“El totalitarismo soy yo”, no El Corte Inglés.

Texto: Juan Alfredo Obarrio Moreno (Catedrático de Universidad). “El totalitarismo soy yo”. Con este enunciado, Pierre Hassner inicia su estudio titulado “El totalitarismo visto desde el oeste”. Representa el final de un silogismo tan bien construido, como sorprendente: El totalitarismo es odioso. El yo es odioso. Luego, el totalitarismo soy yo. Y cuando esa hiedra de múltiples cabezas llamada totalitarismo nos aborda, empezamos a sentir, con Joyce, que “La historia –la nuestra– es una pesadilla de la cual intento despertar”.

El lector puede pensar que me muevo en el terreno meramente especulativo, más propio de la vida académica que de la pura cotidianidad. Nada más lejos de la verdad. Hace solo una semana podíamos leer en la prensa una noticia que no ha tenido el eco que cabía esperar: la dirección general de Comercio y Consumo de la Generalitat Valenciana iniciaba actuaciones previas a la apertura de un expediente sancionador contra El Corte Inglés por su publicidad para el Día de la Madre. La razón que se esgrimía nos dejaba consternados: el anuncio publicitario podía “fomentar el estereotipo de madre que resigna a las mujeres a cumplir con su papel de ‘buena madre’ basado en la entrega, por encima del resto de identidades”. La sanción por tal “agravio” no es menor: oscila entre 3.000 y 15.000 euros.

¿Qué supuesto delito ha cometido la mencionada entidad? ¿Ha vejado, ha insultado, ha menospreciado o ridiculizado a las madres? La brevedad del enunciado no permite engaño alguno, ni siquiera una dudosa interpretación. En él se dice que las madres –la tuya y la mía– son el fiel reflejo de una vida de entrega (97%), de ausencia de egoísmo (3%) y de ningún reproche (0%). Es una verdad que he vivido, que he experimentado, que he sentido. Pero en esta tierra infértil en la que nos movemos, la verdad poco o nada interesa, porque es molesta. Lo que sí importa –y mucho– es el férreo control de la información y del lenguaje. Quien los posee, conserva el Poder político, y en política, como decía Maquiavelo, la decencia, sencillamente, no existe, solo la mentira institucionalizada permanece.

Como docente, suelo recordar a mis alumnos las palabras que Voltaire escribiera –aunque, a buen seguro, nunca las sintiera–: “Odio lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo”. Si algo significa uno de los rasgos distintivos de la tan injustamente denostada civilización occidental es la libertad de pensamiento. Constituye una sagrada libertad, la que impulsa a tener el derecho a decir y publicar lo que se entiende que es verdad o justo, sin miedo a sanción alguna, salvo, claro está, que se atente contra las personas o los colectivos. De nuevo, me pregunto ¿qué delito ha cometido el Corte inglés? Solo uno: no ser políticamente correcto. No admitir que el concepto de madre debe pasar por los filtros, nada democráticos, de la ideología de género. Porque, ¿qué es la democracia? Simple y llanamente, la defensa del pensamiento independiente, del pensamiento que huye del eslogan, de lo políticamente correcto, de ese pensamiento que sabe, con Albert Camus, que “El hombre es esa fuerza que acaba siempre expulsando a los tiranos”, a unos tiranos que deben ser combatidos, “porque su lógica es tan criminal como su corazón”.

La opinión pública sabe de esta realidad, y calla. Pero quien esto escribe es plenamente consciente de que la cobardía intelectual es el mayor enemigo al que tiene que enfrentarse un escritor, un periodista, un docente o un ciudadano. Es el miedo de enfrentarse –a menudo, en soledad– a la ortodoxia predominante. Quien la cuestiona, o es silenciado o no sale en la famosa foto del otrora “Vicetodo”, porque esta exige una admiración o un servilismo acrítico frente al nuevo y poderoso status quo. Exige creer que decir que una madre es un ser que se entrega por amor es una concepción añeja, más propia de una época trasnochada que de una sociedad moderna. La sociedad soñada por Soros and Cía. No la mía. Y espero y deseo que no la de mis hijos, porque el hombre o es alguien que piensa y siente, o no es nada. 

El Totalitarismo es un mal que nos acecha y nos aguarda siempre y en todo tiempo. Es un mal que no se debe olvidar, sino combatir, pero no desde la ira o el resentimiento, sino con los ojos de la razón y con la fuerza de la palabra, con ese diálogo abierto, fluido e inteligente con el que se entreteje la cultura y el desarrollo de un país, de una sociedad. No recordarlo, no combatirlo, nos llevaría a esa “maldad líquida” de la que hablan autores como Zygmunt Bauman y Leonidas Donski; a no entender que ante la intolerancia, el diálogo tropieza, se debilita y desaparece, lo que nos exige no caer en la equidistancia, máxime cuando uno siente la inquietante sensación de que el pasado –cuanto más lúgubre– se convierte en una espera que aguarda, impaciente, para entrar en nuestras vidas, y una vez dentro, ya no es posible desalojarlo.

Esta verdad, que es la mía, requiere de un esfuerzo constante, porque a menudo se piensa que la tolerancia y la dignidad están asentadas, y que la quema de los libros en plaza pública es cosa del pasado, y no vemos la censura en nuestra propia casa. Sí, malos tiempos para la lírica, para la lírica que habla de la razón y de la verdad.

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