredero Jorge, y buena parte de los Habsburgo, Parma, Braganza, Borbones carlistas, Dos Sicilias, Toscana, Módena, Baviera, Liechtenstein, Coburgo, Luxemburgo, Löwenstein, Thurn und Taxis, Schwarzenberg, etc. Los novios pasaron su viaje de bodas en la costa dálmata y visitaron el santuario de la Virgen de Mariazell, patrona de Austria y Hungría.

Se instalaron en el castillo de Brandeis, cerca de Praga, donde el Archiduque comandaba el 7º Regimiento de Dragones de Lorena. La nueva Archiduquesa realizaba visitas oficiales por la zona y recibía clases de les lenguas del Imperio: checo, húngaro, eslovaco, esloveno, serbo-croata y polaco.

El 19 de noviembre de 1912 en el castillo de Wartholz, nacía el primer hijo de la pareja, el Archiduque Otto, que fue apadrinado por el Emperador. A los pocos meses el matrimonio se instaló en el castillo de Hetzendorf cerca de Viena.

 

Zita era la primera dama del Imperio, dado que la esposa del Archiduque Heredero Francisco Fernando no podía asistir a actos oficiales. Las relaciones del matrimonio con Francisco Fernando y su esposa eren excelentes; el Archiduque Heredero era quien informaba y discutía con Carlos sobre los problemas del Imperio, ya que el Emperador se mostraba tan hermético como siempre en este sentido. Con su experiencia militar y con las conversaciones con su tío, Carlos se hizo una buena idea del funcionamiento de los estados y de las tensiones que se manifestaron en ellos en los últimos años (ambos se mostraban partidarios de una federación de estados en el Imperio). Tensiones provocadas por elementos deseosos de más poder para sus naciones; la única nación del Imperio que poseía parlamento propio era Hungría, que se negaba a que las otras lo tuvieran. El Imperio estaba en un momento de máximo crecimiento económico y de prestigio cultural[21]. Tantas naciones, lenguas y culturas viviendo en paz bajo las alas de la Dinastía, habían dado lugar a un esplendor cultural inigualable en Centroeuropa desde el siglo XVIII. La pensadora liberal Bertha Szeps-Zukerkandl escribía: “bajo este régimen existía la libertad indispensable para el desarrollo de las personalidades más complejas. Tipos geniales que no tenían otra ley que la suya propia, llevaban una existencia que no solamente no se prohibía, sino que se favorecía y protegía“.

El 28 de junio de 1914 la pareja se encontraba con la madre de Carlos en el castillo de Wartholz cuando les llegó un telegrama en el que se les comunicaba el asesinato del Archiduque Francisco Fernando y de su esposa en Sarajevo. Zita explicaba sobre aquel momento: “fué uno de los momentos más terribles de mi vida, nos quedamos simplemente anonadados“. Carlos y Zita se convertían en los herederos directos de Francisco José I.

Un mes después, el 28 de julio de 1914,  Austria declaraba la guerra a Serbia, país que se encontraba detrás del asesinato  y de los grupos terroristas y de presión nacionalista de la parte eslava del Imperio (Bosnia, Herzegovina, Croacia, Eslovenia). El 12 de agosto la Triple Entente (Gran Bretaña, Francia y Rusia) estaba en guerra con el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Alemán. No es objeto del presente artículo un análisis del desarrollo político-militar de la Gran Guerra. Con motivo del inicio de la guerra, el Archiduque Heredero decía: “me siento oficial del ejército en cuerpo y alma, pero no puedo comprender el entusiasmo de las gentes al ver partir a sus familiares a la guerra”.

 

EMPERADOR Y REY

 Dos años y medio después del asesinato de Sarajevo, el 21 de noviembre de 1916, el Emperador Francisco José moría en Viena y la joven pareja Imperial presidía el funeral que hemos descrito al iniciar este relato. Sobre aquel momento comentaba Zita: “ al salir de la cámara del Emperador, el Camarlengo Príncipe de Lobkowitz, con lágrimas en los ojos, rodilla en tierra y besando la mano de Carlos, le dijo: “que Dios bendiga a Vuestra Majestad”; era la primera vez que alguien se dirigía a él de esa manera“.

Los nuevos Soberanos tenían ante si el gran reto de devolver la paz a sus naciones, acabando con la guerra lo antes posible. En su primer mensaje a sus pueblos, el nuevo Emperador Carlos I anunciaba: “Quiero ser un Soberano justo, manteniendo las libertades constitucionales y todos los derechos, y velaré por la igualdad de todos ante la ley. Haré todo lo que esté en mi mano para desterrar los horrores y los sacrificios de la guerra y para devolver a mis pueblos las tristemente perdidas bendiciones de la paz“, esta última intención será prácticamente imposible. El historiador británico Gordon Brook-Sheperd ha resumido las intenciones del Emperador: “Carlos tenía necesidad de reformas para imponer la paz, y tenía necesidad de paz para imponer reformas. El problema era insoluble[22]. En los primeros meses de su gobierno, Carlos tuvo que cuatro primeros ministros que formaron gobiernos: el conde Karl de Stürghk, que fue asesinado; Ernest von Koerber, Alexander von Spitzmüller, el conde Enrique de Clam-Martinicz y Ernest von Seidler. Aunque la política austriaca estaba dominada por el ministro de Exteriores, conde Ottokar Czernin de Chudenitz[23] (1872-1932). Los miembros del partido socialista se negaron a colaborar en el esfuerzo de guerra, aunque formaban parte del parlamento.

El 30 de diciembre de 1916 se celebró con esplendor la última gran ceremonia de la secular Monarquía Habsbúrgica, la Coronación de Carlos y Zita en la Catedral de San Matías de Budapest, como Reyes Apostólicos de Hungría, acompañados de su hijo mayor Otto. La cabeza del nuevo Rey Carlos IV fue primero ungida con el santo óleo que convertía su oficio de Rey en un verdadero sacerdocio y después fue ceñido con la sagrada Corona del Rey San Esteban, regalada por el Papa Silvestre II en el año de 1001. Ante la Catedral, en una montaña artificial elevada con tierra de todo el Reino, el Rey Carlos montado en un caballo blanco y elevando su mirada al cielo, juraba, espada en mano, defender aquellas tierras y a su pueblo.

 

Vueltos a la triste normalidad de la guerra, los Soberanos se pusieron a trabajar para llegar a la paz. El objetivo de Carlos era salvar el máximo de hombres posibles, revisando todas y cada una de las operaciones militares. Carlos y Zita se centraron en esta meta y desproveyeron la Corte de todo el ceremonial innecesario en aquel momento de crisis. El ministro Príncipe Luis de Windisch-Graetz comenta en sus memorias: “el Emperador era enemigo de todo ceremonial, y me era necesaria una gran concentración para no utilizar involuntariamente el lenguaje familiar al que nos incitaba el tono que el Emperador daba a nuestras entrevistas oficiales y en nuestro trato de amistad[24].

Buscar la paz no significaba abandonar a los soldados que luchaban, por lo que el Emperador se trasladaba continuamente al frente para estar al lado de sus hombres, con frecuencia en compañía de su cuñado el Príncipe Félix de Parma y de algunos archiduques.

En 1917, en el momento de la reapertura de las sesiones parlamentarias, Carlos comenzó a promover su proyecto federalista, insistiendo sobre todo en dar a Bohemia el mismo rango que Hungría como reino asociado. La mayor parte de los políticos austriacos y húngaros de opusieron. Las reformas sociales tampoco se hicieron esperar: la doble Monarquía fue el primer estado en crear un ministerio de la Salud. El 2 de julio de 1917 el Emperador decretó una generosa amnistía.

 

Las negociaciones para llegar a la paz fueron arduas. Carlos no se entendía con su aliado el Emperador alemán Guillermo II, pero tampoco con su propio gobierno. Ante esta situación Carlos y Zita decidieron iniciar negociaciones secretas de paz por separado con los aliados. Estas negociaciones se confiaron al hermano de la Emperatriz, el Príncipe Sixto de Parma, oficial del ejército belga. El Príncipe recibió el apoyo secreto del presidente francés Raymond Poincaré y del gobierno británico, pero las condiciones de Francia y de Italia eran imposibles. Francia, animada por la victoria de Verdun reclamaba Alsacia y Lorena, algo que Alemania se negaría a ceder; Italia quería compensaciones territoriales excesivas para el Imperio, como eran el Tirol Sur y la zona de Trieste. Fracasada esta negociación, el Emperador lo intentó por medio de sus primos el Rey Alfonso XIII de España y la Reina Isabel de Bélgica, y del Papa Pío X, que tampoco fueron atendidos por los gobiernos aliados. El gobierno francés dio a conocer las negociaciones secretas, con lo que puso en grave compromiso al Emperador, ya que las había realizado sin el conocimiento de su gobierno.

¿Qué motivos impedían esta paz por separado? Dos factores determinantes: primero, el mismo gobierno belicista austríaco y sobre todo su ministro de Asuntos Exteriores, conde Ottokar Czernin, estaban en contra. Segundo, el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, pese a su buena voluntad, pero desconocedor absoluto de la realidad europea en general y de la complejidad del Imperio en particular, había elaborado sus famosos 14 puntos, uno de los cuales demandaba la autonomía de los pueblos del Imperio austro-húngaro. El Emperador, como se ha dicho, era partidario de la federación, pero nada de eso se tuvo en cuenta. Los gobiernos aliados, sobre todo el británico de Lloyd George y el francés de Clemenceau, en vistas a sus intereses nacionales, atendían sin grandes problemas a los líderes anti-habsbúrgicos de Bohemia, como Tamas Masaryk y Edward Benes[25], y de otros pueblos del Imperio, que habían organizado un congreso de “pueblos oprimidos de Austria-Hungría” para llegar al poder; era lo que el prestigioso historiador François Fetjo definió como “festival de los austrofobos[26].  En el interior del país, las derrotas del ejército eran aprovechadas por los líderes socialistas como Viktor Adler, para  fustigar el prestigio de la Casa Imperial, incluidas calumnias contra la virtuosa Emperatriz a la que llamaban “la italiana” o “la francesa“, en recuerdo del mote “austriaca” que daban los revolucionarios a la infortunada Reina María Antonieta de Francia.

En octubre de 1918  el Emperador, a través del nuevo Primer Ministro, Max von Hussarek, propuso al Parlamento el reconocimiento de la autonomía de los territorios del Imperio. Era una reforma que llegaba tarde y que fue recibida como un signo de debilitamiento de la Monarquía. A finales de mes se declaraban independientes[27] las regiones de Eslovenia, Bosnia-Herzegovina, Croacia, Dalmacia, Bohemia, Moravia y Eslovaquia. Hungría se declaraba independiente pero aceptaba, por el momento, la autoridad de su Rey Carlos IV. Unos días más tarde, el 11 de noviembre de 1918 era declarado el armisticio y el Consejo de Estado austriaco proclamaba la república, incluidos los votos de los cristiano-sociales presididos por el Príncipe-Arzobispo de Viena, Cardenal Piffl. Sin haber consultado a la población, ya que la Dinastía continuaba siendo muy popular, el diario socialista Arbeitezeitung lamentaba que “Austria es una república sin republicanos”.

El canciller imperial Heinrich Lammasch presentó al Emperador un documento de abdicación que el Soberano no aceptó: “un Soberano no puede abdicar nunca, puede ser depuesto por la fuerza (…) aunque nos mataran a todos los (Archiduques) que aquí nos hallamos, habrían todavía muchos otros Habsburgo“. En un documento final, el Emperador renunciaba temporalmente al ejercicio de la Soberanía Real: “(…) lleno, hoy como ayer, de infinita devoción hacia mis pueblos, no quiero oponer mi persona a su crecimiento (…)“. El Emperador tenía solo 31 años.

La Familia Imperial abandonó Schönbrunn y se instaló en el castillo de Eckartsau, cerca de la capital. Era un castillo deshabitado con cámaras grandes, frías y poco confortables; la humedad del cercano Danubio lo invadía todo. El nuevo gobierno impedía toda comunicación de la Familia con el exterior y, en el castillo escaseaba la comida y el carbón; el Emperador y sus hijos enfermaron. En este momento los Soberanos tienen ya cuatro hijos más después del Archiduque Heredero Otto: Adelaida, nacida en 1914,  Roberto en 1915, Felix en 1916 y Carlos Luis en 1918.

Visitan el castillo delegados de Hungría que exigen la abdicación en nombre del nuevo presidente de la república, conde Mihàly Kàrolyi de Nagy-Kàrolyi; y también delegados del nuevo canciller socialista austriaco Karl Rehner que solicitan la salida del país de la Familia Imperial. La progresiva radicalización de estas exigencias, y de la vida y la política austriaca, ponía en peligro la seguridad de la Familia; por lo que el Rey Jorge V de Inglaterra[28] envió un oficial de su confianza, para que actuase como escolta de la Familia hasta que se decidiera su destino. Era el Hon. Edward Lisle-Strutt, católico nieto de lord Belper, que hablaba alemán y demostraría una admirable fidelidad a la Familia Imperial. Una votación del parlamento ordenó finalmente la detención de la Familia si no salían del país en 24 horas. Se hizo efectivo el 23 de marzo de 1919. Los Soberanos, acompañados por las Archiduquesas María Josefa y María Teresa, madre y abuelastra del Emperador, el ayudante de campo de Carlos, conde Ledochowsky, las damas de Zita, condesa Ernestina Bellegarde y condesa Inés de Schönborn-Weisentheid y la gobernanta de los Archiduques, condesa Therèse de Kerssenbrock, tras una misa en el castillo, tomaron un tren hacia la frontera suiza. Explicaba el coronel Lisle-Strutt que las palabras del Emperador al salir del país fueron: “después de setecientos años (…)

 

EXILIO

La Familia Imperial encontró refugio en el castillo de Wartegg, a las orillas del maravilloso lago de Constanza[29], cerca de la Abadía de Saint Gall, propiedad de los Parma, donde residía la Duquesa María Antonia,. Una semana después se instalaron en la espaciosa villa de Prangins, a la  orilla del lago Lemman. En este lugar nacerían los Archiduques Rodolfo en 1919 y Carlota en 1921.

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A las pocas semanas de instalarse en Suiza, llegó la noticia de la aprobación de las leyes “anti-Habsburgo” en  Austria y en otros estados de la Casa. Se confiscaron todos los bienes muebles e inmuebles de la Familia sin posibilidad de compensación, se impedía la entrada en Austria de los miembros de la Familia que no hubiesen jurado fidelidad a la república y se prohibía la utilización de títulos y tratamientos imperiales y nobiliarios, bajo pena de multa o prisión. Esta ley injusta, está todavía en vigor en pleno siglo XXI; el tema de los tratamientos está suavizado en la práctica por la cortesía tradicional del pueblo austriaco, que no la de sus gobernantes.

Pero en Hungría, la situación era muy diferente: el gobierno del conde Kàrolyi fue sustituido, después de un golpe de estado, por un régimen ferozmente marxista liderado por el oscuro periodista Béla Kun[30] y financiado por Moscú. Al cabo de unos meses de auténtico terror represivo, un nuevo golpe de estado situaba en el poder a sectores conservadores que elevaron a la presidencia al monárquico y antiguo ayuda de campo de Francisco José, almirante Miklós Horty, en marzo de 1920.

A inicios del año siguiente, ante las miles de cartas recibidas de Hungría, de la insistencia de políticos y miembros de la nobleza y, sobre todo, la aceptación secreta de varias potencias[31], el Emperador comenzó a considerar la posibilidad de un retorno al Reino magiar. El 25 de marzo de 1921, jueves santo, el Emperador con pasaporte falso, acompañado del Príncipe Luis de Windisch-Graetz[32] y de Alexander von Spitzmüller, llegó a Viena donde les esperaba su amigo conde Thomas Erdödy,  que le acompañó en tren hacia Hungría. Al tener noticia de ello, el Primer Ministro conde Pàl Teleki de Szek, se entrevistó con el Rey y se puso a su disposición, acompañándolo a Budapest a visitar al regente Horthy. Sorprendentemente, Horthy, al mismo tiempo que mostraba teatrales expresiones de lealtad, se negó a abandonar el poder alegando posibles problemas con las potencias dominantes en los tratados de Versalles: Gran Bretaña, Francia, Italia y Estados Unidos. El noble Rey que no conocía la traición, ante la disyuntiva entre mantener su posición o de provocar algún conflicto al país, se vio impotente y salió del Reino al cabo de dos días, aclamado por las multitudes enteradas de su presencia. Un joven sacerdote monárquico escribía: “si yo tuviera poder, el Rey no estaría abandonando el país como un perro opalizado, sino que marcharía en triunfo hacia donde debería estar: al Palacio Real de Buda“; este sacerdote era Jozsef Pehm, y sería mundialmente conocido como Cardenal Mindszenty[33].

La aventura húngara cayó fatal entre las potencias, en Austria, en los nuevos estados surgidos de la desaparición del Imperio, e incluso en Suiza, que prohíbe toda actividad política al Soberano, sometido a estricta vigilancia.

Pero Carlos y Zita no se dan por vencidos. La cálida recepción del pueblo húngaro y de buena parte de sus autoridades les convencen de volverlo a intentar. Entrando en contacto con importantes oficiales del ejército como el general barón Anton Lehár[34] y el mayor Gyula Ostenburg, preparan una acción militar para obligar al regente a abandonar su cargo. El 20 de octubre de 1921 Carlos y Zita vuelan desde Zurich hasta la finca del conde Cziráky, cerca del santuario de Szombathely, donde se reúnen con fieles como el conde Gyula Andrássy, el conde Antal Sigray y el conde Laszlo Almàssy[35] . Los Reyes toman un tren y se dirigen a Budapest mientras todos los regimientos del ejército encontrados en el camino y los ayuntamientos, apoyan a los Soberanos; toda Hungría occidental se pone al lado de su Rey. El presidente de la asamblea nacional barón Istvan Rakovsky, forma un gobierno provisional. Pero a las puertas de Budapest, la guardia armada del regente impide el paso del tren real. Carlos no quiere que ni una gota de sangre se derrame por su causa y se inician conversaciones. Ganando algo de tiempo, el regente reúne regimientos leales a su persona y comienzan a bombardear el tren, mientras también comunica su protesta a los países aliados y a las potencias (ni tan solo el Arzobispo de Buda, Cardenal Csernoch, apoyó a su Rey). La conferencia de embajadores de París pide al gobierno del regente que les entregue al Rey Carlos. Los Soberanos son hechos prisioneros y trasladados a la Abadía de Tihany, cerca del lago Balaton. Después pasan al sur del país donde en un barco británico navegan por el Danubio hasta el Mar Negro, donde se les une el conde Hunyàdy, para servirles de acompañantes. En Rumanía embarcan en el crucero británico HMS Cardiff, con destino desconocido.

 

MADEIRA

 El exilio decidido por las potencias, es la alejada isla portuguesa de Madeira en medio del Atlántico; llegan a Funchal el 19 de noviembre de 1921. No se ha tenido ninguna consideración por la situación material de los Soberanos, que se encuentran sin recursos. Además, los pequeños Archiduques han quedado en Suiza a cuidado de la Duquesa viuda de Parma. La Emperatriz es autorizada a ir a recogerlos, uno de ellos, Roberto, está gravemente enfermo. Pasando por España, el Rey Alfonso XIII se pone a su disposición y le proporciona escolta hasta la frontera, tratándola como una Soberana reinante. Al regresar a España con los pequeños Archiduques y la Archiduquesa María Teresa, los Reyes Alfonso y Victoria Eugenia los ofrecen unos días de descanso y ayuda material.

Con toda la Familia reunida en Madeira, un rico portugués ofrece su casa de verano situada en el pueblo de Monte. Una casa situada en la parte más montañosa, brumosa, húmeda y fría de la isla, acondicionada para los veraneos, con terrazas y ventanas, pero con pocas chimeneas, sin instalación eléctrica. La Familia lo acepta todo con buen humor, dando gracias a Dios por estar juntos. Miembros de la nobleza imperial se instalan en el pueblo para asistir a la Familia, las condesas Victoria Mensdorff-Poully y Thèrese Kerssenbrock, el conde Heinrich von Degenfeld-Schönburg y el conde Joszef Kàrolyi. Algunos recursos llegan de familias de la nobleza de todo el Imperio, de los Parma, los Luxemburgo y de la Corte de Madrid. El Emperador se encarga de dar clases a sus hijos, a quienes habla en alemán, húngaro y francés, y pasea frecuentemente por toda la isla saludando y charlando con todos, con su portugués rudimentario.

Pero esta humilde felicidad durará poco: el 14 de marzo de 1922 el Emperador se constipa y pocos días después se le declara una neumonía, su estado se agrava rápidamente. El 27 de marzo el Soberano recibe la extremaunción con una serenidad ejemplar, de manos del padre Pal Zsámboki. La Emperatriz no se aparta de su lado día y noche. Carlos ve acercarse la muerte con un gran ánimo, nada turba su tranquilidad espiritual. Aconseja a la Emperatriz sobre la educación del joven Heredero Otto y ruega por la felicidad de sus pueblos, que se internan en el periodo más oscura de su ilustre Historia. El 1 de abril de 1922, a las 12:23 el Emperador y Rey entrega su alma al Creador, con la palabra “Jesús” en los labios, rodeado de la su Familia y apoyando la cabeza en la su amante esposa y Reina. Sus últimas palabras son para ella: “ich hab’ dich so lieb (te quiero tanto …)“. Tiene 35 años. La nueva Emperatriz Viuda (desde aquel día vestirá de negro), con gran serenidad se inclina en profunda genuflexión y besa la mano de su hijo de 10 años el nuevo Emperador y Rey Otto I, gesto imitado por la Familia y la pequeña Corte. Otto escribía sobre la muerte de su padre: “Su muerte me demostró que no conoceremos el fracaso si podemos tener la conciencia tranquila“.

 

El 5 de abril a les 5 de la tarde, Carlos es llevado en un sencillo carromato de madera tirado por sus sirvientes austriacos y por campesinos de la isla, y enterrado en la Iglesia de Nuestra Señora do Monte en una humilde caja de abeto.[36] Más de 30 mil personas asisten al funeral. Para todos los habitantes de la isla, el valor y la serenidad ante la desgracia de este Monarca, su alegre bondad, la sencillez de su trato, su sincera y fervorosa piedad, su muerte admirable, hacen de  Carlos un verdadero Santo. La tumba de Carlos se convertirá en un lugar de peregrinaciones.

La Emperatriz y sus hijos se trasladaron a residir a España donde el generoso Rey Alfonso XIII les ofrece asilo. En primer lugar residien en el Palacio Real de El Pardo, a las afueras de la capital, donde nace el 31 de mayo de 1922 la hija póstuma de Carlos, la Archiduquesa Isabel [37]. Más tarde residieron en una villa en Lequeitio, en la provincia de Vizcaya. La azarosa vida de la Emperatriz Zita y sus hijos merecen sendos y prolijos artículos.

 

EL PROCESO DE BEATIFICACIÓN

En 1925 una Liga de plegarias, creada anteriormente en Austria en favor de la paz entre los pueblos, puso su acento en dar a conocer la santidad de la vida y muerte del Emperador. Recibió la aprobación eclesiástica e inició los trámites para obtener la apertura de su causa de beatificación. En 1938 la Liga tenía ya 25 mil miembros en todo el mundo y fue prohibida por las nuevas autoridades tras el Anschluss[38]. Reconstituida en 1947, dos años más tarde el Papa Pío XII ordena el 3 de noviembre de 1949 la apertura oficial del proceso de beatificación y canonización del “Servidor de Dios Carlos, de la Casa de Austria, Emperador de Austria y Rey de Hungría (…) imagen de Soberano consciente de sus responsabilidades y moderno, como esposo y padre de familia católica (…)“. Se inició de esta manera la laboriosa investigación con encuestas y entrevistas a cerca de cien personas, en las diócesis de Viena, Luxemburgo, Nueva York, Friburgo, Paris, Le Mans y Funchal. El dossier quedó terminado a inicio de los años 60, pero permaneció más diez años sin ser cursado. En los años 80 y 90 las comisiones de historiadores y teólogos dieron a conocer sus conclusiones del todo favorables a la beatificación.

El Papa Juan Pablo II a lo largo de su pontificado había proclamado cientos de santos y beatos. Pero antes de terminar su ejemplar vida de servicio, quiso rendir homenaje al Soberano de su padre, a la persona por quien el Pontífice llevaba el nombre de Karol (Carlos en polaco): el Emperador Carlos, soberano de Galitzia, región oriunda de la familia Wojtyla[39]. El Papa en una audiencia a la Familia Imperial en los años 80, recibió a la Emperatriz Zita con estas palabras: “soy muy feliz de de saludar a la Soberana de mi padre“. El 12 de abril de 2003 Juan Pablo II publicaba un decreto proclamando la heroicidad de las virtudes del Emperador: “era un hombre de una gran integridad moral y de una sólida Fe, que buscó siempre lo mejor para sus pueblos, y en sus actos de gobierno, aplicó la doctrina social de la Iglesia (…)“. Pero para acceder a la condición de beato, era necesario un milagro. En 1960 una religiosa polaca residente en Brasil, sor María Zita Gradowska, había sido curada de una grave enfermedad que la invalidaba, tras rezar fervorosamente al Emperador. El informe quedaba así cerrado con 2800 páginas.

El 3 de octubre de 2004 en la plaza de San Pedro del Vaticano, S.S. el Papa Juan Pablo II proclamaba Beato al Emperador Carlos por tres motivos: por sus esfuerzos en busca de la paz, por sus medidas sociales y por su piedad personal. Asistieron con un entusiasmo y una emoción incontenibles, miles de personas de todos los rincones del antiguo Imperio y otros simpatizantes de la Casa de Austria[40]. Lógica emoción de su gran familia: sus hijos todavía vivos los Archiduques Otto, Carlos Luis, Félix y Rodolfo y sus decenas de nietos, biznietos y tataranietos. También asistieron representantes diplomáticos y miembros de las casas reales Católicas de España, Bélgica, Luxemburgo, Liechtenstein, Portugal, Brasil, Francia, Italia, Dos Sicílias, Parma, Wurttemberg, Sajonia, Baviera, Hohenzollern y otras como Bulgaria, Reuss, Baden, Hesse, y la mayoría de las grandes casas de la nobleza del Imperio como los Schwarzenberg, Thurn y Taxis, Starhemberg, Aremberg, Trautmansdorff, Konnigsegg, Windisch-Graetz, Schönborn, Kinsky, Lobkowicz, Palfy, Esterhàzy, Zichy, Colloredo, etc.

 

 

Escribía la Archiduquesa Alejandra, nieta del nuevo Beato e hija del Archiduque Carlos Luis en aquellos días de la beatificación:  “Su misma vida espiritual presenta varias facetas que iluminan el mundo de hoy: la del político dispuesto a dar hasta su vida por cumplir su deber Cristiano hasta el fin y sin claudicaciones; la del esposo ejemplar; la del padre y jefe de familia alegre, cariñoso e intensamente dedicado al bien, sobre todo espiritual, de sus hijos; su amor a Dios y a la Santísima Virgen, su disposición a aceptar la Cruz y su amorosa y confiada entrega a la voluntad de divina“.

 

Como conclusión de este artículo de homenaje, estas palabras del Archiduque Otto: “Buscó la paz y tuvo que hacer la guerra, buscó la unidad y asistió a la destrucción de un Imperio multicultural, muchas personas lo traicionaron (…) ; pero cuando contemplé su muerte supe que su vida había sido útil“.

AEIOU “Austria Est Imperare Orbi Universo” (Austria esta llamada a gobernar el Universo) la célebre divisa de la Casa de Habsburgo ideada por Federico III, ha quedado superada y elevada por la autoridad moral y por el ejemplo de un Soberano admirable que Impera sobre los corazones de las personas de buena voluntad y que vela por sus pueblos y por su numerosa Familia desde la cercanía del Salvador para toda la Eternidad …


BIBLIOGRAFIA:

 

BALANSÓ, Juan, Zita la Emperatriz de luto. Revista Historia y Vida, Extra nº64 Los Habsburgo. Ed. Historia y Vida, Barcelona 1990.

 

BECHÉE, Arturo E., The Gotha, still a continental Royal Family. Vol. I. Kensington House Books and Eurohistory.com, Berkeley, USA 2009

 

DUGAST-ROUILLÉ, Michel,  Charles de Habsbourg. Le dernier Empereur. Ed. Racine, Bruselas 2003.

 

FEIGL, Erich, Kaiserin Zita. Ed. Amalthea Verlag, Viena 1989.

 

FETJO, François; Requiem por un Imperio difunto. Biblioteca Mondadori, Madrid 1990.

 

MITTERRAND, Frédéric; Les Aigles foudroyés. Ed. Robert Laffont, Paris 1997.

 

PÉREZ-MAURA; Ramon; Del Imperio a la Unión Europea, la huella de Otto de Habsburgo en el siglo XX; Ediciones Rialp S.A. Madrid 1997.

 

SÉVILLA, Jean; Zita, Impératrice courage. Ed. Perrin, Paris 1997

 

SÉVILLA, Jean; Le dernier Empereur. Charles d’Autriche (1887-1922). Ed. Perrin, Paris 2009.

 

TAYLOR, A.J.P, La Monarquia de los Habsburgo 1809-1918. Ed. Argos Vergara, Barcelona 1983.

 

VALYNSEELE, Joseph; Los pretendientes a los Tronos de Europa. Luis de Caralt Editor, Barcelona 1969.

 

WINDISCH-GRAETZ, Príncipe Luis de; Héroes y bribones. Historia universal vivida (1899-1964). E. Plaza y Janés, Barcelona 1969.

 

WEBGRAFIA

 

http://emperorcharles.org/Spagnolo/index.shtml

http://www.angelfire.com/realm/gotha/gotha/austria.html

http://otto.twschwarzer.de/

 

PIES DE FOTO.

[1]              María Anunciada era hija del Rey Fernando II de les Dos Sicílias y de la Archiduquesa María Teresa de Austria-Teschen (tía carnal de nuestra Reina Regente María Cristina). Había fallecido el año 1871 después de ser madre de los Archiduques Francisco Fernando, Otto, Fernando Carlos y Margarita Sofia.   

[2]              El Archiduque Rodolfo había casado el año 1881 con la Princesa Estefanía de Bélgica (1864-1945) hija del Rey Leopoldo II y de la Archiduquesa María Enriqueta de Austria. El matrimonio había tenido una hija, Isabel (1883-1963), que se casaría con el Príncipe Otto de Windisch-Graetz (1873-1952); pero debido a que el Archiduque había contagiado una dolencia venérea a su  esposa, esta quedó estéril. Estefanía casó en 1900 en segundas nupcias con el Príncipe húngaro Elmer Lónyáy de Nágy-Lónya (1893-1946).

[3]              Maximiliano (1832-1867) había sido escogido Emperador de Méjico en 1864; tres años después fué destronado y fusilado en Querétaro. Su esposa Carlota de Bélgica, hija de Leopoldo I, murió habiendo perdido la razón, 50 años más tarde.

[4]              Uno de los mayores escándalos que protagonizó fue cuando es presentó en el famoso Hotel Sacher de Viena, con una copa de más y vestido únicamente con su sable y el képi reglamentario en la cabeza.

[5]              Era hija del Rey Jorge I de Sajonia y de la Infanta María Ana de Portugal, hija de la Reina María II.

[6]              Asistido por el barón Mattencloit.

[7]              En Viena, la familia residía en el palacio del Archiduque Carlos Luis. Poseían el Castillo de Persenbeug, al norte de Viena y la villa Wartholz en Reichenau, a unos 100 km. al sur de la misma.

[8]              El Estatuto de la Familia Imperial, fue dictado en 1839 y limitaba el matrimonio de los archiduques a princesas de casas soberanas , mediatizadas o con 16 cuarteles de nobleza.

[9]              Tercera esposa del Archiduque Carlos Luis, con quien se casó en 1873, de quien hubo dos hijas, María Anunciada e Isabel; esta última será la madre del Príncipe Francisco José II de Liechtenstein. María Teresa era una de les seis famosas hijas del Rey Miguel I de Portugal y de la Princesa Adelaida de Löwestein-Werthiem-Rosenberg, entre las que se encontraba la madre de Zita, la Infanta María Antonia.

[10]             Sofía había nacido en  Stuttgart en 1868 y era hija del conde Boguslav Choteck y de la contesa Guillermina Kinsky de Wichnitz y Tettau.

[11]             Estos son considerados actualmente como miembros de la Familia. Han tenido un comportamiento ejemplarmente fiel a la Dinastía (los Duques Maximiliano y Jorge fueron representantes del Archiduque Otto en Austria) y han realizado brillantes matrimonios. Francisco Fernando y Sofía tuvieron tres hijos: Sofía (1901-1990) casada con el conde Federico de Nostitz-Rieneck; Maximiliano (1902-1962) casado con la condesa Isabel de Waldburg-Wolfegg-Waldsee; y Ernesto (1904-1954) casado con María Teresa Wood.

                 El actual Jefe de Familia es el Duque Jorge, hijo de Maximiano, casado con la Princesa Eleonora de Auerpsberg-Breunner. Su hermano Francisco Fernando se casó con la Princesa Isabel de Luxemburgo, hermana del anterior Gran Duque Juan I.

[12]             Primo del Jefe de su  familia, el Príncipe Mauricio, había nacido en 1858, era oficial de dragones y estaba casado con la condesa Paula de Schönborn-Buchheim.

[13]            Consagrada a las obras de caridad, a la atención de enfermos y también a su cargo de Abadesa del Convento de Damas Nobles de Hradschin, donde residían y estudiaban jóvenes de la nobleza sin recursos.

 

[14]             Las otras Infantas eran,  María de las Nieves, esposa del pretendiente carlista, Alfonso Carlos I; María Josefa, esposa del Duque Carlos Teodoro en Baviera, hermano de Sissi, padres de la futura Reina Isabel de Bélgica; María Ana, esposa del Gran Duque Guillermo IV de Luxemburgo, y Adelgunda, esposa del Príncipe Enrique de Parma, hermano de Roberto I.

[15]             María Pía (1849-1882) era hermana de la abuela paterna de Carlos y segunda esposa de Carlos Luis, María Anunciada de las Dos Sicilias (1843-1871), ambas hijas del Rey Fernando II de las Dos Sicilias y de la Acchiduquesa María Teresa de Austria-Teschen.

[16]             Miguel I (1802-1866) fué Rey de Portugal de 1828 a 1834 en el momento de la guerra contra el su hermano Pedro IV y su sobrina María II. Era hijo de Juan VI y de la Infanta Carlota Joaquina de España. Don Miguel es el bisabuelo del actual Pretendinte a la Corona portuguesa, Dom Duarte III.

[17]             Adelaida de Lowenstein-Wertheim-Rosenberg (1831-1909). Su nieta Adelaida de Parma también ingresaría en este convento.

[18]             El Duque Roberto había declarado: “somos a la vez príncipes españoles y italianos“, y la misma Zita “somos  príncipes franceses que hemos reinado en Parma“. Zita se había educado primero con  profesores privados y luego en un internado en Baviera y en el Convento benedictino de Santa Cecília de la isla de Wigth.

[19]             Carlos lucía uniforme de capitán de los Dragones de Lorena, con el Toisón de Oro al cuello, la Gran Cruz de la Orden de María Teresa y la Orden sajona de San Enrique. Zita lucía un precioso vestido blanco de seda con manto bordado de flores de lis. En su cabeza, una espléndida tiara de diamantes realizada por Köchert y regalada por el Emperador.

[20]             Federico Augusto III (1865-1932) último Rey de Sajonia, era hermano de la Archiduquesa Maria Josefa, fué destronado en 1918.

[21]             Era la época de músicos como  Richard Strauss, Gustav Mahler, Alban Berg y Ernst Schonberg, escritores como Joseph Roth, Stefan Zweig y Hugo von Hofmansthal, arquitectos como Otto Wagner, Walter Gropius y Adolph Loos, pintores como Gustav Klimt y Oskar Kokoshka, o pensadores como Sigmund Freud.

[22]             BROOK-SHPERD, Gordon; Le dernier Habsburg. Ed. Flammarion, Paris 1971

[23]             Miembro de una ilustre casa nobiliaria bohemia, diplomático, progermánico y militarista. Fue ministro de Asuntos Exteriores entre 1916 y 1918. Casó con la condesa Maria Kinsky de Wichtnitz y Tettau.

[24]             WINDISCH-GRAETZ, Príncipe Luís de; Heroes y Bribones, historia universal vivida 1899-1964. Plaza y Janés, Barcelona 1969.

[25]             Benes (1884-1948) fue Presidente de Checoslovaquia después de Masaryk en 1935 y pronunció la frase “mejor tener en Viena un Hitler que un Habsburgo“.

[26]             FETJO, François; Requiem por un Imperio difunto. Biblioteca Mondadori, Madrid 1990.

[27]             Winston Churchill dijo: “si en la Paz de Versalles los aliados no hubieran creído que suprimir dinastías largamente asentadas era una forma de progreso, Hitler no habría existido“.

[28]             Estaba muy cercano el recuerdo de la matanza de la Familia Imperial rusa del año anterior.

[29]            En la orilla alemana se encuentra la residencia de verano de la Familia Real de Württemberg, el Castillo de Friedrichaefen.

 

[30]             Béla Kun (1886-1939) proclama: “el terror es la principal arma de nuestro régimen“. Él mismo fue fusilado durante les purgas stalinistas.

[31]             Aristide Briand, Primer Ministro de Francia, en una carta al Rey escribió: “tiene que salir de su refugio“.

[32]             Luis (1882-1964), IV Príncipe de Windisch-Graetz, fue un militar muy prestigioso, diplomático, parlamentario y ministro. Era hijo del Príncipe Luis y de la condesa Valeria Dessewffy de Czernek y Tárkoe, y se casó con la condesa María Szechenyi de Sárvár-Felsövidék, era también pariente cercano de Otto de Windisch-Graetz, esposo de la Archiduquesa Isabel, nieta del Emperador Francisco José, del ayudante de Carlos, Zdenko de Lobkowitz y de destacados políticos de su tiempo como el conde Gyula Andrássy, el conde Tisza, el conde Leopold Berchtold y el conde Szechenyi, .

[33]             Jozsef Pehm-Mindszenty (1892-1975) fue Obispo de Veszprem (1944) y Arzobispo de Esztergom (1945), Primado de Hungría y Cardenal (1946), gran defensor de la libertad religiosa enfrentándose a los comunistas. Pasó 15 años de trabajos forzados en campos de concentración comunistas.

[34]             Hermano del compositor de la “Viuda alegre” Franz Lehár (1870-1948).

[35]             Militar, espía y aventurero, que será mundialmente conocido en ser su vida relatada en la novela (1992) y el film (1996) “El paciente inglés” del escritor canadiense-cingalés Michael Ondaatje..

[36]            Más tarde depositada en un sepulcro de bronce del estilo de los de la Cripta de los Capuchinos de Viena.

[37]             Isabel (1922-1993) casó en 1949 con el Príncipe Enrique de Liechtenstein (1916-1991)

[38]             Anschluss es el periodo comprendido entre 1938 y 1945 en que Austria fue anexionada al Reich alemán por las autoridades nazis y austríacas.

[39]             El padre del Pontífice, Karol Wojtyla, fué oficial de Infantería del Regimiento nº 56 del Ejército Imperial y Real y recibió la Cruz del Mérito Militar.

[40] El autor, junto a varios caballeros de la Orden Constantiniana de San Jorge tuvo el honor de asistir a los actos de Beatificación.

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