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Texto: José Escuder. Hay varias maneras por las cuales se puede conocer a un hombre. Una, por lo que él dice de sí mismo. Otra, por lo que él dice de los demás. Pero hay una tercera: por lo que los demás dicen de él a la hora de su muerte. Es el caso, por ejemplo, de Arturo Fernández. Un hombre que jamás tuvo enemigos a los que atacar, pero que siempre tuvo envidiosos de los que enorgullecerse. Pues aunque muchos no lo sepan, no siempre es el número de admiradores lo que define el éxito de una persona. Lo que a veces confirma su triunfo es la reacción de los envidiosos. Esos que hablan siempre de sus ideas políticas, para  conseguir que no se hable de su talento profesional. Porque Arturo Fernández, además de un talento incombustible, tenía un defecto imperdonable: era un señor de derechas. Y reconocer públicamente que eres de derechas en un país donde hasta los políticos de derechas se avergüenzan de ser de derechas a pesar de cobrar grandes sueldos por ello, eso tiene un precio. Por ejemplo, que a ti, por ser de derechas, te nieguen todo tipo de subvenciones, a pesar de tu talento,  mientras que a los artistas de izquierdas, a pesar de carecer de ese talento, no sólo les llenen de subvenciones, sino que por estar más comprometidos con sus ideas políticas que con su profesión, además les colmen de premios.

Otro defecto que a Arturo Fernández no le perdonan sus críticos de cabecera es que, en el mundo del espectáculo, fuera un icono de la elegancia. Ante sus exquisitos modales, le llamaban cursi. Por su impecable forma de vestir, le llamaban carca. ¿Y cómo intentaban contrarrestar su extraordinaria capacidad de seducción? Acusándole de representar los valores del machismo. Así es como los resentidos intentan anestesiar su lacerante envidia. Por si esto fuera poco, además le acusaban de ser actor de un solo papel: ese que consistía en imitarse a sí mismo. Lo cual no es necesariamente una carencia, pues si Arturo Fernández podía permitirse el lujo de imitarse a sí mismo, es porque sabía que al personaje de Arturo Fernández nadie lo podía imitar. Por tanto, ahora, cuando los críticos no quieren reconocer a Arturo Fernández como actor, lo que están haciendo, sin querer, es reconocer que Arturo Fernández es un género en sí mismo. Por eso estas críticas, más que hacernos dudar de sus virtudes, lo que consiguen es reafirmarlas definitivamente. Pues la elegancia de don Arturo no era una elegancia fría, distante, propia de un personaje de Oscar Wilde. Su elegancia era amable, cálida y envolvente. Y además era lo suficientemente humilde como para permitirse el lujo de resultar simpática. La elegancia de don Arturo no estaba en sus trajes, sino en sus gestos. No estaba en su maquillaje, sino en su sonrisa. No estaba en sus corbatas, sino en su verbo. Y a diferencia de otros muchos actores y actoras, en vez de acabar su vida profesional vendiendo su vida personal en los platós, don Arturo, a pesar de su edad, siguió derrochando su talento en los escenarios. Podía haber cobrado verdaderas fortunas por lloriquear en televisión, pero él prefirió ganar mucho menos haciéndonos reír en los teatros. Y por ser un trabajador incansable, interpretó su papel hasta el último día. El papel de ese actor que aunque la muerte se lo lleve en medio de una actuación,  tanto la muerte como él saben que, una vez bajado el telón, continuarán sonando los aplausos.

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El Conde de Bobadilla
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