En Notre-Dame hay que restaurar Europa.

Texto: el Conde de Bobadilla. Siento una tristeza, un abatimiento, una perturbación en el ánimo difícil de expresar con palabras. Al principio no me podía creer esa potente imagen de Notre-Dame en llamas, creí que era un montaje, de hecho consulté varios medios en Internet para acabar dando por cierta la terrible noticia. Imposible que no acudieran rápidamente a mi mente las imágenes de las puertas de Saint Sulpice ardiendo, un incendio provocado el pasado 17 de marzo en el templo más grande de París después de Notre-Dame, famoso por haberse rodado allí algunas escenas de “El Código Da Vinci”. Así, en menos de un mes, han ardido los dos templos más importantes de París.

El incendio de Saint Sulpice forma parte de la ola de vandalismo anticristiano que está sufriendo Francia, donde son profanadas de dos a tres iglesias a diario. Las cifras asustan: las iglesias galas fueron víctimas durante el 2018 de 129 robos y 877 degradaciones, habiéndose perpetrado en Francia 1.063 actos anticristianos el año pasado.

Incendio intencionado en la Iglesia de San Sulpicio de París.

 

Y luego, esa infinita miseria humana, que nunca deja de sorprenderme… Leo la denuncia de un conocido medio español sobre las participaciones en redes de un buen número de perroflautas patrios, que, encontrando gozo en las desgracias ajenas, publican fotos de Notre Dame bajo el lema “la iglesia que ilumina es la que arde” con todo tipo de gracietas. ¿Son conscientes de todo el daño que son capaces de hacer con sus comentarios?

Me resultaba imposible olvidar que esto lo han publicado, a tan sólo 24 horas de la conmemoración del 88 aniversario de la II República, aquellos que la vindican y se sienten sus herederos. Impresionado todavía por la crueldad humana, intentando sobreponer mi ánimo a las llamas de Notre Dame, pensaba en los españoles de bien que, a tan sólo unas semanas del inicio fraudulento de esa orgía de sangre, fuego y destrucción que asoló a España, tuvieron que enfrentarse a escenas similares a las que vimos en París anoche. Pero a nuestros abuelos, aquello debió de resultarles aún más duro de digerir, y no sólo por el número de Iglesias, conventos y edificios religiosos incendiados, sino porque los republicanos los incendiaron a propósito, impulsados por el odio a todo lo cristiano, y eso duele más. De ahí se pasó a asesinar cristianos por el hecho de serlo en uno de los genocidios más horribles que recuerda la Historia humana.

Hoy nos separan 88 años de nuestra última y dolorosa experiencia republicana, pero, como en España la memoria histórica es selectiva, y en ellas las izquierdas no tienen nada de lo que pedir perdón, tampoco aprenden de sus errores. Y así les vemos seguir en las mismas: o con profanaciones y amenazas, como pudimos ver en el asalto a la Capilla de la Complutense protagonizado por Rita Maestre y sus secuaces podemitas bajo el grito de “arderéis como en el 36”; o  bien pasando de las amenazas a los hechos como ha ocurrido recientemente en Écija, y cuatro días después en Elche, con sendas intentonas de quemar las iglesias.

El incendio de Notre Dame quizá sea casual, pero no lo es la ola de violencia anticristiana que asola medio mundo… Aunque, hemos de reconocer que la peor demolición que podemos hacer de cualquier Iglesia, no es que sea pasto de las llamas, ni que los que odian a la Iglesia las destruyan: la peor demolición de una Iglesia es ver cómo, domingo tras domingo, se vacía de fieles; y eso es culpa, no de quienes la odian sino de quienes dicen amarla y no la aman. Harto estoy de ver cómo se desconsagran iglesias y se convierten en bibliotecas, centros culturales, o, directamente, acabn siendo víctimas de la piqueta.

Notre-Dame representa lo mejor de Europa y de la civilización: la de aquella “Edad Luminosa” en que, vaciándose la piedra de materia, la alcanzó la luz del cielo y la filtró, con la luz policroma de sus vidrieras, para hacer visible el aire en el que la mano del sacerdote alza la Sagrada Forma en que toma cuerpo Cristo.

Una piedra que se hace etérea, una luz que se condensa, que ilumina, que da calor y color a la misteriosa escena en la que Dios se hace presente por medio del misterio de la eucaristía. Para mí, obras de arte aparte, eso es lo que representa Notre Dame y eso es lo que representa Europa en  cuanto a sus viejas raíces. Como dijo el conde de Maistre: «Donde quiera que haya un altar hay civilización». Y ello por más que la barbarie del fuego, la barbarie de los bárbaros, o la barbarie de los tibios, pretenda lo contrario.

Hoy, en Notre Dame no sólo arde la catedral de Francia, en sus piedras y en sus leños arde una Europa que ha renunciado a sí misma. Una Europa, forjada en el cristianismo, que ha ido renegando de sí misma en la medida que lo ha ido haciendo de nuestro Salvador, y que ya no es solamente espiritualmente vieja sino que también está vital, cultural, y demográficamente envejecida. Una Europa que por fin parece salir de su letargo al comprobar que es ella misma la que arde, y rezo para que sepa renacer, purificada, de sus cenizas porque aquí no se trata sólo de restaurar el templo: se trata de restaurar Europa.

Hoy nos unimos a todos vosotros en la oración que propone Monseñor Aguirre y que acompaño, así como nos hacemos eco y nos sumamos a la cadena de oración que, nada más conocerse los hechos, emprendió “El diario de Colón” https://www.eldiariodecolon.es/religion/reza-un-avemaria-por-notre-dame-y-comparte-este-mensaje-en-tu-muro/ 

Oración de Monseñor Munilla.

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El Conde de Bobadilla
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