RÉQUIEM POR NUESTRA FIESTA NACIONAL

Por medio de esta colaboración Christian Colón de Carvajal -director de nuestra sección de tauromaquia- expresa su honda preocupación por la pérdida de esencia que viene produciéndose en el mundo del toro y del toreo.

 

 Texto: Christian Colón de Carvajal y Fibla. Foto: Manolo Gómez.

          “Hay que criticar siempre la facilidad con que hoy día se improvisan toreros, a costa siempre de la bravura de los toros y de la valentía del espectáculo. Un industrialismo excesivamente comercial, que sólo la verdadera afición puede corregir, está a punto de acabar con la fiesta de los toros. Hay que hacer aficionados enseñando al público donde está la verdad.”

                                                                                                                    Latiguillo  

          Estas palabras de Latiguillo, aunque lejanas en el tiempo, están muy de actualidad por motivos evidentes. En los últimos años, se viene repitiendo un mismo guión en las principales ferias del calendario taurino de nuestro país (Magdalena, Fallas, Feria de Abril, San Isidro, El Pilar, etc…). Son casi siempre las mismas ganaderías con sus respectivos encastes las que, salvo en contadas excepciones, para disgusto de la afición fracasan en su afán de presentar un toro bravo y encastado, como tiene que ser un verdadero toro de lidia y no la borrega dócil que sale dando coces al peto del caballo. A pesar del fiasco las empresas contratan año tras año idénticos protagonistas, con el consiguiente deterioro que ello conlleva para el espectáculo.

           Llegados a este punto sólo queda preguntarse, ¿A quién beneficia esta situación?, ¿Qué intereses pueden llevar a las empresas a contratar en repetidas ocasiones a ciertas ganaderías que, en la plaza, no demuestran ser superiores a aquellas otras que apenas disfrutan de oportunidades? De manera casi profética, la respuesta nos la dio el Excmo. Duque de Veragua, hace ahora un siglo: “La figura legendaria del lidiador taurino va desvaneciéndose. Sus costumbres y hasta su traje característico desaparecen, al paso que la profesión se industrializa y se hace asequible a mayor número de individuos que buscan en ella una vida de holganza y alegría. La exigencia de los toreros para economizar trabajo y alejar los azares naturales del oficio, crecen cada día, y al rebasar los límites de la prudencia, es posible consigan el abaratamiento de la mercancía……El duque de Veragua, Octubre de 1908.

          Nuestra fiesta se muere y lo peor de todo es que, ni ganaderos, ni toreros, ni aficionados, ni empresarios hacen nada por remediarlo. Por ello el toreo auténtico está moribundo. Apenas quedan ganaderos que velen por que sus toros se lidien con la dignidad que estos merecen, permitiendo con su inhibición la estafa y la manipulación. No hay toros, sino corderitos, borreguitos, cerditos, dóciles animales con andares cansinos. No hay toreros, sino señoritos que le han cogido el gusto a verse semana tras semana en las páginas de alguna revista del “papel couché”, como si de unas figuritas de mazapán se tratase. No hay afición, un público frívolo y triunfalista, turistas y espectadores de ocasión que confunden el toreo con un ballet cursi llenan las plazas cada temporada. Un público sin conocimiento, veleidoso y caprichoso impropio de un arte puro y sensible. Así imperan el inconformismo y la desidia, síntomas de una muerte anunciada. No hay empresas que cuiden la calidad de su producto, satisfechas con el beneficio rápido. Ni hay autoridad que vele por la pureza de la fiesta, a la que soporta con estoicismo y acomplejada vergüenza.

          Ha llegado el momento de hacer examen de conciencia y, entre todos, intentar dar la vuelta a esta situación. Hay que devolver al toreo el esplendor y el lustre de antaño y para ello algunas ganaderías deberían contar con más oportunidades en las ferias de nuestro país. Deberían haber TOREROS dispuestos a lidiarlas y una afición capaz de comprender que la bravura y la casta de estos toros no van en proporción a su tamaño y que su lidia, en ocasiones, requiere una dosis más elevada de sometimiento que de lucidez. Así pues sería un síntoma de que el toreo goza de buena salud, si algunos encastes, cuasi olvidados por la gran mayoría, contasen con más apoyo de aquellos a quien corresponde el mantener la pureza de la fiesta.

          A mí, como aficionado modesto y desde estas líneas, sólo me queda mandar mi más sincero agradecimiento a aquellos ganaderos que, a pesar de las dificultades, realizan una excelente labor en la cría y selección del toro bravo. Gracias a la cual, algunos encastes, siguen formando parte del presente y no de carteles, revistas y libros de un pasado muy lejano.

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