El embarazo de Celia y “la doctora Muerte”.

A Beltrán e Inés, ejemplo de familia que me mantuvo firme en las horas más oscuras.

 

El Conde de Bobadilla. Todo empezó bien: el embarazo nos llenó de alegría por su enorme facilidad en llegar, de agradecer habida cuenta de que ya no éramos unos chavalines, menos aún yo que mi mujer. Pronto las cosas  se torcieron fruto de la peor de las intenciones y de la más absoluta y gratuita maldad…

Acudimos a la primera visita con la Jefa de ginecología de un conocido hospital privado de las afueras de Madrid. Nos la había recomendado un amigo nuestro, padre de 12 hijos, asegurándonos que se desvivía por las muchas celebridades del mundo deportivo a las que, por cuestión de su trabajo, se las había recomendado.

Entramos a la consulta con un mucho de ilusión y un algo de miedo: ilusión porque, acudir a la primera cita en la que te van a confirmar el embarazo, te hace sentir la certeza de saber que hay una nueva vida formándose en el cuerpo de mi mujer y en el corazón de los dos. Miedo porque, cuando se ama tanto como ya amábamos a nuestro bebé, nunca se está tranquilo. Sí, he dicho bebé, no conjunto de células sino una perfecta criatura de Dios en cuya creación habíamos colaborado, mi mujer y yo, como instrumento de vida.

Nos sentamos frente a la mesa de la doctora… Su gesto no me gustó: una sonrisa forzada, con escasas pretensiones de parecer sincera, una perfecta mezcla, a partes iguales, de falta de empatía e interés. Qué le vamos a hacer: soy una persona de impresiones, y me equivoco más cuando las ignoro por no resultar arbitrario que cuando me las tomo verdaderamente en serio. En todo caso me venía a la mente cuando mi padrino, ginecólogo de prestigio, decía que había carreras, como especialmente la medicina, cuyo ejercicio debería reservarse para quienes las fueran a ejercer vocacionalmente.

En la pared un montón de fotos de famosos, que acudieron allí por la recomendación desinteresada de mi amigo, dedicadas a la doctora por haber traído a sus hijos al mundo…

La Doctora hizo una ecografía a mi mujer y nos confirmó el embarazo. Celia y yo, dimos gracias a Dios, y fuimos a cenar al mejor restaurante de la ciudad para celebrarlo.

Tras tres semanas de absoluta felicidad volvimos a la consulta y la doctora hizo seguimiento del embarazo. Confirmando que continuaba, como también lo hacía nuestra ilusión pensando en que, día a día, Rafael Luis era cada vez más grande. Mi mujer y yo solíamos bromear sobre el tamaño que tendría según su estado de gestación: “ahora es como una lenteja”, “ahora ha subido a judión de la Granja”, me iba contestando. A veces, si le preguntaba demasiado de continuo, Celia reía, y me contestaba: “Rafa, desde esta mañana en que me has preguntado no creo que haya crecido gran cosa”.

En la ecografía de la semana 12, ya nos dan más datos. La doctora nos comenta que el ducto nasal y el pliegue nucal de Rafael Luis eran correctos, con lo que parecía excluirse el Síndrome de Down, sin embargo nos suelta a bocajarro que “no excluyamos la posibilidad de abortar”…

Mi mujer se quedó petrificada, así que yo le pregunté a la doctora.

-¿Abortar, y eso por qué lo dice?

-Es que ustedes ya tienen una edad.

-Mi mujer 41, y yo 45. ¿Y…?

-Piensen lo que les digo: hay posibilidades de que las cosas salgan  mal…

– No entiendo, me comenta usted que el ducto nasal y el pliegue nucal están bien, continué llevando la voz cantante para aliviar del peso de la conversación a mi mujer, cuyo gesto se alarmaba y entristecía por momentos.

– Sí, pero hay más cosas…

-Si se refiere a que nuestro hijo pueda tener cualquier otro tipo de problemas cromosómicos puede estar usted segura que no le vamos a abortar por eso. Es más: no abortaremos a nuestro hijo bajo ninguna circunstancia.

-Yo no les he dicho que su mujer interrumpa su embarazo. Sólo les informo de los riesgos, hagan ustedes lo que quieran, lo que digo es que hay que tener la mente abierta a otras posibilidades.

Y así abandonamos la crucial consulta de las 12 semanas, en la que esperábamos saber cosas nuevas sobre la gestación de nuestro hijo. Os comenté que a la primera consulta acudimos con un mucho de ilusión y un algo de miedo. A partir de nuestra tercera cita con la doctora, el algo de miedo se convirtió también en mucho: mucha ilusión y mucho miedo.

Mi mujer entró en depresión. Desde ese día hasta la siguiente cita con la misma doctora todo fueron nervios y abatimiento para nosotros, decir que pudimos dormir una sola noche entera sería exagerar, decir que tuvimos un solo momento de tranquilidad sería mentir…

Acudimos a la cuarta consulta medio mes después. Tras el frío recibimiento y la ecografía de rigor, con su gélido gel, nos sentamos frente al témpano de hielo que teníamos por doctora. Lo primero que hice fue preguntarle:

-Cuando nos dijo que podría nacer nuestro hijo con “problemas”, a mi mujer y a mí nos dio la impresión de que era un cincuenta por ciento de probabilidades de que saliera bien o mal.

-Yo lo que dije es que eran altas.

-¿Pero altas, de cuánto?

-Pues una entre 360.

-¿Y por el riesgo de una posibilidad de que salga mal entre 359 de que salga bien nos recomienda que pensemos en el aborto?

-Es que, de tratarse de una mujer más joven, se va reduciendo el riesgo enormemente.

-De todas formas, si es que desean tenerlo a toda costa, os recomiendo la amniocentesis para salir de dudas.

Mi mujer le contestó que había leído que la amniocentesis tenía un tanto por ciento de riesgo abortivo a considerar.

La doctora le respondió que podía hacerse un análisis de sangre para un test de detección prenatal de anomalías genéticas en sangre materna.

Salimos de la consulta, y fuimos directos a casa, con la idea de informarnos sobre el test. El test, no era invasivo, como sí lo es la amniocentesis, que conlleva ciertos peligros.

Mi mujer fue al mismo hospital y se hizo el análisis de sangre.

Tras dos semanas que se nos hicieron eternas y alguna demora, los resultados estuvieron finalmente la misma mañana de nuestra quinta consulta, así que los recogimos, Celia los leyó, y nos dirigimos a la consulta. Por los pasillos, mi mujer, profesional de la salud, me  comenta qué decían los resultados. “Mira, Rafa, la doctora no tiene ninguna razón. No sé por qué nos ha querido meter miedo. Quizá se trate de un exceso de prevención que no sé a qué razón obedece, ya que nuestra edad no es para tanto. Los resultados son totalmente contundentes, dan una probabilidad entre un millón de que pueda haber algún problema, nada que ver con la una entre 370 que decía la doctora. El propio informe desaconseja hacer cualquier otra prueba complementaria siendo los resultados tan claros, y dice expresamente que no se haga amniocentesis.

Llegamos a la consulta: nuevamente nos tuvimos que enfrentar a la doctora y a sus pretensiones sempiternas de que consideráramos el aborto.

Tras la ecografía, en la que de nuevo todo está bien, le pasamos el informe a la doctora. Nos dice que tenemos que hacernos nuevas pruebas, volviéndonos a insistir con la amniocentesis.

-Pero el informe desaconseja realizar cualquier otra prueba, por innecesaria, así como la amniocentesis, le contesta mi mujer.

– Sí, pero este tipo de análisis no analiza todas las posibles anomalías. Y sí que le sigo recomendando la amniocentesis.

-Vaya, contesta Celia, resulta que nos pide que pensemos en el aborto porque tenemos una posibilidad entre 360 de que nuestro hijo salga con algún problema, pero al mismo tiempo nos insiste en la amniocentesis que tiene una entre cien de ser abortiva.

La doctora nos devuelve el informe y da por terminada la cita dándonos la fecha de la siguiente, que sería la última que quisimos tener con ella.

Volvemos a leer el informe en casa, ni que decir tiene que ya no nos tomábamos muy en serio a la doctora. Teníamos la impresión de que estaba muy ideologizada pero, como nos había dado una nueva cita, quedábamos a la expectativa de cómo transcurriese ésta para seguir con ella o no.

Os confieso que esperaba que el ánimo de mi mujer mejorara pero, era demasiado tarde para ello, y el miedo a que las cosas salieran mal le acompañó durante todo el embarazo.

Llegada la fecha de la consulta, acudimos con mi suegra, que quiso acompañarnos. Al momento de sentarnos la doctora atiende una llamada. No pudimos evitar escuchar la conversación, por otra parte tampoco la doctora no aparentaba tener ningún reparo ni incomodidad en ello. La llamada la realiza otra ginecóloga de su equipo. Hablan de una chica obesa a la que nuestra doctora le había sugerido abortar. El motivo: que, al ser una mujer gordita -lo cual parecía ya de por sí suponer un riesgo-, en un estado de gestación temprano, no se había podido observar con claridad el cuerpo del feto por la dificultad que presentaba traspasar la capa grasa al ecógrafo. Al otro lado de la línea telefónica, la ginecóloga le brinda una nueva posibilidad a la doctora jefa de su equipo: esperarse a que el feto estuviera más formado y así se viera mejor a través de la grasa.

-“Sí, pero si esperamos a verlo bien entonces ya le ha cogido cariño y ya no querrá abortar”, sentencia nuestra médico para justificar el aborto a una mujer, tan sólo por estar gorda y no haber podido comprobar si su feto estaba bien.

Salimos haciéndonos cruces. Mi suegra, muy preocupada, nos hace prometer lo que ya habíamos decidido mi mujer y yo por separado: no volver nunca.

Conclusión: a mi mujer le recomienda el aborto por estar embarazada a los 41 años, a esta otra chica tan sólo por estar gorda, sin brindarle la posibilidad de esperarse a poder ver bien a su hijo en el ecógrafo. Se ve que, si no eres joven, ni delgada, ni una de esas famosas, por las que seguro se desvive, lo que cabe practicar es el aborto. A partir de entonces la bautizamos como “la doctora muerte” y, ni decir que cambiamos de médico y hospital, pasando al Hospital “Puerta de Hierro” de Madrid, en donde mi mujer daría a luz a nuestro hijo Rafael.

Ni que decir tiene que nuestro hijo no tuvo ningún problema. Hoy tiene 3 años y medio y una salud de hierro. Si llegamos a seguir las recomendaciones de la doctora lo hubiéramos abortado. Siempre nos quedará la duda de si “la doctora muerte” llegó a segar la vida del hijo de aquella chica gordita, y de cuántos abortos innecesarios –todos los abortos lo son- de bebes sanos, habrán perpetrado médicos eugenésicos que juegan a ser Dios o, mejor dicho, que juegan a ser auténticos demonios.

Hoy proponen matar a nuestros hijos por si pueden no ser perfectos, mañana nos propondrán matarnos a nosotros por no serlo tampoco…

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