Falsear la historia del Virreinato de Nueva España.

Juan Alfredo Obarrio y Moreno. Catedrático de Universidad (Univ. Valencia). En su obra Apología para la Historia o el oficio del historiador, Marc Bloc se pregunta sobre el valor y la importancia de la Historia. Con escasos matices, nuestro autor concluye que esta no es una Ciencia transformadora, sino comprensiva de los hechos, lo que obliga al historiador a interrogar a la Historia, inquirirla para que podamos descubrir e interpretar las voces y las huellas de un tiempo, ya pasado, pero del que todos formamos parte; porque sobre sus cimientos crecimos y nos alimentamos, y porque su Cultura, de la que no cabe renunciar, forma parte indeleble de nuestras vidas, muy probablemente, la mejor parte.

Ayn Rand dejó por escrito que “detener la conciencia es detener la vida” (El manantial). No pretendo detenerla. Tampoco podría. La razón se me antoja sencilla de explicar: no sé hacerlo. Los años me han enseñado –y ya son muchos– que la vida se paraliza cuando se vacía el alma de un hombre, cuando esta se convertirte en un colectivo, en una masa informe y grisácea, sin perspectiva ni futuro alguno. Por desgracia ocurre con demasiada frecuencia. En mi ámbito, sucede cuando el individuo calla u omite pronunciarse por la simple razón de que el anatema laico –el peor de todos– te estigmatiza y te olvida cuando no estás en el cenagoso ámbito de lo políticamente correcto. A ese exilio interior se han acogido algunos. Pero claudicar ante los nobles valores de la vida, o a todo lo que da sentido a mí existencia, no entra en mi bitácora de viaje, por mucho que insistan ciertas ideologías o inciertas políticas. Por esta razón, como diría Emile Zola, “Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice”.

Si pretendo conservar la independencia intelectual y moral, no puedo dejar de alzar mi voz, aunque solo sea como simple historiador, para reivindicar un pasado y un concepto de nación, aún llamado España, que algunos se empeñan en minimizar, cuando no, mancillar. Lo hago porque resulta alto difícil escuchar a nuestros políticos la palabra España, normalmente sustituída por el sintagma nominal Estado español. ¿Conocen ustedes algún político francés que diga el Estado francés? Y lo mismo podríamos decir del resto de políticos de la Unión Europea. Estos sienten orgullo de su país. Reivindican su Historia, y no dejan que sea pisoteada injustamente. Aquí, sí. Y no es de ahora. Lo hicieron buena parte de los miembros de la Generación del 98. Grandiosa en lo literario, cuestionable, y mucho, en lo político. De aquellos lodos, estos barros.

El penúltimo y “luctuoso” episodio –el último estará al caer– lo ha protagonizado el simpar Presidente de Méjico, D. Andrés Manuel López Obrador, quien envió sendas cartas a su Majestad el Rey de España y al Santo Padre. En ambas se pide que se deben ofrecer disculpas por los agravios que se cometieron durante la conquista de la vieja Nueva España. La “reconciliación histórica” así lo exige. Lo exigen también partidos de larga tradición democrática, y de clara raigambre antirracial, como el PNV de Sabino Arana, o como Podemos, cuya defensa –a ultranza– de las libertades es muy tenida en cuenta en la opulenta Venezuela. Pero la verdad histórica exige otra cosa muy distinta: denunciar esta mezquina hispanofobia que intenta ocultar la grandeza de un país que supo construir esas Catedrales del Saber llamadas Universidades en las nuevas y prósperas ciudades que iban surgiendo a lo largo y a lo ancho de esa América en la que el cruel y sanguinario imperio de Moctezuma había dejado de ser un mal recuerdo para quienes lo sufrieron y padecieron; y lo hizo para dar paso a una sociedad en el que un idioma, una fe, una interrelación entre indígenas e hispanos y una igualdad de derechos hicieron de ese territorio, no una colonia, que nunca fue, como recuerda el que fuera Presidente de la Real Academia de la Historia de Argentina, Ricardo Levene, sino un reino más al que no se debía denigrar ni menospreciar, tal y como manifiesta la Reina Isabel la Católica en su testamento: “Y no consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien”. Un agravio que no era posible porque, como dejó por escrito, los indígenas seguirían siendo los propietarios de las tierras que les pertenecían con anterioridad a la llegada de los españoles, lo que determinó que se decretara la prohibición de la esclavitud. Un hecho que debería hacernos ver que la nefanda Leyenda Negra ha azotado a nuestro país con inusitada crueldad, al mismo tiempo que ha perdonado a los ingleses, a los belgas o a los alemanes prácticas que avergüenzan a humanidad. Debería, sí. Pero nos quedamos en el debería.

Ha tenido que ser un escritor tan nuestro como Mario Vargas Llosa, quien, con luminosa claridad, ha dejado por escrito una verdad tan sencilla de comprender como indiscutible en términos históricos: “Una lengua no es solo un instrumento de comunicación, una lengua también son ciertos valores, ciertos conocimientos, cierta cultura. Y con la lengua española llegaron a nuestras costas, montañas, desiertos, selvas y muchas otras cosas: llegó Grecia, Aristóteles y Platón, llegó Roma con sus juristas, y llegó el Renacimiento. Llegaron unos valores que son lo mejor de esta cultura occidental”. Llegaron esos valores, y sin duda numerosos atropellos, los que todo país ha sufrido. Nosotros, posiblemente más que la mayoría, ya que somos el fruto de eternas invasiones y de permanentes conquistas: íberos, romanos, germanos, árabes o franceses. Todos ellos dejaron un poso: unas veces, una gran Cultura, otras, escarnio y destrucción. Pero así se forman y se nutren las naciones. No reconocerlo, no asumirlo, es vivir en el rencor y en la mentira. Una mentira que, muy probablemente, sea fruto de la frustración propia, de ese mal que es nuestro, pero que no queremos asumir, porque, como decía Sartre, el enemigo es el otro, nunca nosotros. Pero en el “nosotros” está Ciudad Juárez, el Narcotráfico, la eterna corrupción, el desequilibrio social, los indígenas marginados y los pobres explotados. Suyos. Pero también nuestros. Porque nuestros los seguimos sintiendo.

En efecto, “se equivocó de destinatario”. No es España el culpable de los muchos males que desgraciadamente deben soportar la población mejicana. Como no lo es Méjico de nuestras disputas y desafueros. Somos nosotros los que dibujamos o ensombrecemos nuestro horizonte.

Nos queda un único consuelo: el saber que las palabras del ínclito López Obrador son demasiado exageradas para ser mínimamente creíbles. Nosotros lo sabemos. Ahora cabe que ustedes la propaguen.  

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