La Princesa Alejandra de Hannover y la vieja Inglaterra.

Texto: la Pimpinela escarlata. Siempre he admirado a aquellas personas que son capaces de renunciar a parte de su estatus social, o incluso de su vida tal y como la habían concebido, con sus seguridades y certezas, para emprender un camino distinto al que le lleva el despertar a una nueva fe. Está claro que, para alguien de la realeza, como lo es la Princesa Alejandra de Hannover, su puesto en la lista de sucesión a la Corona británica tiene que ser algo muy definitorio, que la sitúa dentro de un contexto de identidad histórica y dinástica. Pero, la Princesa, ha sido iluminada con la luz de la fe a otra identidad muy distinta: de dicha lista de sucesión, de la que ha sido excluida por su reciente conversión al catolicismo, a la de hija de la Iglesia fundada por Cristo. Muchos se reirán y dirán que menudo cambio pero, para quien tiene el don de tener fe o la sensibilidad suficiente como para entender sin creer, la Princesa Alejandra es, no sólo coherente, sino afortunada, incluso desde la perspectiva de la realeza, pues está más lejos de la Reina de Inglaterra pero más cerca del Rey de reyes.

Nada más oír la noticia me vino a la mente mi libro preferido de Chesterton: “Ortodoxia”, en donde explicaba el proceso de su propia conversión al catolicismo. En su Introducción, el escritor inglés, comentaba que fantaseaba en escribir un libro sobre un piloto “que erró levemente su ruta y descubrió Inglaterra convencido de haber descubierto una nueva isla en los mares del Sur”. “Ese hombre fui yo. Yo descubrí Inglaterra”. “Soy el hombre que haciendo derroche de audacia, descubrió lo que ya había sido descubierto”. Refiriéndose a que el cristianismo estaba en Inglaterra desde hacía 1800 años.

Y es que, a la Princesa Alejandra se le ha apartado por ser lo que fueron todos los reyes de Inglaterra desde San Ethelberto de Kent hasta Eduardo VI, primer monarca protestante de Inglaterra, hijo de Enrique VIII, y aún otros después. Es decir: católica.

EL propio Enrique VIII, hasta la segunda parte de su reinado, en que rompe las relaciones con Roma, manifestó una devoción por la Santa Sede que Tomás Moro pensó como excesiva (Roper’s Life of More, p. 66). Ni siquiera a partir de entonces se produce el desarrollo de una Iglesia nacional, que sí se empieza a forjar especialmente a partir de Isabel I de Inglaterra -el anglicanismo ni siquiera nace con Enrique VIII-

Lo que el cisma de Enrique VIII supuso de divorcio con la totalidad de sus antecesores, lo expresó magistralmente Brewer: “La oposición a la autoridad papal les resultaba familiar a los hombres. Pero una supremacía espiritual, una dirección de lo eclesiástico como la que separó a Enrique VIII de todos sus predecesores por un espacio inconmensurable, era algo sin precedentes y una desviación de la tradición” (Brewer, Letters and State Paters, I, cvii, Introd.).

Pero no sólo el divorcio con todos sus antepasados sino también con algunos de sus descendientes, siempre intentando postergarlos, derogando o alterando el orden sucesorio para excluirlos, y forzando y haciendo encajes de bolillos con las sucesiones para evitar que un católico ostentase la Corona de Inglaterra, incluso aunque ello supusiera sacrificar sus propias dinastías inglesa Tudor, o británica Estuardo, para entronizar otras extranjeras: la propia Hannover y la Sajonia-Coburgo y Gotha -por más que se acuda a la cosmética nominativa en la I Guerra Mundial-.

De hecho, es la Casa de Hannover, a la que pertenece la Princesa Alejandra y de la que desciende la Casa de Windsor, la que estableció el “Act of Settlement” (vigente desde 1701), con la intención de vetar el que los católicos, o quienes casen con ellos, tuvieran acceso al trono de Inglaterra. Una medida “terepéutica” toda vez que, es precisamente gracias a este anticatolicismo, por el que logran hacerse con el trono de Inglaterra, al apartar a la dinastía católica jacobita de la sucesión tras la muerte de Ana de Gran Bretaña.

Es decir, a la Princesa Alejandra, se le ha excluido en virtud de una ley discriminatoria del S XVIII, por poseer la misma cualidad de católica que tenían quienes fundaron el reino de Inglaterra, y, precisamente por ello, cumplir por un rasgo propio de la más antigua “inglesidad”, a diferencia de todos los que sí conservan sus derechos sucesorios, que no la cumplen, por la siempre y contradictoria razón de que cumplirlo supone la “expulsión”.

Quizás algún día, alguien de la Corona inglesa se convierta al catolicismo -como ya lo fue María I, o lo hicieron Carlos II, Jacobo II o la Duquesa de Kent-, y como ese hombre de Chesterton que era el mismo Chesterton, descubra que no descubre nada nuevo sino que sólo vuelve al origen de lo que fueron sus antepasados.

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