Las huellas de la Navidad.

Texto: el Conde de Bobadilla. Miraba absorto la huella. Siempre he sido amigo de intentar recrear lo que hubo en los restos de lo que hay. Recuerdo contemplar en Nápoles, el rostro de una estatua romana que había quedado, a modo de impronta, en la piedra volcánica del Vesubio. Esta vez era distinto, no miraba el negativo de una estatua en el que el rostro aparecía perfectamente definido, como si la naturaleza fuese tan buena escultora como el escultor que la esculpió… 

Ahora contemplaba algo más sutil, que requería de mayor esfuerzo de interpretación para esta alma mía, tan dada a reconstruir la esencia en los vestigios de lo aparente. Era una huella, una simple huella. Una huella pisada hace mucho por alguien lo suficientemente trascendental como para que su vestigio se hubiera conservado. No sé si estaba confabulada con el hombre, que aún puede contemplar esta pisada, como hago yo ahora, o con el viento que la ha respetado sin borrarla, o con la propia divinidad para que este milagro se hubiese perpetuado…

Ya no estaba en Nápoles, en la Nápoles romana, sino en Judea, en la Judea romana, aunque me hubiera valido igual estar en España en donde siempre la había observado antes. Una huella que no fue la de un paso fugaz, sino la de alguien que ha estado de pie sobre ella durante 2000 años.

Esa huella, no era sólo era de polvo o de ceniza, también sabía vestirse de voz: la oía cada año en las mismas fechas, en las canciones populares que se transmitían de unos a otros, durante tantas generaciones… Pero no sólo había voz, también había escenas, que iban de lo esencial a narrativas completas, desde el Misterio a los Belenes. Y las familias lo festejaban, todas unidas, en la cena de la noche que sabían y sentían más importante del año.

Canciones, escenas y cenas, de un pueblo que conservaba la tradición frente a todo y frente a todos. Frente al paso del tiempo, a las secularizaciones de un Estado que busca erigirse en el nuevo dios, o a la iconoclastia de los de siempre…

Y ya fue fácil: sólo consistió en soplar sobre esas huellas, en ese fuego contenido en que lo sagrado resiste en el corazón de los pueblos y de los hombres. Y la ceniza se separó de las ascuas, que se inflamaron de nuevo en la verdad de Dios. Y el Hijo del Hombre se hizo de nuevo presente, alzado sobre sus propias huellas…

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El Conde de Bobadilla
El Conde de Bobadilla

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