¡Un cruasán! ¡Mi reino por un cruasán!!!!

Texto: el Conde de Bobadilla. No, no se trata de un lapsus calami al citar al “Ricardo III, en verso de Shakespeare: “Mi reino por un caballo”. Hoy, 12 de septiembre, no celebramos la derrota de un rey, sino la salvación de un Imperio: el Sacro Imperio Romano Germánico; de una civilización: la europea; y de una fe, la católica, en gran parte de nuestro continente. Y, como se trata de un cumpleaños, lo haremos disfrutando de la que es la mejor aportación de la repostería austriaca a la repostería universal junto con la Tarta Sacher. Es decir: tomando un cruasán.

Los menos informados sobre el origen mítico de este producto repostero, se preguntarán qué tiene que ver un cruasán con la batalla de Kahlenberg -11 y 12 de septiembre de 1683-; en virtud de cuya victoria, la República de las Dos Naciones y el Sacro Imperio Romano Germánico pudieron poner freno a las ambiciones del imperio Otomano, que había reunido frente a las murallas de Viena, al mayor ejército musulmán desde los tiempos de Saladino.

La liberación de Viena.

 

La leyenda más popular sobre el origen del cruasán cuenta que los turcos idearon una estrategia para hacerse con Viena, que consistía en socavar el terrero, para evitar así las murallas, realizando esta labor por la noche. Los panaderos  vieneses, que estaban trabajando a esas horas, oyeron ruidos y dieron la voz de alarma, de forma que, al final, fueron las tropas defensoras de la ciudad quienes tomaron a los musulmanes por sorpresa obligándoles a retroceder, terminando de expulsarlos el ejército austriaco del emperador Leopoldo I, bajo el mando del rey de Polonia Juan III Sobieski.

El Emperador, continúa la leyenda, condecoró a los  panaderos y estos, agradecidos, elaboraron dos panes: uno con el nombre del emperador, y otro, en forma de media luna, como referencia al emblema de la bandera otomana. 

Me imagino, como culminación onírica de este relato, al sultán Mehmed IV, lamentando, como el monarca inglés, su pérdida con el símbolo de ella: “Un cruasán, un cruasán! ¡Austria por un cruasán!!!”

Sea como fuere, y ya ciñéndome a la Historia, el desenlace de la batalla de Kahlenberg, supuso una ayuda a la hegemonía de los Habsburgo en Europa Central y el Sacro Imperio Romano Germánico y el comienzo del declive del Imperio otomano en Europa. Estos dos motivos son más que suficientes para justificar esta pequeña merienda “cruasanera”, aceptando el reto lanzado por Manuel Morillo Rubio de tomar hoy esta emblemática pieza de repostería, que tanto estoy disfrutando mientras esbozo estas líneas con las migas en mis dedos.

Y lo hago con la esperanza puesta en que, lo mismo que nuestros antepasados europeos supieron frenar una invasión hace más de trescientos años, nosotros sepamos evitarla hoy, tomando serias medidas para que los inmigrante ilegales no salten nuestros muros –como en Ceuta y Melilla-; desembarquen en nuestras playas; los recojamos de barcos negreros en el mar; o, simplemente, acabe pasando lo que predijo Ben Bella, el héroe de la independencia de Argelia: “Conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres”. En este sentido no podemos olvidar la recomendación de Erdogan, presidente de Turquía, a los inmigrantes turcos: “Sois el futuro de Europa. Tened cinco hijos, no tres”. Para conjurar esta amenaza, revirtiendo nuestro invierno demográfico, solo cabe ilegalizar el aborto y adoptar políticas natalistas. No caben correcciones políticas: es nuestra supervivencia.

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El Conde de Bobadilla
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