Mano a mano, padre e hijo en Limpopo.

En el maravilloso enclave de esta región sudafricana, considerada como la capital de la caza de dicho país, realizaron un safari Ramón y Bosco Guerrero. A la crónica de estas jornadas obedecen las siguientes líneas.


Texto y fotos: Bosco Guerrero Ruiz-Mateos.


Os voy a contar el gran mano a mano que he disfrutado en la región de Limpopo con mi padre.

Desde el año 2001, en el que por primera vez fuimos a Sudáfrica -aquella vez al campamento de “Único Safaris” de Chirto Kaiser, que hoy por desgracia no vive ya que hace unos años murió tras ser arrollado por una elefanta- hemos ido todos los veranos a distintas partes del mundo: Rumanía, Argentina, Polonia, etc.

El año pasado, con la orgánica “Sedna safaris”, nos trasladamos mi padre y yo al campamento de Poti, en donde hemos disfrutado de unas maravillosas e inolvidables vacaciones. Cuando desde Barajas estábamos embarcando para prepararnos de esas diez horas de vuelo, ya estaba yo temblando de nervios con ganas de llegar y tener el rifle en la mano. Tras el largo viaje, llegamos al aeropuerto de Johannesburgo. Allí nos esperaban, con un cartelito con nuestro nombre, un matrimonio que nos llevaría a un bar tipo “country”, de carretera, en donde paramos a comer. Allí llegó Poti -el dueño del campamento en donde nos alojamos- y con él nos fuimos ya para la finca. Nos dio una buena cena de bienvenida y nos acostamos pronto, ya que a las seis y media del día siguiente teníamos que estar desayunando para disfrutar de una larga jornada.


I y II día de caza. Mala suerte para mi padre y buen comienzo para mí.

A la mañana siguiente, mi padre se fue con un cazador profesional y yo con otro a diferentes fincas para cazar. Mi padre se llevó de acompañante ese día a la mala suerte y yo la gran satisfacción de empezar con el pié derecho, como los toreros, abatiendo cinco facos, matándolos en rececho y en esperas en charcas.

Al día siguiente, mi padre con cara de preocupación, pero con el gran optimismo de igualarme, se volvió a llevar de nuevo a la mala suerte por compañera. Está vez si vio varios facos, pero muy difíciles de tirar. Mientras, yo me mostraba en el campamento con mi par de facos. (Tenías que ver la cara de asombro de mi padre). Tras la cena, le dije que no se preocupase que, como afirma el dicho, “¡a la tercera va la vencida!”. Tras una cena un poco silenciosa por el disgusto de mi padre, nos fuimos a dormir.


IIIª salida. Mi padre consigue un par de oros.

En la tercera salida, tras salir del chozo en el que dormía, mi padre me dijo: “hoy espero tener buena suerte!”. Yo iba a matar mi octavo faco, pero ese día la mala suerte se vino conmigo aunque no del todo. Estuve varias horas en una charca, en donde no entró ningún faco pero sí varios waterbuck. Tras estar desde las once de la mañana a las dos y media de la tarde allí esperando, me dijo el cazador profesional que si quería tirar un Impala. Le contesté que encantado de la vida y, tras una hora de búsqueda y con un lance precioso, conseguí abatirlo: tenía 23 pulgadas, lo cual le convertía en un gran impala.

Después nos dirigimos a buscar más facos y pude tirar uno lejos y corriendo; por desgracia lo dejé herido. Tras varias vueltas más, volvimos al campamento, y allí no estaba mi padre… Llegó media hora más tarde con una sonrisa de oreja a oreja:  “¡esta vez sí!” -me gritaba al bajar del coche-. Esta vez había matado tres facos, dos de ellos oro. Estaba que no cabía dentro de él, lo celebramos haciendo una larga degustación del gran vino que tienen en Sudáfrica.


IV jornada de caza: más facos.

A la mañana siguiente -penúltimo día de caza- nos fuimos, esta vez juntos, a la misma finca, a una hora del campamento. Allí estuve durante todo el día con uno de los pisteros, una gran persona de nombre Lucas. Tras estar andando toda la mañana, nos apostamos en una charca esperando facos, que efectivamente entraron. Maté el primero poco después de mediodía: le deje beber un poco y,  cuando ya iba camino de darse una vuelta, le sorprendí con un certero tiro en el codillo. Más tarde escuché el tiro de mi padre que también abatió el suyo sin dificultades. A última hora, sobre las seis de la tarde -que es cuando oscurece allí- me dio Lucas con el codo diciendo en voz baja: “¡faco!, ¡faco!” Mientras le apuntaba, se escuchó un tiro de mi padre con el que se cobraba su quinto faco y, segundos más tarde, abatía yo mi noveno. Camino del campamento íbamos contentos y hablando del día siguiente que, para mí, fue el mejor.


Quinto día: el mejor. Una cebra yo, caída de mi padre al salir del coche y un red hartebeest para él: oro seguro.

Nos dirigimos en dos coches a una finca con la intención de abatir una cebra yo y un red hartebeest mi padre. Llegamos a la finca a las siete y media de la mañana y vimos las cebras, que se fueron y se perdieron rápidamente. Estuvimos horas buscándolas, hasta que los dos cazadores profesionales, decidieron que nos batieran los pisteros a las cebras como si se tratase de un gancho de montería.

Los pisteros empezaron a batir, pero ahí no se veía cebra alguna, era una finca de 1.800 hectáreas y además era muy complicado dar con ellas por lo sucio que está allí el monte. Las horas pasaban y pasaban… y veíamos de todo menos cebras. Estuvimos dando miles de vuelas con el coche por toda la finca hasta que un pistero las vio.

El cazador profesional me dijo que las tirase rápido, pero las cebras estaban difíciles puesto que las cubrían muchas ramas. Cuando conseguí ver mejor, disparé a una y esta se derrumbó por completo. No tengo palabras para describiros mi emoción en ese momento: abatirla después de cinco horas fue lo mejor que me había pasado en el viaje. Nos hicimos múltiples fotos mi padre y yo. Después nos fuimos al campamento porque hacía bastante calor, comimos algo rapidito, nos pegamos una merecida siesta y a las tres y media estábamos buscando la última pieza: el red hartebeest.

También nos costó mucho dar con el, y después de varias vueltas y de nuevo batidas de para que mi padre tirase, se iba echando la noche encima… Eran las seis y diez cuando el cazador profesional de mi padre exclamó: “ahí, ahí” y le señaló un red hartebeest que corría como una bala. Mi padre le disparó y se fue herido pero muy afectado por el tiro. El cazador profesional de mi padre empezó a correr con un rifle detrás de él para rematárselo. Escuchamos dos disparos y el cazador profesional mío se metió en el coche pidiéndonos que nos montáramos con él para ir hacia donde estaba el antílope. Una vez llegamos a donde estaba, se le olvidó echar el freno de mano y mi padre cayó al suelo al bajarse, sufriendo un gran dolor de espalda. Le ayude a levantarse, y cuando le dijo el profesional que el red hartebeest estaba muerto y que era oro, a mi padre se le quitó el dolor y de nuevo le volvió esa sonrisa de oreja a oreja. Eran ya las seis y veinte y la luz se había ido por completo. Se hizo muchas fotos y disfrutó del antílope como si de uno de los cinco grandes se tratara.

Cuando regresamos al campamento había llegado una pareja de españoles, Luis y Carolina, de Asturias -buenísimas personas- que venían a disfrutar, como también habíamos hecho nosotros, de unos días allí. Cenamos con ellos y estuvimos charlando largo y tendido, contándoles todo lo que os he resumido en estas letras.

Desde aquí quiero darle las gracias a mi padre por este magnífico e inolvidable viaje y porque, como siempre, ha demostrado ser el mejor padre del mundo.



Gracias por todo, Papá.

 

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