Las huellas de quienes nos amaron.

Texto: el Conde de Bobadilla. Siempre me han llamado la atención las improntas que quedan de un edificio en los anexos una vez que se demuele. Me gusta recrear con la imaginación esos espacios perdidos por medio de las huellas que de su piel quedan pegadas a los colindantes, y, con ello reconstruir la vida de quienes lo habitaron: ese papel pintado con nubes blancas sobre cielo celeste, que sin duda fue de la habitación de un niño; ese resto de cornisa de escayola, de un cuarto de estar lleno de buenos momentos disfrutados en familia;  esa barandilla que aún pende de la pared encima de la zigzagueante línea que ha dejado el contorno de una escalera; esos azulejos, sin duda de cocina, que aún arrancan destellos de un sol próximo a expirar, y que me evocan la escena de una cariñosa madre dando la cena a su hijo antes de acostarlo.

Son vivencias de una casa, de una familia, que ya no está pero que ha dejado el testigo de su existencia a modo de sello en las casas colindantes. De la mima forma, las personas que han formado parte de nuestra vida dejan su impronta sobre nosotros hasta el punto de que somos quienes somos porque ellos estuvieron en ella, y en ella siguen estando porque, viviendo como viven en nosotros, nunca se fueron del todo…

Algún día, de la misma forma que somos un ellos en nosotros, seremos un nosotros en quienes formaron parte de nuestra vida. Porque, el mismo Dios que nos premia con la vida eterna en el cielo, nos concede también el “vivir” en la tierra mientras aún nos recuerde alguien que nos amó.

 

Dedicado a las madres de Eduardo y Vittoria, que están tan presentes en ellos, como deseo que ellos lo estén en la vida de su ahijado, mi hijo. Por eso son sus padrinos, por ser lo más parecido a un padre y a una madre, a una familia, que mi mujer y yo hemos querido escoger para él.

Rafael Luis, recibiendo el sello del bautismo, acompañado de sus padres y padrinos, quienes le ayudarán siempre, de niño y adulto, en su camino de la vida cristiana.
Rafael Luis, recibiendo el sello del bautismo, acompañado de sus padres y padrinos, quienes le ayudarán siempre, de niño y adulto, en su camino de la vida cristiana.

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El Conde de Bobadilla
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