La embriaguez del perdedor.

Texto: José Escuder. Cuentan los aficionados a vivir en paraísos artificiales, que muchas veces la resaca te sirve no sólo para comprobar que has consumido demasiado, sino para preguntarte por qué lo has hecho. En España, la resaca electoral nos sirve para todo lo contrario. Es decir: para seguir lo suficientemente embriagados como para no reconocer esa realidad que, por ser tan artificial, se parece a cualquier cosa menos a un paraíso. Lo vemos, por ejemplo, a la hora de analizar los resultados electorales. Según éstos, en la política española no existe la figura del perdedor. O eres el partido ganador, o eres el decisivo. A partir de aquí, la autocrítica se fragmenta de tal modo, que al final la culpa de los malos resultados de un partido la tiene la fragmentación del voto. Dicha estrategia es usada tanto en la izquierda como en la derecha. En el caso de Podemos, la culpa de los pésimos resultados no la tiene Pablo Iglesias, sino el traidor de Íñigo Errejón, y en el caso del Partido Popular, la culpa la tiene todo el mundo, menos Pablo Casado. La diferencia es que, aquí, el presidente del Partido Popular se atreve incluso a celebrarlo. Como su hundimiento se suponía inevitable, ha fragmentado tanto la autocrítica, que al no resultar dicho hundimiento al final tan evidente, él, ahora, se permite el lujo de maquillar una evidente derrota para presentarla como una hermosa victoria. Dicho de otra manera: aunque a Pablo Casado los militantes de su partido le eligieron para ser un ganador, él se ha conformado con no ser el perdedor que le intuían las encuestas. ¿Y cuál es el motivo para que encima nos invite a brindar por ello?. Según él, que los votantes, esta vez, le han respaldado. Lo cual es una manipulación, pues si esta vez, en las elecciones municipales el PP no se ha hundido, es, sencillamente, porque Pablo Casado no se ha presentado. Es decir: si después de las elecciones municipales el candidato del PP consigue, al final, ganar el ayuntamiento de Madrid, es porque el candidato a presidir el consistorio es Martínez-Almeida, y no Pablo Casado. Es como si ahora, tras estas elecciones, dijéramos que en las generales fue Martínez-Almeida, y no Casado, el que perdió ante Pedro Sánchez. Todo el mundo lo vería injusto, ¿verdad?. Pues si injusto sería atribuirle a Martínez-Almeida un fracaso que no le corresponde, tan injusto es atribuirle a Casado, ahora, una victoria que no se ha ganado. Pero lo que más avergüenza del presidente del PP no es su capacidad para esconder la realidad, que ya demostró con el escándalo del master. Lo que más nos avergüenza es la vergüenza que él siente cuando le preguntan si se considera un político de derechas. Esto es lo que más ruboriza al votante. Ese votante que ve cómo el PSOE no se avergüenza de ser marxista, cómo Podemos no se avergüenza de ser castrista, cómo los republicanos no se avergüenzan de ser independentistas, y sin embargo, ve cómo el Partido Popular, que no ha sido ninguna de las tres cosas, sí tiene que avergonzarse por ser de derechas. A partir de aquí, la reflexión filosófica es muy sencilla: si a Pablo Casado le avergüenza ser de derechas, lo que tiene que hacer, en vez de irse al centro, es irse a casa directamente.  

Dicho esto, ¿cuál es, entonces, el resultado del Partido Popular en estas últimas elecciones, tanto municipales, como europeas?. El triunfo del conformismo. Así de simple. Pero tampoco debe extrañarnos, porque Casado, más que representar a un partido político con actitudes muchas veces impresentables, a quien representa realmente es a una sociedad alienada, una sociedad donde se ha sustituido el músculo por los esteroides, la belleza por la silicona, el esfuerzo por la excusa y la verdadera elegancia por la falsa juventud. Pablo Casado representa a una sociedad donde ser ambicioso es más importante que estar preparado, donde el diploma es más importante que el conocimiento y donde la verdad se confunde con la mentira, pues como todo es relativo, el color político depende del cristal donde se mira. Pablo Casado, más que representar la fuerza de la virtud, como señalaba Platón, representa la virtud de la fuerza. Pero no la fuerza para superarse constantemente, sino para justificarse eternamente. Pablo Casado, más que el líder del Partido Popular, es un icono de nuestra sociedad. Un símbolo de nuestra cultura actual, ésa que en vez informar deforma, que en vez de transformar trastorna y cuyo único objetivo es que nos conformemos como ciudadanos, en vez de formarnos como personas. Una cultura que, acomplejada, esconde la derrota de la excelencia.

Una política que, sin complejos, celebra el triunfo de la mediocridad.

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