“Érase una vez en…Hollywood”: Una declaración de amor al cine, al estilo Tarantino.

Texto: La Condesa de Bobadilla. Como ya su nombre indica, “Érase una vez en…Hollywood” es un cuento de hadas, pero no exactamente un cuento de inocentes princesas y apuestos príncipes, sino un cuento al estilo Tarantino. Es lo que tiene el cine y lo que hace que trascienda del mero entretenimiento, brinda la capacidad de reconstruir la historia, de reinterpretarla si cabe, para llevarla por caminos distintos a como ocurrieron.

Lo que hace Tarantino en este film es una declaración de amor al cine con el que ha crecido y que le ha formado como cineasta. Un tributo a esas series de vaqueros y artes marciales que tanto le han marcado, no en vano uno de sus mayores talentos es esa forma única que tiene de readaptar esos géneros. Y escogiendo como protagonistas a un actor de series B en horas bajas y su especialista, su intención es reivindicar el papel de estos intérpretes, cuyos rostros y personajes nos han acompañado en las sobremesas de nuestras vidas, y que nos han hecho soñar con ser el sheriff de un viejo y olvidado pueblo del lejano oeste o un agente secreto en plena guerra fría (a todo ello también ayuda el sopor postprandial que te pone en situación de imaginarte cualquier cosa). Hollywood está lleno de gente así, personas que dedicaron toda su vida a la industria del cine sin recibir jamás reconocimiento alguno o que vieron como su carrera se truncaba demasiado pronto. Está película es un homenaje a todos ellos.


En la película hay continuos guiños y referencias a series de los 50 y los 60, algunas reales y otras imaginarias pero que bien podrían haber existido. Tarantino se permite el lujo cinematográfico de dirigir esas series que tanto marcaron su infancia, gracias al inteligente truco de emplear al personaje del actor que interpreta Di Caprio, el cual entra y sale continuamente de la piel de sus protagonistas.
Y Tarantino, al que inmediatamente se le identifica con un cine violento, en esta cinta hace que la trama transcurra a un ritmo plácido y tranquilo, en el que aparentemente pasan pocas cosas hasta alcanzar su clímax final. Y sorprendentemente, es en este lenguaje pausado donde Tarantino demuestra su talento y maestría como cineasta. Personalmente, durante más de dos horas me he dejado llevar por el ritmo de vida californiano que todos los que hemos vivido una temporada allí tan bien conocemos. Ese estilo de vida desenfadado y espontáneo, sin corbatas ni uniformes, sin rutinas, rodeado de una luz dorada y un buen clima que induce a una permanente sensación de estar siempre en modo vacaciones.
Personalmente, tengo un gran respeto a su filmografía, pero a veces, tanta violencia, aunque sea muy fotogénica, me chirría, por eso agradezco este nuevo Tarantino, que mantiene la agudeza punzante en sus diálogos pero transcurre por  otros derroteros.
Aunque no conozcas el resto de su filmografía, viendo esta película te das cuenta de que es un director que ama al cine intensamente, apasionadamente y eso sólo puede dar un resultado…una película sincera y muy personal.

He leído críticas que dicen…que si en realidad no tiene un argumento, que es un mero devenir de secuencias cuyo único nexo de unión es el de un día cualquiera en la vida de un actor de televisión en el ocaso. Creo que la película es eso y mucho más, pero aunque tan solo fuera eso, sigue resultando fascinante acompañar al protagonista en su periplo nostálgico por el viejo Hollywood.
Es una fantástica inmersión en lo que fue el fin de la época dorada de Hollywood, que Tarantino reproduce con una fidelidad que alcanza hasta los más pequeños detalles. Desde la marca de la comida para perros, hasta el sonido de la emisora de radio KHJ que acompaña a Cliff (Brad Pitt) en sus paseos por los bulevares de la ciudad, todo está cuidado hasta el más mínimo detalle, no hay nada dejado al azar en la búsqueda de crear una atmósfera que nos haga sentir parte de aquella época. Y si la increíble belleza de la fotografía de Robert Richardson no te mete en el ambiente de Los Ángeles al final de la década de los 60, la acertadísima banda sonora bien seguro que lo hará. La música es también protagonista en “Érase una vez en Hollywood”, en gran medida por lo ligada que está a la cultura popular de Los Ángeles en 1969. En un momento en que el rock & roll se extendía por todo el país y engullía cualquier otro género musical; en la costa oeste, bañado por el sol, surge un peculiar estilo a ritmo de guitarra, a medio camino entre el pop, el country y el rock al que se le llamará “sonido california”. “California Dreamin” en la versión de José Feliciano; “Bring a Little Lovin” de Los Bravos; “Mrs. Robinson” de Simon & Garfunkel; Deep Purple; Detroit Wheels o Paul Revere & The Raiders forman parte de la banda sonora que tan bien encaja con la actitud desenfadada y hippy del final de la década.

Gran parte del mérito de que la película funcione tan bien es la química de la pareja protagonista. Ante todo hay que decir, que Tarantino ha trazado aquí unos personajes realmente humanos e interesantes (nada que ver con esos estereotipados personajes de acción). Leonardo di Caprio y Brad Pitt se entregan a fondo y firman un trabajo a la altura de un Robert Redford  y Paul Newman. Di Caprio, el mejor actor de su generación, está inspiradísimo interpretando a Rick Dalton, un actor de TV con una carrera cuesta abajo, enojado consigo mismo porque cree que ha dejado pasar su oportunidad para hacer cine de calidad y luchando por sobrevivir y encajar en un Hollywood que ya no reconoce. Es un papel difícil e intenso, Di Caprio tiene que meterse en la piel de un actor, que a su vez interpreta diferentes personajes en diferentes series de TV o películas. Hay una escena increíble en la que interpreta al villano de una de esas series del oeste, durante el rodaje, todo va bien hasta que se le olvida el diálogo, huye al tráiler donde tiene un enfrentamiento consigo mismo ante el espejo en el que se reprocha beber demasiado y se autoamenaza con suicidarse si no es capaz de volver y decir sus líneas correctamente. Pues bien, regresa al set para brindarnos a todos una interpretación legendaria de extraordinaria fuerza y vigor, legado al cine de lo sensacional actor que es di Caprio.

 
Reconozco, que de Leonardo di Caprio no me esperaba menos, pero el que me ha sorprendido muchísimo es Brad Pitt en el papel de Cliff Booth, el especialista que dobla a Rick Dalton (di Caprio) en las escenas peligrosas. Cliff es un héroe de guerra reconvertido en especialista y que en la actualidad ejerce más de chófer o asistente del protagonista. Es un personaje de apariencia desenfadada, que parece vivir contento consigo mismo, a pesar de que vive en una roulotte mientras Rick posee una hermosa casa en las colinas de Hollywood. Su aspecto seductor y amable oculta un oscuro pasado de violencia y puño fácil, pero si algo le define es su lealtad e integridad. Se puede decir que es la autoridad moral de la película. La secuencia en la que la “chica Manson” lleva a Cliff al rancho Spahn, donde éste solía rodar westerns, y allí conoce a la familia Manson, es verdaderamente sobrecogedora, cercana al cine de terror más estilizado. Aquí hay aquí un guiño a “Cortina rasgada” de Hithcock, pues es la película que están viendo  en la televisión de la casa de Spahn. A pesar de que Cliff nota instintivamente que algo oscuro sucede con la gente que habita el rancho, no duda en abrirse camino entre ellos, poniéndose en peligro a sí mismo, hasta averiguar si Spahn se encuentra bien. Y sin adelantar el magnífico acto final de la película, el personaje de Brad Pitt de nuevo no duda en ponerse en primera línea de combate para defender a los suyos sin pensar si quiera en su propia seguridad.

 
Los dos constituyen un pareja curiosa pero se complementan perfectamente pues tienen un fuerte vínculo que es su amistad.  Parece que Brad Pitt brinda sus mejores actuaciones cuando encarna personajes secundarios. Ya sucedió en el “Club de la lucha”, o “Doce monos” y sucede ahora en “Érase una vez en…Hollywood”, con seguridad una de las mejores actuaciones de su carrera. Personajes secundarios, sí, pero que roban cada escena en la que aparecen al brillar con luz propia, hipnotizando a la cámara y a los que estamos al otro lado a partes iguales.

Margot Robbin es la elección perfecta para dar vida a la malograda Sharon Tate, una actriz con dulzura y encanto, a la que Tarantino quiere reivindicar además como un bello ser humano, lleno de dulzura, que desgraciadamente ha pasado a la historia del cine tan sólo por su trágico final. Encantadora es la secuencia en la que acude a una sala de cine donde están pasando la película en la que ella tiene un pequeño papel (“La casa de los siete placeres”). Tarantino se recrea en un primer plano para que con los gestos de su rostro, seamos capaces de vivir con ella la emoción de verse en la gran pantalla y sentir la repercusión que su pequeño papel ejerce en el público.

 
La trama de “Érase una vez en … Hollywood” se sitúa en 1969. Es un momento de cambio. Marca el fin de la época dorada del Hollywood de los grandes estudios, el de los galanes; y el inicio de un cine de autor, menos complaciente y que engrandece al antihéroe (Al Pacino por ejemplo, que tiene un pequeño papel como agente de Rick Dalton). Por lo que he podido leer y recabar, los asesinatos de la familia Manson pusieron un abrupto final a la década de los 60, se llevaron consigo una época de desenfado y cierta inocencia. La gente dejó de sentirse segura en sus casas y dio paso a una época más descarnada. El cine se volvió más duro, menos complaciente, comenzó la etapa de los directores con películas como “Cowboy de medianoche”, “Taxi Driver”, “El Padrino” o “Easy Rider”.

Tal vez sea la película menos Tarantiniana al tener un ritmo mucho más sostenido en la presentación, que pasa a aumentar en el nudo, para luego encontrar su clímax en el desenlace con una de las mejores secuencias del cine contemporáneo.

A raíz de este estreno, he leído varias entrevistas en las que Tarantino anuncia que con la próxima película que haga, que será la 10ª, pondrá punto y final a su trayectoria como cineasta para dedicarse a la literatura. Por eso no dejo de pensar que su elección de este momento histórico para situar la trama tiene mucho que ver con lo que él está viviendo en estos momentos. Nos encontramos entrando de lleno en la era de la revolución tecnológica, en la que no importa tanto una buena historia como los alardes técnicos. Si hacemos un repaso a la cartelera casi todo son remakes de sagas de populares franquicias de superhéroes. Ante tal panorama, es lógico que alguien como Tarantino se cuestione su continuidad en el cine actual.

Y estoy segura de que muchos jóvenes de las nuevas generaciones encontrarán la película lenta y aburrida, acostumbrados como están al cine de franquicia. La juventud hoy tiene acceso a tanta información, consumen un cine en streaming en que con un dedo pasan y eligen la película que quieren ver entre cientos de alternativas, ven unos segundos del inicio y si no les engancha pasan a la siguiente. Quieren satisfacción inmediata, no tienen paciencia alguna. Yo pertenezco a la generación que aún tuvo la suerte de sentir la emoción ante la anticipación de un estreno que constituía todo un ritual que comenzaba con consultar en un periódico en qué cines echaban la película que queríamos, pues no había tantas salas ni tantas películas en cartel (ahora estrenan media docena cada semana); después esas colas en la única taquilla, y cola también para entrar en la sala pues muchas no estaban ni numeradas.
Sin embargo, la manera en que Tarantino maneja la cámara imprimiendo ese ritmo  nostálgico en que cada detalle cuenta, está rodado de una forma tan hermosa que eleva la cinta a la categoría de obra de arte.
Y es la yuxtaposición de las historias de Dalton y Sharon y la forma que se entremezclan en el acto final lo que la hace perfecta.
Por eso, esta no es una película para todo el mundo, sin embargo los amantes del CINE con mayúsculas, debemos estar eternamente agradecidos a Tarantino por traernos películas como ésta. Gracias por esa capacidad de hacernos partícipes de una era y por el bien de todos los que amamos el séptimo arte, ojalá esta forma de hacer cine nunca muera.

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